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Identidades y nacionalismos según Anderson

Benedict Anderson es uno de los más destacados teóricos de la actualidad. Su libro Comunidades imaginadas marcó un hito en el desarrollo de los estudios culturales. Este historiador por la Universidad de Cornell y profesor emérito de esa misma casa de estudios, recibió este año el Doctorado Honoris Causa de la Pontificia Universidad Católica del Perú y concedió una breve entrevista al semanario PuntoEdu (Año 7, Nº 220), del cual quiero extraer dos comentarios suyos; uno sobre las identidades y otro sobre los nacionalismos. Respecto a las identidades, se le pregunta y responde lo siguiente:

El sistema global dice que vivimos en un mundo globalizado, pero probablemente se están reduciendo los lugares en los que podemos mostrar nuestras identidades. ¿Cómo lo ve?

La gente tiene una idea equivocada de lo que es la identidad. Se habla de ella como si estuviera adentro tuyo, pero no lo está. La identidad es la respuesta que das cuando alguien te pregunta quién eres. Entonces, miras quién pregunta, por qué lo hace, dónde y cuándo. Es una respuesta estratégica a una pregunta, por eso puedes tener varias identidades.

Y respecto a los nacionalismos, agrega:

En un mundo globalizado, el nacionalismo es visto como algo del pasado. ahora todo el mundo está unificado. el mandato es abrir tus fronteras y dejar que el capitalismo haga su trabajo.

Mi idea sobre el nacionalismo es que se trata del futuro más que del pasado. El nacionalismo tiene que ver con adónde vamos; es tener un futuro común. La idea del nacionalismo es siempre, de alguna manera, emancipadora. Se trata de una idea de identidad, de lo que implica ser el miembro de una nación, y algunas cosas serán negadas y otras permitidas. El capitalismo, por ejemplo, ha estado en el mundo por cerca de 400 años y no hizo nada por el estatus de las mujeres; el nacionalismo sí. ¿Por qué? Porque ellas eran americanas y era intolerable que sean tratadas así. Al final obtienen lo que quieren no porque sean mujeres, sino porque son parte de la nación (lo mismo que los negros y los gays). El nacionalismo es más confiable que los derechos humanos, que pueden ser explotados por extranjeros: “Venimos a defender los derechos humanos en tu país”, e invaden. Pero si cambian los derechos de los miembros de una nación, los cambios son más durables porque no son una intervención externa. Las cosas no pueden ser reversibles, es imposible.

¿Necesitamos un enemigo común para construir comunidad?

No puedes hacer política sin enemigos. La política se basa en el conflicto. No todo nacionalismo necesita enemigos, pero sí cada acto político.

La observación de Anderson sobre la identidad desmitifica su carácter interior ampliamente extendido. Una cosa es la constitución de una conciencia unitaria que llamamos “yo” a partir de la memoria y la regularidad, y otra muy distinta es que tengamos dentro de nosotros esa suerte de esencia originaria que sería nuestra “alma”. Lo que llamamos así es, en contra de lo que le conviene sostener a las religiones, sólo una síntesis realizada por nuestra imaginación y que no tiene ninguna verificación real. Pero lo que aquí interesa es que también las ficciones imaginativas tienen efectos reales en las sociedades y en sus políticas. No es extraño encontrar en múltiples discursos identitarios en ámbitos rurales peruanos, por ejemplo, ese platonismo, mientras que, en la práctica, y al mismo tiempo, sucede que las identidades cambian con total ductilidad en razón de las circunstancias. Por eso Anderson, que es historiador pero también antropólogo, sostiene que la identidad es básicamente el modo como se responde ante un otro que te cuestiona. Hay allí un “aire de familia” posible entre la dialéctica social hegeliana (su lado más aristotélico), la dialéctica social de Marx (que decapita los rezagos “místicos” de Hegel), la crítica de la subjetividad cartesiana (y de la moral) emprendida por Nietzsche, y una comprensión pragmática como la de Wittgenstein al modo de los juegos del lenguaje. Aunque la gente necesite creer en su identidad como un alma eterna, el analista y el investigador social ganan mucho al comprender la identidad en ese otro sentido, y cabe preguntarse incluso si el desarrollo de las ciencias sociales no ha sido posible precisamente en la medida en que se ha dado ese giro.

En torno a los nacionalismos, parece igualmente acertada la convicción de que estos son cosa del futuro más que del pasado. No hay en el panorama nada que haga pensar en su desaparición y quizá así sea mejor, porque, como señalaba Kant (Cf. Hacia la paz perpetua), no habría nada más tiránico e imposible de controlar que un Estado mundial, siendo la idea de Estados confederados la más conducente hacia una paz duradera. Es que los críticos de los nacionalismos han mirado con cierta ingenuidad los procesos globales, como si estos se dieran por una mano invisible universal, y han desatendido, como señala Anderson, el rol de los nacionalismos. En ese sentido, es cierto que varios derechos políticos y sociales han sido obtenidos en procesos de autoafirmación nacional, y no, por ejemplo, como resultado de la expansión del capitalismo. Sin embargo, creo que Anderson pasa muy rápidamente al otro lado. Ninguna idea es enteramente emancipadora y los nacionalismos han sido con frecuencia no sólo ajenos sino contrarios a las libertades individuales, además de castigar el disenso y encerrarse en posiciones dogmáticas. No en vano se han desarrollado tribunales internacionales que puedan proteger esas libertades cuando ya no encuentran protección alguna en las jurisdicciones nacionales. Del mismo modo, muchos procesos emancipadores nacionales han sido influidos por procesos internacionales; de modo que hay que afinar aún más los alcances y peligros de los nacionalismos, sin buscar suprimirlos ni tampoco exaltando sus logros de manera unívoca. El mismo ejemplo de los derechos de las mujeres así lo demuestra: ¿en qué medida se les concedió por ser americanas o más bien por una idea de igualdad universal?

Se trata pues, según creo, de una confrontación constante, y a la que deberíamos ya estar acostumbrados, entre lo individual, lo nacional (el ethos), lo estatal (que no es lo mismo porque casi todo Estado es plurinacional y estas naciones o subnaciones están cobrando fuerza), lo supranacional (bloques) y lo global. En la actualidad, no hay país donde todos esos frentes no confluyan en la vida política de la nación. Por lo mismo, la oposición entre derechos humanos (universales) y derechos nacionales no es algo que pueda ser simplificado en la oposición de nacionalismo y globalización. En todo caso, en lo que tiene razón Anderson es en que los procesos internos de una nación deben ser políticamente respetados porque, al ser procesos del ethos, son consensuados y por ende más estables. Eso no invalida las intervenciones que se dan en un marco jurídico internacional. Ahora bien, que las libertades ganadas en el ethos no puedan ser reversibles, es algo que requiere aclaración. Es cierto que una vez que se abre paso una demanda al interior de una nación lo más probable es que ella ya no decline, en tanto demanda de individuos que conforman esa nación, pero las medidas políticas desde luego que pueden ser reversibles. Hay Estados que han pasado de un régimen liberal a uno totalmente autocrático e incluso con apoyo mayoritario de la población. Las coyunturas y las situaciones de fondo han de ser tenidas  allí más en cuenta. Y en esos casos es donde adquiere importancia la influencia internacional, tanto política como jurídica.

Por último, es interesante la observación de que cada acto político necesita enemigos, aunque no toda nación. Como se sabe, el tema de la amistad y de la enemistad fue colocado con fuerza en la teoría política por Carl Schmitt, lo que fue rechazado casi de inmediato por cierta vertiente liberal. El gran problema con Schmitt es que estaba convencido de que las estructuras y las identidades políticas son círculos cerrados, cuando en realidad no lo son, y no sólo desde la modernidad sino desde siempre. En ese sentido, el primer enemigo debe ser encontrado al interior y no al exterior, incluso dentro de un mismo individuo. Por otro lado, como decía Heidegger, una cosa es tener adversarios y otra muy distinta tener meros enemigos. ¿Cuál es la diferencia? Que en la mera enemistad la identidad, que supone siempre una diferencia, se enfoca en la desaparición del otro; mientras que, entre adversarios, la enemistad misma es vista como necesaria, y por tanto el mejor bien que uno puede hacerse está en hacer más fuerte al adversario, no en eliminarlo. Esto lo comprendió tempranamente la tradición liberal al alentar la libre competencia y sólo un reciente pacifismo exacerbado no llega a comprender cómo el conflicto es necesario. En efecto, el conflicto es necesario, pero hay dos modos distintos de entenderlo y eso es algo que conviene recordar para no caer en los torpes antagonismos chauvinistas en los que con frecuencia han caído y caen los nacionalismos. En el Perú, basta escuchar a alguien como Antauro Humala para comprender a lo que me refiero.

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La democracia como fachada abstracta del interés económico

“Democracia” no es un término de definición fácil. Es un régimen político, desde luego, pero, una vez que se afirma eso, todo empieza a ser más confuso. “Bien inabdicable” o “sistema menos malo” son quizá las acepciones más comunes que se tiene de ella. De cualquier modo, nos diría Wittgenstein, de lo que se trata no es de encontrar una definición correcta, sino de reconocer los distintos “juegos del lenguaje”; es decir, los usos que le damos a dicho nombre. Aquí, a propósito de una tira cómica de Juan Acevedo de la década de 1980, quiero destacar un uso en particular que se mantiene fuerte en la sociedad peruana de nuestros días: la democracia como argumento presuntamente irrefutable bajo el cual se defiende un interés privado o de clase, y la consecuente criminalización de la protesta. La tira cómica es de su famoso Cuy:

Tira cómica tomada de El Diario del Cuy (http://elcuy.wordpress.com/2011/04/23/el-cuy-por-juan-77/). Publicada originalmente en "El Diario de Marka" (1980).

Aun a riesgo de repetir innecesariamente lo expresado por los dibujos, creo que se puede agregar algo sobre el uso de la palabra “democracia” al que alude el Cuy en el último recuadro. ¿Qué uso es este? Uno que está inscrito en la creación de apariencias agradables y el ocultamiento de la “fea realidad”, en lo cual ha sabido desempeñarse con soltura el capitalismo tardío o avanzado. Hay allí un manejo estético de la política en el que se han vuelto expertos, mientras que sus contrapartes de izquierda demandaban inútilmente el abandono de ese juego de apariencias (algunos lo siguen haciendo). La torpeza estética de los ideólogos de izquierda, salvo una que otra honrosa excepción entre las que se encuentra Mariátegui, así lo confirma. No se dieron cuenta que el hombre necesita dudar de la belleza que juzga sólo aparente (si no, no hubiese existido un Platón), pero que también necesita del olvido, de la distracción, de las bellas máscaras, porque, en el fondo, no hay entre nosotros sino máscaras. Para decirlo a lo Matrix: el ser humano necesita tomar tanto de la pastilla azul como de la roja. Hay quienes todavía consideran que esto es inaceptable, ya sea por razones “democráticas” desde las cuales esto es políticamente incorrecto, o sea por razones de izquierdismo dogmático para el cual esto es ceder a las perversas lógicas (políticamente correctas) del capitalismo. En realidad, darle su lugar al goce estético sin cercenarlo por razones políticas es una cuestión de simple fenomenología de la percepción. Puede que sea insatisfactorio pero así es, no hay otro juego; éste es el que nos ha sido dado en términos de la experiencia que nos es posible. De lo que se trata, entonces, ya sea que se tenga una orientación política de derecha o de izquierda, es de entrar en el juego de desenmascarar al adversario mientras que se produce las propias máscaras. Y no es necesario seguir una lógica instrumentalista como la del maquiavelismo cuando se hace esto.

Así las cosas, el Cuy está desenmascarando en estas viñetas un uso de la palabra “democracia” que está bastante extendido en todas partes; a saber: usarla como un concepto lo suficientemente abstracto como para que suene bien, que suene desinteresado y hasta comprometido, y que no sea posible rechazar sin quedar públicamente mal parado. Detrás de él, lo que oculta: las vísceras de un sistema en el que se defienden con uñas y dientes los propios intereses, sean privados o de la clase socioeconómica o grupo social al que se pertenece. Un sistema en el cual los excluidos no tienen derecho a la protesta porque entonces estarían amenazando el bienestar de los que acumulan todo el capital, de los que maltratan a sus trabajadores, de los que abusan impunemente de su poder. Y como de lo que se trata para ellos es de mostrar sólo lo bueno y lo bello, la noción más abstracta pero absolutista de la democracia les resulta conveniente, sobre todo para anatemizar al que protesta con el sambenito de “antidemócrata”. Lo más abstracto, a veces, es lo más concreto. En la trastienda, la lucha de clases es bastante real, aquella que se asienta sobre la misma igualdad universal que le dio origen a la democracia moderna, pero ellos niegan esa lucha a como dé lugar, incluso si al adversario hay que presentarlo como subversivo en un país donde la subversión terrorista ha dejado fuertes traumas…

El Cuy, diría Alan García, no es un peruano “demócrata”, sino un “ciudadano de segunda clase”, un “perro del hortelano”. Lo bueno del asunto es que el Cuy no está solo. Somos muchos como él.