Archivo de la etiqueta: Periodismo

Lo que leemos los peruanos según El Comercio y algunos problemas del periodismo nacional

Sarah Charlesworth, “Modern History, April 21, 1978” (1978).

Leer una nota periodística del diario El Comercio se vuelve cada vez más un empeño inútil por encontrar algo valioso, si no interpretativamente, al menos informativamente. Cuando esto sucede, la razón es fundamentalmente una: los editores de sección y editores generales no están exigiendo un mínimo de rigor a sus periodistas en la elaboración de sus notas y terminan prefiriendo una publicación mediocre, acaso por falta de posibles contenidos. Eso no puede pasar en un diario que se respete y busque honrar su trayectoria, como lo pretende “el decano de la prensa nacional”. Desde luego que hay también causas estructurales por las que el periodismo de nuestros días se ha vuelto en términos generales más banal. Y no es, como pensaba Borges y su erudición milenaria, porque éste se limite a hechos coyunturales que no tienen importancia alguna, que es algo que sólo puede afirmar alguien con ceguera para la política y la vida cotidiana. Ésta última es más relevante de lo que la vieja academia pensaba; de hecho, ya es algo viejo el giro académico hacia la cotidianidad en la historia, las ciencias sociales e incluso la filosofía. Si de causas estructurales se trata, puede uno referirse sobre todo a cómo se ha ido moldeando, con ayuda considerable de los propios medios, un hábito atencional en el receptor que lo hace pasar de una información a otra sin detenimiento, saturándose con noticias y opiniones a las que no da jerarquía y con las que no se permite una reflexión que se haga sólida a fuerza de autocrítica. Eso requiere lentitud y el sistema informativo no tiene tiempo. Se nos quiere hacer creer, entonces, que eso lo puede hacer cada uno en su casa, que para eso está la esfera privada. Lo dice sin reparos, por ejemplo, Chema Salcedo en RPP. Cada quién evaluará por su cuenta la noticia, como si evaluar no fuese un proceso que en lo fundamental se da intersubjetivamente, y más aún si se trata de evaluar asuntos públicos como los de la política. En la prensa escrita, esta falta de tiempo se refleja en la escasez de periodismo de investigación (recuérdese que El Comercio ha desactivado recientemente su unidad de investigación), en la repetición de información presentada por otros medios (sin contrastación de fuentes a menos que los intereses del periódico estén implicados) y en la producción de notas mediocres, como la que ha dado pie a este comentario y sobre la que volveremos.

Antes quiero observar que hay, ciertamente, niveles distintos de reflexión. A la que me he referido antes es sólo aquella que se propone reducir sus falencias argumentativas mediante una revisión exhaustiva, previendo todo posible contraargumento (lo que individualmente requiere una habilidad imaginativa importante y, aun así, necesita el diálogo con otros que le aporten perspectivas distintas). Pero esa no es la única reflexión, ni tampoco es la más común. La forma de reflexión más común es la de la opinión, que es más intuitiva, más rápida y más simple. La opinión, especialmente en una sociedad que tiene un individualismo exacerbado como la peruana, tiende a prescindir de los otros en la medida en que reemplaza la finalidad del conocimiento objetivo por la de la complacencia subjetiva (en esto se equipara al gusto), y, por lo mismo, hace que el sujeto se satisfaga fácilmente sin necesidad de poner en cuestión las creencias que asume como verdaderas: “esa es mi opinión y toda opinión se respeta”.

“L’Opinió” (1932), fotomontaje anónimo catalán.

La opinión es fundamentalmente la expresión de creencias y éstas tienen como carácter propio la asunción. Si no asumiésemos, por ejemplo, que el mundo es real (algo que la filosofía también está dispuesta a cuestionar), la vida cotidiana nos sería imposible; pero ¿es igual de ineludible asumir que toda sociedad debe “progresar”, que ese “progreso” debe ser entendido económicamente y que esos criterios económicos tienen que ser los del capitalismo, que coloca en su núcleo el control privado de la riqueza y la comercialización como única dinámica posible de intercambio? Aunque sea útil, no es necesario recurrir a la reflexión teórica para cuestionar lo que fácilmente asumimos como verdadero. Basta con dejarse interpelar por el otro dentro de la misma esfera práctica –ese es el sentido de la sociedad civil como espacio deliberativo–, pero ello supone de todos modos hacer explícitos los presupuestos de las opiniones y someterlos a crítica. Sin embargo, si en ese espacio los medios de comunicación se limitan a presentar opiniones como si fuesen la verdad de cada quien, sin develar ni cuestionar sus presupuestos (algo que el periodista podría aportar), en el fondo no se tiene más que perspectivas individuales vinculadas superficialmente entre sí y que van desapareciendo con la misma facilidad con que aparecieron, dirigiendo a lo más los ánimos en contra de fantoches que no son los que controlan el sistema. ¿Con cuánta frecuencia, por ejemplo, ciertos periodistas dirigen los ánimos en contra de la clase política y con cuánta frecuencia lo hacen en contra de la clase empresarial? Mónica Delta, que es especialista en hacer glosas morales a las noticias, a menudo moraliza contra los políticos (en general, claro, o con algún político débil como Alejandro Toledo o algún presidente regional, porque con Alan García nunca lo haría). ¿Y no siguen pretendiendo los medios que los empresarios nada tienen que ver con el manejo de la política, aun cuando una historia de los comunicados de la CONFIEP y de sus reuniones en Palacio de Gobierno bastaría para desbaratar eso?

Max Weber, “The Sunday Tribune” (1913).

En medio de la lógica que privatiza y atomiza lo público, que es la que está detrás de esto, la única reflexión permitida es la de la opinión. Darle cabida a la opinión le sirve además al medio para legitimarse. Frente a un ideal culto, con opiniones de “especialistas”. Y frente a un ideal democrático, con la opinión de cualquier entusiasta sin vergüenza; lo que es peor desde todo punto de vista pues, además de rebajar la argumentación (¿alguien en su sano juicio podría provechosamente discutir con los que llaman a las radios o los que comentan las noticias en las páginas de Internet?), encima da una apariencia de democracia que no es sino la más descarada aceptación de las reglas de juego del sistema. Esas opiniones no constituyen en modo alguno lo que se pretende con el pomposo nombre de “opinión pública” o con frases del tipo “tu opinión importa”. Son expresiones tan inofensivas como dogmáticas, acríticas. La comedia es siempre más honesta y en este caso no es la excepción: “tu opinión me llega” es la frase paródica de un cómico que se aproxima más a la realidad.

John Heartfield, “Wer Bürgerblätter liest wird blind und taub. Weg mit den verdummungsbandagen!” (“Quien lee periódicos burgueses queda ciego y sordo. ¡Fuera las vendas embrutecedoras!”, 1930). Vorwärts era el diario oficial del Partido Social Demócrata.

Me he alejado del tema inicial y que daba título a esta nota, pero ello sólo para mostrar cómo un asunto que incluso dentro de la coyuntura es menor puede dar pie a considerar cuestiones importantes que, más allá de toda discusión teórica, debieran llevar a buscar alternativas prácticas. Ahora bien, nuestro problema es que, antes que pedirle a los periodistas capacidad crítica con los que detentan el poder, hay que empezar por pedirles que hagan bien su trabajo: así de mal estamos. De nada le sirve al diario El Comercio ostentar antigüedad si hay que demandarle un mínimo de responsabilidad y rigor en su oficio. En la noticia sobre los libros que más leemos los peruanos, decía al inicio, no sólo no hay una interpretación sugerente, sino que tampoco hay información completa, fiable, equilibrada… Nada. Lo que allí llaman el Perú se limita al registro de ventas de las librerías Crisol. La única fuente que consultan para indicar que lo que más leemos los peruanos son “trilogías, cómics y novelas clásicas” es Jaime Carbajal, el gerente general de estas librerías. Quizás pueda verse mejor la situación si identificamos tres niveles de falta de rigor informativo:

Semen Fridliand, “Die käufliche Presse” (“La prensa venal” 1929)

Hay cierta información que, a pesar de ser externa a la noticia misma, podría afectar su objetividad. Se trata de los cuestionamientos que ha tenido Crisol por su asombroso crecimiento: en sólo un año, durante el gobierno aprista y luego de haber sido comprada por el ministro Chang (cuyo manejo del dinero de la Universidad de San Martín de Porres es poco claro) de capitales españoles que (con los mismos productos que ahora) tenían las cuentas en rojo, los locales de Crisol aumentaron de 2 (Jockey Plaza y Óvalo Gutiérrez) a 12. Un éxito nunca visto con ninguna otra librería en el país. Si los modestos números de venta que da el gerente en esta noticia son correctos (150 libros por mes y, aunque la nota no lo dice, se entiende que por local) y si ello supone un crecimiento significativo en relación con años anteriores, esto mismo no hace sino añadir más dudas sobre la procedencia de todo el dinero invertido en Crisol. Quizás habría que mencionar que Carbajal era un trabajador (algunos dicen que guardaespaldas) del también ministro aprista Hernán Garrido-Lecca (implicado en el caso de los “Petroaudios” y otros como el del Banco Azteca). Aun cuando no fuese relevante mencionar todo esto en la nota a la que nos estamos refiriendo, ya que se trata de un tema distinto, esta información sí debiera llevar a que el periodista por lo menos dude acerca de la fiabilidad de los números proporcionados por la tan exitosa cadena de librerías.

Hay otra información que sí es directamente relevante para la objetividad de la noticia pero que está ausente en la misma. En primer lugar, como es evidente, la información de ventas de otras librerías. Si la periodista no tenía tiempo o interés en buscar otras fuentes para ofrecer un mínimo contraste, podría haber logrado una fácil objetividad cambiando de título: “¿Qué tipo de libros leen más los clientes de Crisol?”, hubiese sido uno preciso. Por otro lado, la nota está también asumiendo que todas las librerías tienen la misma oferta de libros, con lo que Crisol –dado su éxito descomunal– sería una librería representativa. Cualquiera que haya ido a Crisol y que normalmente busque más que “trilogías, cómics y novelas clásicas”, se da cuenta que la variedad y amplitud de libros allí no es, ni de lejos, completa. Las librerías que suelen considerarse especializadas, en Lima al menos, son mucho más completas porque también se encuentra en ellas “trilogías, cómics y novelas clásicas”, así como libros de autoayuda, sin que eso implique que otros libros, como por ejemplo los de humanidades, sean pocos y básicamente los que les dan en consignación otras librerías, como es el caso de Crisol. Librerías mucho más completas, pues, son El Virrey, Sur y, con un catálogo muy bien seleccionado para lectores diversos, Communitas; ninguna de las cuales está en un centro comercial, que es un requisito de éxito según la nota. Estos puntos son los más saltantes, pero hay otra información ausente como las diferencias entre las distintas ciudades, ya que se habla de los peruanos en general y no sólo de los limeños (mala costumbre limeña).

Por último, tampoco permite objetividad en la información la mala redacción. Más allá de erratas, que también las tiene. El titular, como se ha dicho, no es correcto e incluso no parece ser la información principal de la nota, que habla más del negocio libresco y editorial que de las preferencias de los lectores. En el subtítulo se dice que los peruanos gastan en promedio S/. 50, pero no se señala allí con qué frecuencia; eso se hace después, donde se dice que en cada visita, pero no se pregunta cuántas de estas visitas hace el cliente al mes o al año. Algo similar ocurre con los 150 libros que vende al mes Crisol: ¿en toda la cadena?, ¿en cada local? Y de las tres obras mencionadas como los títulos más vendidos, sólo de la de Vargas Llosa no se dice con cuántos ejemplares. En fin… Creo que es suficiente.

Emory Douglas, “All Power to the People” (“Todo el poder para el pueblo”, 1969).

Anuncios

Eric Hobsbawm sobre el movimiento campesino peruano y Sendero Luminoso

La prensa peruana, haciendo gala de su mejor capacidad de investigación, se ha limitado a reproducir cables internacionales por la muerte del mayor historiador del siglo XX, el marxista Eric Hobsbawm. Sabemos desde luego que, en tiempos de la Internet, la información está más disponible, pero sólo para quien la quiere buscar y sabe además qué y dónde buscar. Con un mínimo esfuerzo podían haber recordado que Hobsbawm estuvo vinculado a destacados intelectuales peruanos y que no dejó de interesarse por la historia peruana reciente.

Fue en 1962 cuando Hobsbawm visitó por primera vez el Perú. Unos años antes los trabajadores campesinos habían empezado a reaccionar frente al abuso y el aprovechamiento de las tierras por unos pocos terratenientes para los que tenían que trabajar sin paga, sólo a cambio de una parcela de aprovechamiento propio, y que se imponían, además, sometiendo a las autoridades políticas, judiciales, policiales y religiosas. El Perú llevaba casi 140 años como república, pero conservaba un vetusto sistema feudal en el manejo de las tierras. En ese contexto, los campesinos de La Convención (Cusco), que habían empezado por pedir condiciones laborales justas, pasaron luego a cuestionar la propiedad de las tierras y, consecuentemente, iniciaron la reforma agraria ocupando las tierras que trabajaban. El mítico Hugo Blanco (que a sus casi 80 años sigue defendiendo el campo frente a las fuentes de contaminación minera) fue elegido líder del movimiento cuando llegó la represión del gobierno de la Junta Militar. Ante la violenta reacción de los militares, la base de Chaupimayo, que era la de Blanco, organizó para defenderse la columna guerrillera Brigada Remigio Huamán, nombrada así por un campesino asesinado por la policía. Sin embargo, unos meses después, Blanco sería capturado y disuelta su Brigada. El juicio contra Blanco apuntaba a la pena de muerte, por lo que hubo una intensa campaña nacional e internacional a la que se sumaron Amnistía Internacional y personajes famosos como los filósofos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En 1966, Blanco sería condenado a veinticinco años de prisión en la isla de El Frontón. No obstante, a pesar de que los líderes campesinos estaban presos, el movimiento por la reforma agraria y su reconocimiento gubernamental eran ya imparables. El mismo Blanco sería luego liberado.

Desde 1962, cuando estuvo por el Perú y se entrevistó con conocedores de la realidad andina como José María Arguedas, Hobsbawm siguió con interés el curso de los acontecimientos de nuestro país. En 1967 publicó su ponencia “Problémes agraires á La Convención” (Les problémes agraires des Amériques Latines, París: CNRS, 1967, pp. 385-393, donde Arguedas publicó también: “La posesión de la tierra. Los mitos posthispánicos y la visión del universo en la población monolingüe quechua”, pp. 309-315). Y dos años después publicó: “A Case of Neo-Feudalism: La Convención, Perú” (Journal of Latin American Studies, Vol. I, 1969, pp. 31-50), en cuya sumilla dice lo siguiente:

Un caso de neo-feudalismo: La Convención, Perú

E. J. E. Hobsbawm

La provincia de La Convención, departmento del Cusco, en Perú, se hizo conocida a los ciudadanos del mundo exterior a comienzos de la década de 1960, cuando fue el escenario del más importante movimiento campesino de esa época en el Perú, y probablemente en toda Sudamérica. Esto podría legítimamente atraer la atención del historiador social. Al mismo tiempo, La Convención es una versión especial de un fenómeno más general, el cual debería interesar también al historiador económico. Es un “territorio de frontera” en el sentido americano del término; es decir, pertenece a la larga zona de tierra subdesarrollada en el extremo oriental de los Andes (el borde occidental de la cuenca del Amazonas), que ha sido objeto de asentamiento y cultivo en las últimas décadas, principalmente para la producción de cultivos comerciales para el mercado mundial, pero también para otros fines económicos. A lo largo de las laderas de los Andes hay una serie de regiones en las que, de diversas maneras, los terratenientes y empresarios penetran con propiedades y comercio, campesinos en busca de tierra y libertad. La mayoría de ellos son campesinos indígenas de las tierras altas, y el contexto socio-económico de la sierra y el altiplano determina en cierta medida las formas de la nueva economía que toman forma en las laderas orientales semi-tropicales y tropicales. Estas varían considerablemente, como podemos ver por las variadas monografías disponibles.

(El artículo completo puede ser leído aquí.)

Por último, en 1974 Hobsbawm publicó: “Peasant Land Occupations” (Past and Present, Nº 62, 1974, pp. 120-152; el texto puede ser leído aquí). A diferencia de los dos artículos precedentes, en éste no aparece el caso peruano en el título; ello se debe a que es un artículo con pretensiones generalizadoras, y, sin embargo, analiza “la forma de la militancia colectiva campesina, principalmente a la luz de la evidencia del Perú”. Hobsbawm había vuelto al Perú durante el régimen de Velasco, que había legalizado las tomas de tierras, y pudo recoger la información que necesitaba en el Centro de Documentación Agraria y con las propias autoridades de la reforma agraria. Arguedas lo había llevado en 1962 a conocer la situación cultural de los campesinos que habían migrado a Lima y que tenían una presencia importante dentro de ciertos círculos y medios de comunicación, como las radios que transmitían música y programas en quechua (Hobsbawm recuerda ese encuentro en sus memorias: Interesting Times: A Twentieth-Century Life, New York: The New Press, 2005, p. 370); no obstante, mientras que Arguedas estaba interesado en las dinámicas culturales y las cosmovisiones que ellas implicaban, Hobsbawm se interesaba por las dinámicas políticas y sus pretensiones explicativas eran sin duda mucho más científicas.

En 1992, Hobsbawm dictó un seminario sobre “El corto siglo XX” en la New School for Social Research de Nueva York. En sus clases hacía continuas referencias sobre la política peruana, de lo cual se percató el sociólogo Aldo Panfichi, que asistía al seminario y lo abordó para hacerle una entrevista. Luego de preguntarle por los cambios y continuidades en la política internacional de esos años que, como se decía, marcaban un adelantado final de siglo, Panfichi le preguntó por el Perú. A propósito de sus reflexiones sobre el fundamentalismo político y religioso, Panfichi le dice: “Escuchándolo me viene a la mente Sendero Luminoso…”; a lo cual Hobsbawm responde:

Qué curioso, estaba pensando lo mismo. Creo que esto es también una reacción similar al fundamentalismo religioso. Tengo la impresión de que los militantes senderistas deben ser gente desorientada por los dramáticos cambios sociales. Pienso que provienen de familias campesinas que repentinamente van a la universidad y se convierten en intelectuales. Cambian completamente sus expectativas de vida pero no pueden llevarlas a cabo. Sin embargo debo decir que Sendero es un fenómeno que me parece excepcional en el mundo actual. Hay pocos casos de fundamentalismo político en estos días.

Tras lo cual añade una observación que no difiere de aquellas expresadas por la CVR:

Para alguien que observa el Perú desde afuera, no es una sorpresa que, dadas las condiciones económicas y sociales de su país, exista gente que piense que cualquier solución es mejor que ninguna solución.

Y sobre la reforma agraria afirma lo siguiente:

(…) siento sobre todo un profundo disgusto por las oportunidades perdidas durante los años de Velasco. Quizá no fue un movimiento revolucionario, pero sí tenía genuinos deseos de justicia. Recuerdo esos años, cuando discutía con gente de la izquierda peruana que se oponía a Velasco diciendo que no era más que un reformismo burgués. Yo les decía: “si ustedes pueden hacerlo mejor, excelente”. Lamentablemente no fue así.

Observando hacia atrás, creo que esta experiencia fue lo más positivo de la historia peruana contemporánea, y lamento que haya fracasado. El porqué de este fracaso es algo que los peruanos deben discutir, especialmente porque no se ha encontrado otras soluciones adecuadas a la devastadora pobreza de las mayorías del país.

No he estado en contacto con Perú en los últimos años, aunque siempre leo con avidez todo lo que pasa por mis manos. Sin embargo, como un viejo izquierdista me veo obligado a decir algo más. Si en Perú yo tuviera que escoger entre los revolucionarios y los no revolucionarios, yo tomaría el lado de los no revolucionarios. Es terrible descubrir que hay movimientos revolucionarios que uno preferiría que nunca tengan éxito.

(La entrevista completa puede leerse aquí.)

Una de las causas de ese fracaso fue precisamente Sendero Luminoso. Como lo observa Blanco en una entrevista reciente:

Sendero también mató a muchos, ha matado a dirigentes obreros, ha matado a dirigentes de tomas de tierra… También sirvió como excusa al Gobierno para asesinar a líderes campesinos, para meterlos presos, para torturarlos… Todo eso llevó a un retraso tremendo. Antes de Sendero, la Confederación Campesina del Perú tenía bases en casi todo el país. Después de la guerra interna, en tres o cuatro departamentos, nada más. Ésa es una de las razones de ese retraso frente a Bolivia y Ecuador, donde el movimiento indígena ha impulsado todo tipo de transformaciones.

También estudiaron con Hobsbawm las historiadoras Margarita Giesecke (1948-2004), que redactó con su asesoría la tesis La insurrección de Trujillo. Jueves 7 de julio de 1932 (Lima: Fondo Editorial del Congreso de la República, 2010), y Scarlett O’Phelan, con la tesis Un siglo de rebeliones anticoloniales: Perú y Bolivia, 1700-1783 (Cusco: Centro Bartolomé de las Casas, 1988).

La prensa peruana parece ignorar todos estos datos de nuestra historia académica reciente. Su ignorancia no es inocente.

Periodismo a la peruana (4)

Diario 16 ha publicado el pasado 28 de mayo una noticia falsa titulada: “Joven italiana fue una esclava sexual en el Vaticano“. Este hecho merece atención porque muestra con claridad una serie de deficiencias sistemáticas en nuestro periodismo, incluso en aquél que se pretende serio en contraste con la “prensa amarilla”.

En primer lugar, conviene reproducir la breve nota publicada en Diario 16:

Grave acusación. El padre Gabriele Amorth, principal exorcista del Vaticano, afirmó que Emanuela Orlandi, quinceañera que desapareció misteriosamente en esa ciudad en 1983, permaneció en realidad todo este tiempo en las instalaciones de la Santa Sede porque, según denunció, la joven era una esclava sexual.

Según Amorth, de 85 años, “el crimen tuvo un objeto sexual”, ya que los clérigos del Vaticano convirtieron a Orlandi en su esclava y la usaron en varias orgías. Además, reveló que ellos mismos la asesinaron porque se cansaron de ella.

“Se organizaba fiestas y uno de los gendarmes del Vaticano se encargaba de reclutar a las chicas. La red implicaba al personal diplomático de una embajada de la Santa Sede en el extranjero y estoy convencido de que Emanuela fue víctima de este círculo”, expresó a un diario italiano.

Aunque el título es ambiguo, la nota es clara: una fuente interna y de la alta jerarquía de la Iglesia católica (lo que le daría autoridad a la nota) reveló que al interior de la misma hubo orgías con una adolescente que fue secuestrada por un gendarme del Vaticano en 1983 y que luego fue asesinada por los mismos clérigos que la tuvieron como su esclava sexual. Ya empieza a ser raro en la redacción que se indique que “permaneció en realidad todo este tiempo” y luego se diga que la asesinaron, pero dada la deficiente redacción periodística uno podría pasar eso por alto. Está claro, además, según la nota, que era una red que se extendía a diplomáticos del Vaticano en una embajada del extranjero, lo que es extraño dado que, si era una residente del Vaticano y había desaparecido allí, cómo entraría a tallar una embajada en otro país. Por eso no se dice en qué país, así como tampoco se dice, y esto ya empieza a ser más grave, a qué “diario italiano” ofreció Amorth sus declaraciones. Esto es grave porque hay allí un deliberado encubrimiento de la fuente.

Antes de anotar los errores, hay que hacer lo que los periodistas de Diario 16 no hicieron; a saber, buscar la fuente original. En realidad no se trata de ninguna declaración de Amorth a diario alguno, sino de su testimonio sobre el famoso caso en su reciente autobiografía: L’ultimo esorcista. El diario La Stampa lo toma de allí y, como hace el periodismo serio, consigna la fuente. La nota de La Stampa es larga, lo que hace ya suponer que los redactores de Diario 16 no tomaron la información de allí. De lo que sale en La Stampa, se dice que la investigación fiscal continúa y que no ha dejado de considerar que el entonces párroco de la iglesia de Sant’Apollinare, Pedro Vergari, podría haber estado involucrado porque la niña desapareció en las inmediaciones de la iglesia y porque en ella está sepultado un jefe de la mafia que también podría haber estado involucrado, pero lo que se recoge del testimonio de Amorth es lo siguiente:

Como también ha indicado monseñor Simeone Duca, archivista del Vaticano, fiestas fueron organizadas con un gendarme de la Santa Sede involucrado como “reclutador de las niñas”. Creo que Emanuela fue victima de aquel círculo. Nunca creí en la pista [de una red] internacional; tengo motivos para creer que era un caso de explotación sexual que terminó en asesinato poco después de la desaparición y en el ocultamiento de su cadáver. (…) También estuvo involucrado personal diplomático de una embajada extranjera en la Santa Sede.

El artículo no señala en ningún lugar que esa red de explotación sexual haya estado dentro de la Iglesia, sino en la Ciudad del Vaticano, y que, por parte de la Iglesia, sólo Vergari está siendo investigado.

La nota fue traducida al inglés por el diario The Telegraph, que la redujo a lo escrito por Amorth. Esa nota informa que la niña “fue secuestrada para fiestas sexuales por una banda, involucrando a la policía del Vaticano y a diplomáticos extranjeros, ha sostenido el principal exorcista de la Iglesia católica”, lo cual es cierto a la luz del original italiano. De allí, el autor de esa nota observa otras declaraciones de Amorth, como aquellas en las que decía que el yoga y Harry Potter son obras satánicas porque llevan a los cristianos a adorar deidades indias y a los niños al interés por la brujería, respectivamente. En efecto, Amorth es conocido por hacer declaraciones exageradas y fuera de lugar, pero distinto es poner en sus labios afirmaciones totalmente inventadas, como han hecho nuestros periodistas de Diario 16, que tampoco parecen haber recurrido a esta fuente inglesa.

Volviendo pues a la versión de Diario 16, no es cierto que Amorth haya afirmado que la niña permaneció “en las instalaciones de la Santa Sede”. Ello puede ser una equivocación respecto a la ciudad, pero lo que sí es un claro invento es que haya dicho que “los clérigos del Vaticano convirtieron a Orlandi en su esclava y la usaron en varias orgías” y que “ellos mismos la asesinaron porque se cansaron de ella”. Y también lo es que haya dicho que la “red implicaba al personal diplomático de una embajada de la Santa Sede en el extranjero”, cuando dijo más bien que “estuvo involucrado personal diplomático de una embajada extranjera en la Santa Sede”. Uno puede criticar la poca seguridad del Estado del Vaticano y su incapacidad para eliminar a las mafias y aclarar crímenes, pero eso es distinto.

Es inútil querer explicar una motivación personal de los redactores de Diario 16 o de su director. Eso sólo puede hacerlo algún moralista como Cipriani, que es precisamente el mayor causante de la animadversión contra la Iglesia católica en el Perú. Lo cierto es que, por el contenido de la nota, ésta parece haber sido tomada de alguno de los blogs que han estado difundiendo esa información falsa basados en una mala traducción de la nota de The Telegraph. Y eso es lo preocupante, que la fuente de un periódico sea cualquier página de la Internet sin un mínimo de fiabilidad. Y, además, que no recurran a las fuentes originales siendo tan fácil, precisamente por la Internet. A lo que quiero ir es a que hay en nuestra prensa una clara irresponsabilidad que va más allá de este caso particular y que consiste en publicar como verificada información que no lo está, ya sea porque no se ha hecho el trabajo debido, como en esta ocasión, o porque se trata sólo de rumores, como en muchos otros casos. Eso también se debe, sin duda, a la necesidad que tienen periodistas y redactores por cumplir con determinadas cuotas de producción, lo que reduce la calidad de lo que producen y le quita peso a la responsabilidad que deben tener para no publicar algo que no hayan verificado. Y un último factor que incide también en esa mediocridad es el afán de conseguir más consumidores a cualquier costo. La prensa envuelta en la lógica del consumo pierde de vista fácilmente la consideración ética.

El foco quemado en El Comercio

El editorial de hoy en el siempre tan objetivo e imparcial diario El Comercio se pretende iluminador respecto al conflicto entre la PUCP y la Iglesia católica. Sencillamente, no lo es. Veamos por qué.

1. Dice que los representantes de la PUCP (nótese que no da nombres) no hablan de lo central; a saber, el derecho que tenga o no la Iglesia, sino únicamente de “el uso que, de reconocérsele, podría dar la Iglesia a este derecho (obstruyendo, por ejemplo, toda investigación científica y desarrollo teórico que pueda oponerse a la doctrina católica)”. En el mundo real, y no en la fantasía del editor, lo cierto es que este punto ha sido planteado como un tema relevante —y ciertamente lo es— pero nunca como el tema central. Desde el comienzo la estrategia de la PUCP se ha concentrado en lo jurídico, con el Arzobispado primero y luego con el Estado del Vaticano, al punto incluso de descuidar lo político en el asunto. Es más, yo sí creo que debía colocarse en el centro también “el uso que…”, porque más allá de lo jurídico, la dimensión histórica sólo se capta al observar que las decisiones de la Iglesia romana (más allá de Cipriani) obedecen a un férreo control institucional centralizado que se inició en el siglo XII y que, tras reforzarse en Trento y Vaticano I, no tiene visos de acabar (al menos en las pretensiones de los eclesiásticos), y que luego de los monasterios, que pasaron a ser poco influyentes en la modernidad, se enfocó en las instituciones educativas hasta ahora. De todos modos, el punto es que el editorial de El Comercio es, por decir lo menos, “inexacto”.

2. Luego sostienen que los “hechos que hablan a favor de la posición de la Iglesia son poderosos”. Se basan en dos: el primero, que la Universidad habría sido creada dentro del derecho canónico (asumiendo que eso la marcaría de por vida y que ese derecho privado está por encima del nacional) y que no existían las asociaciones civiles en el derecho peruano de la época; el segundo, que en los estatutos de 1956 diría que la Universidad fue fundada “por la Congregación de los Sagrados Corazones” con “aprobación de todo el episcopado” (bajo el supuesto de que, por alguna razón que sólo dios conoce, esos estatutos estarían por encima de todos los demás). Sobre esto hay que aclarar lo siguiente:

a) Decir que la Universidad se fundó sobre la base del derecho canónico es dar cuenta de una gran ignorancia respecto a la historia del derecho peruano. En 1915, no sin la esperable condena y satanización de los representantes católicos, la libertad de culto fue declarada en el Perú como un principio constitucional. A partir de entonces se fortaleció la potestad política y administrativa del Estado sobre una serie de asuntos; entre ellos, la educación universitaria. Por eso mismo fue un logro para Dintilhac obtener del presidente Pardo el permiso para operar como universidad (1917). Sin la autorización del Ministerio de Justicia, Instrucción y Culto, sencillamente la creación de la Universidad Católica no hubiese sido legalmente posible, por más autorización que diera el Vaticano, lo cual además no ocurrió oficialmente sino después. En 1921, el arzobispo Emilio Lisson no quería aún aceptar la creación civil de la Universidad Católica, pero fue finalmente convencido por Dintilhac. El título de Pontificia se le concedió a la Universidad recién en 1942. De las tres, sólo la ley peruana era y sigue siendo una condición sine qua non. El abogado del Arzobispado, Natale Amprimo, sigue diciendo que la Universidad fue fundada “en el amparo de las leyes eclesiásticas” pero sin señalar qué ley eclesiástica autorizó y dispuso la creación de la PUCP. ¿O acaso pretende que la Resolución Suprema del 24 de marzo de 1917, firmada por el presidente de la República José Pardo y por el ministro Wenceslao Valera, es una ley eclesiástica?

b) Es sintomático cómo los defensores de la Iglesia apelan al pasado para señalar que así como las cosas fueron alguna vez, así deberían seguirlo siendo para siempre, aun cuando en ese origen no hubiese nada de lo que es el Vaticano hoy. Nietzsche sabía bien de esa obsesión por los orígenes y con su método genealógico la criticó certeramente. En el caso de la PUCP sucede lo mismo, con el agravante de que se miente deliberadamente al decir que fue la Iglesia la que fundó la Universidad. De cualquier modo, si es verdad que a la gente de El Comercio les preocupa el respeto de la ley, entonces deben saber que el derecho peruano actual no permite la modificación que el Vaticano desea. Independientemente de si en 1956 había compatibilidad o no entre la ley peruana y la eclesiástica, el derecho es cambiante y es claro que hoy no la hay. Ni siquiera bajo la forma de elección de candidatos, porque se dispone la restricción de que estos deben ser “idóneos” y porque la decisión final (y esto se llama soberanía), recae sobre un Estado extranjero y no sobre la misma asamblea. La “rebeldía” de la PUCP, por otra parte, se basa en que en ningún lugar de la constitución Ex Corde Ecclesiae se pone ese requisito de elección; es más, el artículo 3, numeral 4, dice claramente que el requisito de aprobación de los estatutos no es para las universidades católicas fundadas por laicos, como la PUCP, sino sólo para las eclesiásticas. Si la PUCP hubiese sido fundada por la Congregación de los Sagrados Corazones, como se dice, ¿por qué esta congregación no estuvo nunca involucrada? ¿O por qué entonces se le llamaba en la época “Centro Dintilhac” o “Escuelita del padre Jorge”? ¿Y dónde quedan entonces los laicos que participaron en su fundación?

El editor de El Comercio afirma que “ni siquiera existían en la fecha las asociaciones civiles en el Perú”. En efecto, las asociaciones civiles se dan a partir del Código Civil de 1936, por lo que el mismo padre Dintilhac la inscribió como asociación civil en 1937. Pero el punto es que existen ahora y que la PUCP está ahora legalmente reconocida como tal. El derecho funciona así. Es un pésimo hermeneuta del derecho el que pretende que un status quo de hace casi cien años prevalezca por sobre el derecho nacional vigente. Más aún si pretende que un vacío legal de esa época tuviese en el ordenamiento civil que ser suplido por el derecho canónico. Amprimo dice que el problema se debe a que “en los últimos años las autoridades han ido modificando sus estatutos sin consultarle a sus dueños”. Primero: la Iglesia no es dueña de la PUCP como ha sido largamente demostrado. Segundo: la soberanía estatutaria de las instituciones eclesiásticas, según el Concordato de 1980, corresponde sólo a los órganos que forman parte de la jerarquía de la Iglesia. Por eso mismo Juan Espinoza Espinoza distingue entre “asociaciones religiosas” y “asociaciones civiles con fines religiosos” (Derecho de las personas, Lima: Huallaga, 2001, pp. 457-458). Sólo las primeras deben someter sus estatutos a la Iglesia y la PUCP no es parte de ellas; de hecho, ninguna universidad, aunque hubiese sido fundada por la Iglesia, podría serlo porque su naturaleza misma hace que sus miembros estén fuera de la jerarquía eclesiástica y deben por tanto guiarse por lo que manda la ley peruana. Y tercero: la jurisprudencia del Tribunal de Registros Públicos ha establecido que

No se requiere la autorización previa de la autoridad eclesiástica cuando se modifica el estatuto de una asociación civil entre cuyos fines se encuentra la difusión de la fe católica, cuando su organización y estructura guardan concordancia con las normas del Código Civil” (Res. Nº 736-2005-SUNARP-TR-L).

Ergo, sólo el derecho civil peruano es vinculante. Más claro no puede estar.

Viñeta "Kuraka" de Juan Acevedo (detalle), publicada en El Otorongo.

3. Dicen también que la autonomía no viene al caso porque “la autonomía se garantiza contra el Estado, no contra el dueño”. Seguramente, en la mentalidad de liberalismo estrecho que tiene quien escribe, eso es así, pero el principio del liberalismo —fundamentalmente de sus vertientes moral y política— no se limita únicamente a una defensa de la libertad individual frente al Estado, sino también frente a toda otra fuente de coacción. En ese sentido, no es de extrañarse que una larga tradición liberal en el catolicismo, que data por lo menos del siglo XIV, haya afirmado la libertad individual del creyente en contra de la Iglesia. En esa tradición, despreciada siempre por quienes se agrandan cuando el Estado les impone una restricción pero que se arrodillan y rezan cuando es la Iglesia la que lo hace, se gestó el respeto por las leyes nacionales y el laicismo, entendiendo que esa separación entre moral católica y derecho nacional era ella misma un mandato religioso. La autonomía, pues, aunque no quieran los dueños del periódico aceptarlo, está en el meollo del asunto.

4. Que los argumentos de quien escribe son, más que simples, simplistas, lo muestra cuando afirma que la posición de la PUCP “implica estar dispuestos a asumir un robo (a la Iglesia) con tal de tener una universidad diversa”. ¿Analiza críticamente, al menos un poco, el supuesto de que la Iglesia sea la dueña? En absoluto. Por ligerezas como estas es que hay por allí gente sin criterio que cree que por el sólo hecho de llamarse católica ya le debe pertenecer a la Iglesia. Dice el editorial que “si estamos en un Estado constitucional, los derechos que tiene cada cual deben determinarse según la ley y no según si a los demás nos parece bien o no”. Pues bien, la Ley Universitaria, en concordancia con los principios constitucionales pertinentes, determinan que las asambleas son instancias autónomas y que sólo ellas son las encargadas de elegir al rector. A la Iglesia católica se le da, según el Concordato vigente (que es otro tema de vergüenza nacional), la facultad de regir con su derecho privado sólo a los seminarios e institutos teológicos. De modo que, más allá del caso de la PUCP, si alguna universidad que la Iglesia cree y administre eligiese a su rector por decisión o influjo del arzobispo, la Asamblea Nacional de Rectores podría aplicar la Ley e imponer sanciones a la Universidad exigiéndole la adecuación de sus estatutos a la ley nacional. (Y éste sí es un tema del que nuestro ilustre periodismo de investigación no informa.)

5. El editor de El Comercio cree que las tinieblas medievales son luminosas. Por eso enfatiza lo del “pésimo ejemplo” que darían las autoridades a los alumnos (como si estos fuesen críos en pañales) al supuestamente manipular el tema… ¡Qué tal conciencia! Además, si el que escribe es de aquellos seres precarios que actúan básicamente por imitación, a pesar de su avanzada edad, ese es asunto suyo; que no nos meta a los estudiantes universitarios en su grupo.

6. Y se afirma también en la columna que las autoridades han pasado por encima “ya varias veces en el conflicto paralelo sobre la herencia de Riva-Agüero, de lo que disponen los tribunales”. ¿No es acaso el abogado del Arzobispado, pasándose de “vivo”, quien quiso aprovechar un exceso meramente interpretativo y no vinculante del Tribunal Constitucional para pedir que se le dé la razón al Arzobispado sin siquiera iniciar un juicio sobre dichos bienes? ¿No fue acaso que el Poder Judicial, en doble instancia, rechazó esta pretensión? Entonces, ¿quién es el que pretende pasar por encima de los tribunales y no acatarlos? ¿Quién el que desinforma y quiere manipular?

7. El editor se escandaliza porque los representantes de la Universidad digan que el rechazo de los actuales estatutos por parte del Papa (que no es sino el rey del Vaticano) no es un verdadero problema, toda vez que el término “católico” no es de exclusividad de la Iglesia, por más que el derecho canónico, inaplicable en nuestro ordenamiento civil y registral, así lo estipule. Dice que se opone a los sectarismos de cualquier tipo, pero la “imparcialidad” de la que hace gala la columna se limita a señalar que Cipriani es un personaje nefasto para la apertura intelectual; nunca pone en la menor duda el presupuesto indemostrado de que la Iglesia sea la propietaria, en cuyo caso, aun si así fuese, no podría ésta “manejar su propiedad como mejor le parezca”. Las universidades no son propiedades cualesquiera y eso deberían saberlo los Miró Quesada por propia experiencia. Como se ha dicho, por más normas privadas que tenga la Iglesia, en la elección de autoridades toda universidad debe someterse a las leyes nacionales. En caso contrario, puede y debe ser inhabilitada.

Estas observaciones desde luego no pretenden que los fanáticos dejen de pensar como piensan. Están dirigidas más bien a quienes quieren seriamente hacerse una opinión informada sobre el tema. El Comercio, en cambio, lanza opiniones desinformadas sobre esto como lo ha hecho siempre sobre muchos otros temas. No se quiere tampoco que un periódico con una dudosa reputación a lo largo de toda su historia sea ahora una lumbrera del periodismo nacional, pero hay que decirles a estos señores que para iluminar sobre un asunto es preciso estar bien informado y tener un poco de autocrítica para no hablar de lo que no se sabe. Porque un foco quemado, como el que tienen escribiendo esta columna, no alumbra en absoluto. Menos aún si su posición es exactamente la misma, con los mismos argumentos y términos, y por ende los mismo vicios, que la expresada por Amprimo. (¿Qué… tan poco original es Martha Meier Miró Quesada, la editora central de fin de semana adjunta a la dirección?) Así las cosas, el lema de la PUCP bien podría ampliarse según el propio texto evangélico: Et lux in tenebris lucetet tenebrae eam non comprehenderunt.

Caricatura de Carlín (La República, 26-02-2012)

Periodismo a la peruana (1)

Apenas una brevísima revisión de cómo la prensa peruana informa puede servir también para ilustrar a nuestros jóvenes estudiantes de periodismo sobre los requisitos de la profesión. A propósito de la captura de Artemio, por ejemplo, encontramos tres requisitos indispensables: la incoherencia, el servilismo y la mala redacción.

¿Acaso no es verdaderamente ejemplar el periodismo actual en el Perú?