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Eric Hobsbawm sobre el movimiento campesino peruano y Sendero Luminoso

La prensa peruana, haciendo gala de su mejor capacidad de investigación, se ha limitado a reproducir cables internacionales por la muerte del mayor historiador del siglo XX, el marxista Eric Hobsbawm. Sabemos desde luego que, en tiempos de la Internet, la información está más disponible, pero sólo para quien la quiere buscar y sabe además qué y dónde buscar. Con un mínimo esfuerzo podían haber recordado que Hobsbawm estuvo vinculado a destacados intelectuales peruanos y que no dejó de interesarse por la historia peruana reciente.

Fue en 1962 cuando Hobsbawm visitó por primera vez el Perú. Unos años antes los trabajadores campesinos habían empezado a reaccionar frente al abuso y el aprovechamiento de las tierras por unos pocos terratenientes para los que tenían que trabajar sin paga, sólo a cambio de una parcela de aprovechamiento propio, y que se imponían, además, sometiendo a las autoridades políticas, judiciales, policiales y religiosas. El Perú llevaba casi 140 años como república, pero conservaba un vetusto sistema feudal en el manejo de las tierras. En ese contexto, los campesinos de La Convención (Cusco), que habían empezado por pedir condiciones laborales justas, pasaron luego a cuestionar la propiedad de las tierras y, consecuentemente, iniciaron la reforma agraria ocupando las tierras que trabajaban. El mítico Hugo Blanco (que a sus casi 80 años sigue defendiendo el campo frente a las fuentes de contaminación minera) fue elegido líder del movimiento cuando llegó la represión del gobierno de la Junta Militar. Ante la violenta reacción de los militares, la base de Chaupimayo, que era la de Blanco, organizó para defenderse la columna guerrillera Brigada Remigio Huamán, nombrada así por un campesino asesinado por la policía. Sin embargo, unos meses después, Blanco sería capturado y disuelta su Brigada. El juicio contra Blanco apuntaba a la pena de muerte, por lo que hubo una intensa campaña nacional e internacional a la que se sumaron Amnistía Internacional y personajes famosos como los filósofos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En 1966, Blanco sería condenado a veinticinco años de prisión en la isla de El Frontón. No obstante, a pesar de que los líderes campesinos estaban presos, el movimiento por la reforma agraria y su reconocimiento gubernamental eran ya imparables. El mismo Blanco sería luego liberado.

Desde 1962, cuando estuvo por el Perú y se entrevistó con conocedores de la realidad andina como José María Arguedas, Hobsbawm siguió con interés el curso de los acontecimientos de nuestro país. En 1967 publicó su ponencia “Problémes agraires á La Convención” (Les problémes agraires des Amériques Latines, París: CNRS, 1967, pp. 385-393, donde Arguedas publicó también: “La posesión de la tierra. Los mitos posthispánicos y la visión del universo en la población monolingüe quechua”, pp. 309-315). Y dos años después publicó: “A Case of Neo-Feudalism: La Convención, Perú” (Journal of Latin American Studies, Vol. I, 1969, pp. 31-50), en cuya sumilla dice lo siguiente:

Un caso de neo-feudalismo: La Convención, Perú

E. J. E. Hobsbawm

La provincia de La Convención, departmento del Cusco, en Perú, se hizo conocida a los ciudadanos del mundo exterior a comienzos de la década de 1960, cuando fue el escenario del más importante movimiento campesino de esa época en el Perú, y probablemente en toda Sudamérica. Esto podría legítimamente atraer la atención del historiador social. Al mismo tiempo, La Convención es una versión especial de un fenómeno más general, el cual debería interesar también al historiador económico. Es un “territorio de frontera” en el sentido americano del término; es decir, pertenece a la larga zona de tierra subdesarrollada en el extremo oriental de los Andes (el borde occidental de la cuenca del Amazonas), que ha sido objeto de asentamiento y cultivo en las últimas décadas, principalmente para la producción de cultivos comerciales para el mercado mundial, pero también para otros fines económicos. A lo largo de las laderas de los Andes hay una serie de regiones en las que, de diversas maneras, los terratenientes y empresarios penetran con propiedades y comercio, campesinos en busca de tierra y libertad. La mayoría de ellos son campesinos indígenas de las tierras altas, y el contexto socio-económico de la sierra y el altiplano determina en cierta medida las formas de la nueva economía que toman forma en las laderas orientales semi-tropicales y tropicales. Estas varían considerablemente, como podemos ver por las variadas monografías disponibles.

(El artículo completo puede ser leído aquí.)

Por último, en 1974 Hobsbawm publicó: “Peasant Land Occupations” (Past and Present, Nº 62, 1974, pp. 120-152; el texto puede ser leído aquí). A diferencia de los dos artículos precedentes, en éste no aparece el caso peruano en el título; ello se debe a que es un artículo con pretensiones generalizadoras, y, sin embargo, analiza “la forma de la militancia colectiva campesina, principalmente a la luz de la evidencia del Perú”. Hobsbawm había vuelto al Perú durante el régimen de Velasco, que había legalizado las tomas de tierras, y pudo recoger la información que necesitaba en el Centro de Documentación Agraria y con las propias autoridades de la reforma agraria. Arguedas lo había llevado en 1962 a conocer la situación cultural de los campesinos que habían migrado a Lima y que tenían una presencia importante dentro de ciertos círculos y medios de comunicación, como las radios que transmitían música y programas en quechua (Hobsbawm recuerda ese encuentro en sus memorias: Interesting Times: A Twentieth-Century Life, New York: The New Press, 2005, p. 370); no obstante, mientras que Arguedas estaba interesado en las dinámicas culturales y las cosmovisiones que ellas implicaban, Hobsbawm se interesaba por las dinámicas políticas y sus pretensiones explicativas eran sin duda mucho más científicas.

En 1992, Hobsbawm dictó un seminario sobre “El corto siglo XX” en la New School for Social Research de Nueva York. En sus clases hacía continuas referencias sobre la política peruana, de lo cual se percató el sociólogo Aldo Panfichi, que asistía al seminario y lo abordó para hacerle una entrevista. Luego de preguntarle por los cambios y continuidades en la política internacional de esos años que, como se decía, marcaban un adelantado final de siglo, Panfichi le preguntó por el Perú. A propósito de sus reflexiones sobre el fundamentalismo político y religioso, Panfichi le dice: “Escuchándolo me viene a la mente Sendero Luminoso…”; a lo cual Hobsbawm responde:

Qué curioso, estaba pensando lo mismo. Creo que esto es también una reacción similar al fundamentalismo religioso. Tengo la impresión de que los militantes senderistas deben ser gente desorientada por los dramáticos cambios sociales. Pienso que provienen de familias campesinas que repentinamente van a la universidad y se convierten en intelectuales. Cambian completamente sus expectativas de vida pero no pueden llevarlas a cabo. Sin embargo debo decir que Sendero es un fenómeno que me parece excepcional en el mundo actual. Hay pocos casos de fundamentalismo político en estos días.

Tras lo cual añade una observación que no difiere de aquellas expresadas por la CVR:

Para alguien que observa el Perú desde afuera, no es una sorpresa que, dadas las condiciones económicas y sociales de su país, exista gente que piense que cualquier solución es mejor que ninguna solución.

Y sobre la reforma agraria afirma lo siguiente:

(…) siento sobre todo un profundo disgusto por las oportunidades perdidas durante los años de Velasco. Quizá no fue un movimiento revolucionario, pero sí tenía genuinos deseos de justicia. Recuerdo esos años, cuando discutía con gente de la izquierda peruana que se oponía a Velasco diciendo que no era más que un reformismo burgués. Yo les decía: “si ustedes pueden hacerlo mejor, excelente”. Lamentablemente no fue así.

Observando hacia atrás, creo que esta experiencia fue lo más positivo de la historia peruana contemporánea, y lamento que haya fracasado. El porqué de este fracaso es algo que los peruanos deben discutir, especialmente porque no se ha encontrado otras soluciones adecuadas a la devastadora pobreza de las mayorías del país.

No he estado en contacto con Perú en los últimos años, aunque siempre leo con avidez todo lo que pasa por mis manos. Sin embargo, como un viejo izquierdista me veo obligado a decir algo más. Si en Perú yo tuviera que escoger entre los revolucionarios y los no revolucionarios, yo tomaría el lado de los no revolucionarios. Es terrible descubrir que hay movimientos revolucionarios que uno preferiría que nunca tengan éxito.

(La entrevista completa puede leerse aquí.)

Una de las causas de ese fracaso fue precisamente Sendero Luminoso. Como lo observa Blanco en una entrevista reciente:

Sendero también mató a muchos, ha matado a dirigentes obreros, ha matado a dirigentes de tomas de tierra… También sirvió como excusa al Gobierno para asesinar a líderes campesinos, para meterlos presos, para torturarlos… Todo eso llevó a un retraso tremendo. Antes de Sendero, la Confederación Campesina del Perú tenía bases en casi todo el país. Después de la guerra interna, en tres o cuatro departamentos, nada más. Ésa es una de las razones de ese retraso frente a Bolivia y Ecuador, donde el movimiento indígena ha impulsado todo tipo de transformaciones.

También estudiaron con Hobsbawm las historiadoras Margarita Giesecke (1948-2004), que redactó con su asesoría la tesis La insurrección de Trujillo. Jueves 7 de julio de 1932 (Lima: Fondo Editorial del Congreso de la República, 2010), y Scarlett O’Phelan, con la tesis Un siglo de rebeliones anticoloniales: Perú y Bolivia, 1700-1783 (Cusco: Centro Bartolomé de las Casas, 1988).

La prensa peruana parece ignorar todos estos datos de nuestra historia académica reciente. Su ignorancia no es inocente.

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Donar ropa para el friaje y sentirse bien

Llega el invierno y se repite la historia de cada año: hay que juntar frazadas, chompas y fideos para que los niños no mueran en el sur andino por causa del friaje. Me llega una invitación virtual para colaborar con la colecta que organiza un grupo que se define políticamente como un grupo de izquierda. Que quienes dicen ser de izquierda estén movidos fácilmente a la acción, eso es seguro. Que estén igualmente movidos al pensamiento, esto es, a la teoría crítica, me parece menos seguro. Yo al menos me pregunto si los niños mueren realmente a causa del friaje, que es lo que la prensa nos dice. Si es así, ¿por qué esto no era tan grave antes? ¿Por qué cada año mueren más niños si se envían toneladas de donaciones? Bastan unas pocas preguntas, como estas, para darse cuenta que tanto el diagnóstico como la solución caen en una circularidad superflua, sin explicaciones de fondo y, por ende, con una fe bastante ingenua en el asistencialismo (sobre todo para quienes dicen ser “de izquierda”). Al hacer esas donaciones, entonces, ¿no estaremos haciendo algo profundamente mal y sintiéndonos a la vez demasiado bien?

No es que cada vez haga más frío; al contrario, el calentamiento global hace que en cada helada la temperatura altiplánica baje menos. ¿Por qué entonces no tienen una mayor sensación de calor y la tasa de mortandad infantil crece? La alternativa es clara: se están abrigando menos. ¿Les hace falta más frazadas y chompas, acaso? Ante las toneladas que se envían, no parece ser ese el problema. ¿Entonces…? Entonces la explicación se va perfilando mejor: el abrigo que les enviamos es ineficaz y ellos ya no cuentan con el abrigo propio con el que antes contaban. Por ahí va el asunto, y una cosa está vinculada a la otra. Al no proteger la producción de lana de las comunidades andinas, el ingreso de productos sintéticos importados ha sido devastador, con el resultado de que los niños ahora se abrigan mal con esa lana sintética. Y para colmo, nosotros enviamos chompas y frazadas con ese mismo material.

Otro asunto es el de la vivienda. En lugar de mejorar las casas construidas con adobe y paja, que son materiales que conservan el calor del día para la noche, los programas de vivienda tuvieron la brillante y moderna idea de que una casa no es buena si no es “de material noble”; es decir, del cemento y calamina que hielan en las noches. Si además les decimos a los pobladores que esas viviendas son mejores, que esa ropa es mejor, les estamos haciendo un daño peor aun. Y a eso hay que añadirle el tema de la alimentación. No sólo sucede que los programas estatales de nutrición infantil son demasiado esporádicos y por eso mismo ineficaces, sino que nosotros también enviamos comida inútil. Los fideos y tallarines, por ejemplo, llenan la panza pero no nutren. Eso nos dice cómo la mayoría de personas dona o bien lo que les sobra o bien lo que creen que puede servir sin saber en absoluto cuál es la condición de los destinatarios. Pero lo peor no está en lo que se dona o no, sino en que, dejando que el libre mercado haga lo suyo, hemos desprotegido la producción de quinua, tarwi y cereales que esos niños consumían. ¡No hemos sabido proteger la vida y creemos que las causas de estas muertes son naturales! Pero le colocamos a las campañas de donaciones frases bonitas y tranquilizadoras como “abriguemos corazones” y asunto arreglado: nos olvidamos de lo que causamos sintiéndonos bien.

La verdad es que llegamos a una conclusión desoladora: no es que las muertes por el friaje sean accidentales y nuestra responsabilidad se limite a reducir el daño “natural”, sino que nosotros, con nuestra modernidad ajustada a un capitalismo embrutecido, somos los causantes de muchas de esas muertes. En medio de eso hay quienes creen que lo único que nos cabe hacer es donar abrigo que no abriga y comida que no nutre. Algunos de ellos dicen incluso ser de izquierda, pero una cosa es llamarse de izquierda y otra distinta serlo. Llamarse de izquierda sin criticar las condiciones materiales reales, sino contentándose con explicaciones facilistas y con mero asistencialismo, eso es ser caviar, y punto. Ahora, ¿qué hacemos para revalorizar la producción de lana del sur andino, mejorar sus niveles de nutrición y el calor de sus viviendas? ¿Qué hacemos para impedir que esta estúpida idea de modernización siga generando un infanticidio culposo encubierto?

La PUCP: una cuestión de Estado Constitucional de Derecho

El litigio entre la Pontificia Universidad Católica del Perú y el cardenal Cipriani ha dejado de ser un asunto netamente jurídico sobre la herencia de Riva-Agüero (cuyo curso hasta el 2009 se puede ver aquí) para adquirir también un carácter de Estado de Derecho. Si bien no se trata de un pronunciamiento oficial del Vaticano como Estado, sí ha habido una comunicación de su Congregación para la Educación Católica con pretensiones de mandato, como lo ha reconocido el propio cardenal, pero que, al colisionar con la legislación y el interés educativo nacional, no puede ser tomada más que como una sugerencia absolutamente inaceptable. Mirko Lauer la ha descrito bien como “una suerte de decreto supremo transnacional en un tema educativo, con el deleznable argumento del uso de las palabras católica y pontificia en el nombre de la PUCP.”

La comunicación no se ha debido enteramente a las presiones de Cipriani. Fueron las mismas autoridades de la PUCP, con una ingenuidad digna de mejor causa, las que, confiando en sus buenas relaciones con el Vaticano y con otras universidades católicas, enviaron sus estatutos para que estos fuesen aprobados. Hay que reconocer que son muy pocas las universidades pontificias -entre ellas la PUCP- que tienen un régimen especial (democrático) en la elección de sus autoridades, por lo que desde esa perspectiva la PUCP debería ajustarse a lo regular entre las universidades pontificias: la autocracia, pero eso se torna inviable desde la normativa legal peruana (y los principios constitucionales que la rigen), por la cual ésta incluso perdería su habilitación como universidad si no fuese su Asamblea Universitaria la que eligiese al rector.

Pero la muestra de que Cipriani ha estado propiciando una exigencia favorable a su causa está en el testimonio que la misma Congregación ha dado y que no ha podido recibir sino de él, que opina que la actual educación en la PUCP no es católica. En su comunicación, ésta indica que los profesores “deben respetar la doctrina y la moral católica en su enseñanza”, como si no lo hicieran y como si respetar fuese lo mismo que suscribir. Ese mandato, aplicado negativamente, es abiertamente contrario al orden constitucional, según el cual sólo los mismos principios constitucionales restringen la libertad de cátedra que, por lo demás, debe permanecer irrestricta. Se trata de un derecho tanto de los docentes como de los alumnos en todas y cada una de las universidades peruanas. Un docente que enseñe, por ejemplo, que el marxismo ofrece las mejores herramientas para analizar los procesos sociales, con toda la libertad para que sus alumnos discrepen, ¿debería estar obligado a mentir(se) y afirmar que esa creencia es errónea porque desconoce la doctrina y la moral católica, bajo riesgo de ser despedido? ¿O lo mismo si es ateo y no quiere ser hipócrita y jurar la fe católica? Según la Congregación y el cardenal, así debe ser. Pero desde luego que están equivocados, porque lo que manda es la libertad de cátedra asegurada por la Constitución. ¿De qué otro modo, además, podría garantizarse una libre discusión de ideas basada únicamente en la inteligencia y la persuasión? ¿Qué culpa tiene la institución universitaria de que el catolicismo ultramontano no persuada ni tenga autoridad moral por su alejamiento de los principios que enseñó su fundador y por los que fue crucificado? “Dios ha muerto” -decían los teólogos de la muerte de Dios a mediados del siglo pasado- y vuelve a morir cada vez que un hombre recibe un trato injusto, cada vez que se le mata (no sólo en sentido literal)… en suma, cada vez que se atenta contra su dignidad como ser libre. Al negar la libertad y al encubrir delitos abominables de sus miembros, la Iglesia católica mata a Dios una y otra vez.

Caricatura de Heduardo publicada en Perú 21 (22.08.2011)

La disyuntiva hoy planteada en nuestro contexto universitario, que no en vano tiene el nombre de universitas y se remonta al (no) tan lejano siglo XIII, cuando las universidades europeas empezaron a defender su autonomía de las facultades de teología y de los mandatos papales y episcopales, está entre ser hombres maduros guiados por el uso de la propia razón en busca honesta de la verdad, o ser un manso grupo de niños y roedores que sólo deben aprender a seguir al iluminado flautista pontificio.*  El título de Pontificia es vinculante sólo en la “Santa” Sede y en los países que se lo permitan. El nuestro, gracias a Velasco, prohibió la injerencia extranjera en su educación universitaria y el gobierno de Belaúnde lo ratificó, de modo que en nuestro caso es sólo un título honorífico, aunque obviamente el tema es discutible para quienes quisieran que el derecho canónico aún regulara nuestra vida civil.

La demanda del Vaticano se opone pues a la Ley Universitaria vigente, la misma que en su artículo 29 dispone que sólo la Asamblea, en representación de la comunidad universitaria, tiene la atribución para elegir a sus autoridades, empezando por el rector (lo que excluiría la fórmula de una terna propuesta para que el arzobispo elija). El artículo 4 es igualmente bastante claro:

La autonomía inherente a las Universidades se ejerce de conformidad con la Constitución y las leyes de la República e implica los derechos siguientes:

a. Aprobar su propio Estatuto y gobernarse de acuerdo con él;

b. Organizar su sistema académico, económico y administrativo.

c. Administrar sus bienes y rentas, elaborar su presupuesto y aplicar sus fondos con la responsabilidad que impone la ley.

Se entiende que se habla de la República del Perú (porque además el Vaticano es una monarquía absolutista) y que las responsabilidades que impone la ley son las de una asociación sin fines de lucro. Y en el mismo artículo se agrega que:

La violación de la autonomía de la Universidad es sancionable conforme a Ley.

Todo ello, en “buen cristiano”, significa que la Ley faculta a la Asamblea Universitaria a decidir autónoma, soberana y definitivamente sobre la eventual participación que podría conceder a la Iglesia católica, siempre que no contravenga con lo dispuesto en ella. La Iglesia no está exenta de lo que mandan y sancionan las leyes nacionales. No nos independizamos y nos declaramos republicanos para que otra monarquía venga a imponer sus normas sobre las nuestras, y menos aún si estas propician todo lo contrario a los principios que queremos que tengan nuestras universidades (artículo 3):

a. La búsqueda de la verdad, la afirmación de los valores y el servicio a la comunidad;

b. El pluralismo y la libertad de pensamiento, de crítica, de expresión y de cátedra con lealtad a los principios constitucionales y a los fines de la correspondiente Universidad; y,

c. El rechazo de toda forma de violencia, intolerancia, discriminación y dependencia.

Y el artículo 42 dispone la obligatoriedad de que profesores, estudiantes y graduados participen en el gobierno de la universidad. La entidad fundadora puede hacerlo también sin afectar lo anterior, pero en este caso el título de Pontificia, por el cual la Iglesia alega tener un derecho, no lo tiene la PUCP desde su fundación (como si fue el caso de la Universidad de San Marcos, que renunció luego a él), sino que le fue otorgado por su 25 aniversario. La PUCP fue fundada como una asociación civil sin fines de lucro, esto es, como institución del derecho peruano y sin participación de la Iglesia sino como asociación libre de religiosos y laicos.

Cuando Cipriani pregunta retóricamente: “el que está casado ¿no está limitado por su mujer?, el que maneja un carro ¿no está limitado por un semáforo al manejar? Toda persona acepta unas normas en donde trabaja, entonces ¿por qué le va a parecer una limitación que la sagrada congregación de Roma, y no yo, les pida que se pongan en línea de lo que la Iglesia les pide?”, olvida deliberadamente que quien manda en la educación peruana no es Roma, sino el Estado peruano mediante sus normas internas, empezando por la Constitución y la Ley Universitaria. Cualquier “mandato” del Vaticano no tiene en nuestro ordenamiento más valor que el reglamento de un club, y así como estos no pueden válidamente disponer reglas contrarias a los principios constitucionales ni a las leyes del país, del mismo modo la Iglesia católica tiene que ajustarse al mandato de la Ley. Por eso ninguna Iglesia puede ampararse en su libertad religiosa o en su derecho particular (derecho canónico) para justificar prácticas discriminatorias o hasta delitos como el encubrimiento de los crímenes de pedofilia. Y, por eso mismo, a los estudiantes de una universidad católica no se les puede obligar a profesar esa fe, ni siquiera para ser admitidos (y aunque estos no tengan tampoco derecho a exigir la práctica de un culto distinto dentro de esa institución como sí se hace con el culto católico). El derecho canónico, que antes podía ser el único regulador de aspectos de la vida civil como el matrimonio (no existía el matrimonio civil), no tiene ya ninguna capacidad vinculante. Incluso si un religioso comete un delito, éste debe ser procesado penalmente como cualquier ciudadano y la Iglesia puede ser civilmente responsabilizada por sus actos.

Por todo esto, hoy más que antes resultan inadmisibles, desde un punto de vista jurídico pero también ético, exigencias como la que hizo el cardenal Landázuri, Gran Canciller de la PUCP en su momento, para que se expulsara a un connotado catedrático de Derecho por el execrable acto de haberse divorciado y, peor aún, vuelto a casar. Para ser honestos, seguramente Riva-Agüero hubiese avalado esa exigencia, ya que él renunció al Ministerio de Justicia para no firmar la aprobación del divorcio civil, pero, en estos puntos, su voluntad o la de cualquier otro es irrelevante dada la primacía absoluta de la Constitución y del Estado de Derecho por sobre las morales particulares. Las garantías constitucionales deben su primacía a que siguen principios trascendentales de la razón (de razonabilidad) y no dogmas de fe.

Caricatura de Heduardo publicada en Perú 21 (21.08.2011)

El abogado de Cipriani, Natale Amprimo, ha señalado que en la Ley Universitaria se indica también que esas disposiciones no colisionan “con las reglas que rigen las universidades católicas”. Sin embargo, esa es una mentira más: en ningún lugar de dicha Ley se sostiene aquello y aún si lo dijese él bien sabe que, más allá de su retórica engañosa, eso no colocaría a dichas reglas en igualdad de primacía frente a la Ley y a la Constitución. La Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae no tiene ninguna validez legal en la educación universitaria peruana, sino solamente moral (además de no disponer dicho documento requisito alguno en la elección del rector). Y al contrario, la Ley es bastante clara en que toda universidad debe ajustar sus estatutos a lo dispuesto en ella, y sólo hay una indicación en el artículo 98 respecto a la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima y a los seminarios y centros de formación de las comunidades religiosas (entiéndase: órdenes y congregaciones), a los que se respeta sus estatutos eclesiásticos en función de que puedan formar teólogos y profesores de religión, pero sin tener la categoría de universidades, sino tan sólo sus exoneraciones (y ciertamente esto va contra el principio de igualdad de culto y debiera suprimirse). Puede que Amprimo tenga la ceguera dogmática de su cliente, pero eso no le da derecho a inventar cosas buscando engañar a la opinión pública. Lamentablemente El Comercio tiene periodistas a los que les interesa sólo reproducir opiniones y no la búsqueda de la verdad, llegando al punto de afirmar que el nombre de “católica” podría perderse, como si se tratara efectivamente de una franquicia supranacional que ha monopolizado la creencia como un mero adjetivo, decidiendo quién tiene derecho a usarlo y quién no. ¡Y lo pretende la Iglesia actual, que tiene menos autoridad moral que la de los Borgia!

Las declaraciones de Cipriani muestran bastante bien su catadura moral. Por un lado dice que el actual ministro de Justicia va a inmiscuirse en el litigio (al parecer él no tuvo la formación cívica mínima que le advertiría que Consejo de Ministros y Poder Judicial son dos instituciones separadas) bajo el argumento de que proviene de “las canteras” de la PUCP; pero, ¿acaso su propio abogado en el proceso no proviene de las mismas canteras? No es que el cardenal sea un imbécil, no, sabe muy bien lo que hace, conoce la retórica que usa, plagada de medias verdades y de mentiras, pues quiere “curarse en salud” y evitar que el asunto sea tomado como una cuestión de Estado; sin embargo, como las medias verdades, y sobre todo en un hombre colérico, hacen que el pez por la boca muera, muestra también sus intenciones y su visión economicista de la fe. Por ejemplo, cuando afirmó que “los militares le expropiaron la Universidad Católica a la Iglesia” o que “nadie puede decir ‘este es un automóvil Toyota’ si la fábrica Toyota no le pone la marca“. No es el Estado de Derecho ni el bien universitario lo que le interesa, como quiere hacer creer en otras declaraciones, sino la propiedad, el interés económico de la fábrica cuya denominación social pasará en adelante a ser “Iglesia católica S.A.C.”, teniéndolo a él como administrador y haciendo de la fe ni más ni menos que una marca. De estar vivo Jesús, ¿no le habría hecho lo mismo que a los mercaderes del Templo? Y si los católicos están llamados a imitar a Cristo, ¿por qué entonces no hacen lo propio? Para eso sí sigue sirviendo el derecho canónico, estén enterados: los petitorios para que se destituya a una autoridad eclesiástica son factibles.

Nótese además, porque nada es casual en la mentalidad dogmática, lo interesante que es el uso del símil de la fábrica por su sello de origen, toda vez que el dogmatismo apela siempre al Origen para fundamentar metafísicamente sus apetitos materiales. En ese sentido, hasta los Borgia eran más honestos.

Desde el rectorado de Lerner se ofreció a Cipriani que la Asamblea tuviese la obligación de escuchar al arzobispo antes de elegir a su rector, pero él no aceptó porque obviamente le interesa una injerencia directa (poder fáctico) y no una mera autoridad moral. Qué autoridad moral va a tener también él… Se le ofreció incluso algo que aun en su ambigüedad es inaceptable: que la PUCP sólo contrataría profesores que observaran la doctrina católica y tuviesen una moral intachable (lo que, claro, puede entenderse como no admitir pedófilos, pero también como no admitir profesores divorciados o alumnos homosexuales – algo también sugerido por la comunicación del Vaticano). Pero Cipriani no aceptó; su mentalidad maquiavélica sabe muy bien que sin poder fáctico él no es nada. Y claro, los católicos fanáticos siempre apelarán a la lógica del ethos (así como algunos clubes y discotecas) y denunciarán la imposición de un “pensamiento único” (que curiosamente es el que defiende la pluralidad dentro de ciertos márgenes de razonabilidad; ahí su ejemplo del semáforo y la esposa no aplica, Dios sabe por qué, y yo también: porque no les conviene) y acusarán supuestas violaciones a su libertinaje religioso, pero felizmente nos encontramos en un Estado Constitucional de Derecho que no debe permitir sus atropellos. Por varios siglos se les permitió; ahora ya no.

Al negar que se trate de una cuestión fundamentalmente económica, dice Cipriani sobre el rector de la PUCP que “el ladrón cree que todos son de su condición”, pero poco después afirma: “¿Quieren dejar de ser católica y pontificia? Que lo dejen con sus consecuencias”. Claro, las consecuencias según lo estipulado por el testamento de Riva-Agüero serían que los bienes de su legado pasen al arzobispado que él -todo un sofista- preside. Bastante desinteresado el divino cardenal. Ahora bien, como esa cláusula testamentaria debe someterse igualmente al imperio de la Ley, que establece que los bienes de una universidad sólo pueden ser destinados al mismo fin, seguramente Cipriani estaría pensando en otorgarlos a algún centro conservador, como la Universidad de Piura o la Católica Sedes Sapientiae. El título pontificio o el prestigio y la continuidad de la universidad que él mismo, antes de enterarse del testamento de Riva-Agüero, reconoció como “una de las mejores, si no la mejor universidad del país” no le importan en absoluto, así como no le importó dejar a los alumnos del Colegio Externado Santo Toribio sin educación y hasta sin constancias. Que no venga pues a presentarse como santo varón.

Si tanto le disgusta al cardenal que la PUCP presente un catolicismo plural, crítico, interiorizante antes que institucionalista (recuérdese lo que Jesús decía al respecto), con una clara vocación liberal y de servicio (seguramente por ello ha prohibido que los teólogos de la PUCP celebren misa en la capilla de la Universidad), debería enterarse que en prestigiosas universidades extranjeras, como la de Harvard, la Teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez (que él considera desviada) es lectura obligatoria hasta el punto en que los exámenes de idiomas de teología piden traducirlo.** Él, en cambio, ¿a quién le ha ganado? A lo mucho, su vida proporciona ejemplos precisos para aquellos libros de Nietzsche donde se denuncia la inmoralidad de los moralistas y la podredumbre del cristianismo.

Caricatura de Carlín publicada en La República (21.08.2011)

* Recuérdense las declaraciones de aquel religioso del Opus Dei que explica cómo hay ciertas lecturas que no deben ser leídas sino más bien referidas por un mediador que tiene la madurez (el dogmatismo) suficiente para señalarle cómo debe entenderlas. Esa visión de la pedagogía es absurda e idiotizante. Más aún en un nivel universitario.

** Le agradezco esta información a Raúl Zegarra.

También puede interesarle: La seriedad de Cipriani. Vade retro, cardenal

Una cuestión de inconciencia: “Marxismo nunca más”

El señor Luis Alberto Chávez H., secretario de un movimiento (ignoro de cuánta gente) denominado “Tradición y Acción por un Perú Mayor” (sic), me envía por correo una penosa cadena que remite a su página web: “Marxismo nunca más”. Como he perdido mi tiempo leyendo algunas de las sandeces allí publicadas, me tomo la molestia de escribir aquí algo sobre ello.

En su banner hablan de frenar “el socialo-comunismo” (sic). Además de requerir unas lecciones de gramática urgente, meten al socialismo y al comunismo en un mismo saco. Por qué no “matar” a los dos pájaros de un solo tiro, ¿verdad? Bueno, pues, el problema es que ese ahorro (no hacer distinciones que incluso críticamente deben ser hechas) es un ahorro de pensamiento; es decir, abrir las puertas de par en par para que entre la estupidez y gobierne. Eso es práctica habitual en esta página: le abren todas las puertas y ventanas que encuentran.

Son tan nimios que colocan a la propiedad como un bien consagrado por la “tradición cristiana”. Si tuviesen un poquito más de conocimiento de su propia tradición, se enterarían que fue largamente discutido en ella si el que sigue a Cristo debía tener propiedades y que la prioridad del derecho a la propiedad fue establecida en sociedades protestantes frente a las pretensiones tanto del Estado como de las iglesias. Rezagos de esas discusiones son también el voto de pobreza de las órdenes y congregaciones católicas, la existencia misma de las órdenes mendicantes, así como las críticas actuales a la riqueza y ostentación del romano pontífice.

Y hablan del Perú como “nación cristiana”. Lamento informarle al señor Chávez que eso no está ajustado a la realidad. No sólo porque el Estado peruano, a pesar del ominoso e inconstitucional concordato con el Estado del Vaticano, es un Estado laico, sino porque la pluralidad confesional cada vez aumenta más, incluyendo a un buen número de agnósticos, mientras que a los jóvenes cristianos —sanamente, por cierto— no les interesa ya preservar una “identidad cristiana” meramente ritualista, vaciada de significación y ajena precisamente a sus conciencias.

En el saco de lo malo-en-sí-mismo meten también al marxismo. No se toman la molestia de explicar en qué consiste y por qué razones es negativo; sólo apelan a cucos ya bastante maltrechos y a un emotivismo moral bastante ramplón: ¿quién se preocupa de la “indigencia moral y espiritual”? El “marxismo” desde luego que no. ¡Quieren que el Estado regule sobre cuestiones de moralidad y de espiritualidad! ¿Qué especie de teocracia antiliberal se les ha ocurrido a estos tipos que debe ser el reino de su dios? ¿No se parecen en ello todas las tiranías, independientemente de su sesgo ideológico? ¿No fue la tradición cristiana acaso la que generó un proceso secularizador que distinguía entre morales particulares y ética universal, lo cual dio pie al ecumenismo? Pero seguro que para esta gente el ecumenismo es otro truco del maléfico marxismo que quiere debilitar su concepción de iglesia.

Y resulta ahora que el candidato Humala defiende en su programa el “hedonismo sin restricciones”. ¡Caramba! Recién me entero… ¡otro motivo para votar por él! Las graves acusaciones contra Humala siguen: Quiere “demoler el orden social”. ¡Qué atrevido! ¡Seguro quiere que las “natachas” tengan sueldos más altos o, como en Europa o Estados Unidos, que no usen uniformes cuando paseen a los niños! ¡Auxilio, los inmorales nos igualan! ¡Están queriendo tomar el poder para implantar su “estatismo socialista” y su “revolución anarcosexual”! Seguro qur todos sus ministros serían homosexuales y travestis o ¡peor aún: divorciados! ¿Y ahora, quién podrá defendernos? La banda de los Fujimori, ¡por supuesto! De otro modo avanzaríamos “hacia la anarquía, meta final del comunismo”… … …

¿Qué? ¡Ya pues…! ¿Estatismo y anarquismo son lo mismo? Creo que eso ni merece comentario alguno. Tampoco hay que gastar pólvora en gallinazo y por eso aquí lo dejo. Sólo un par de apuntes más: citan al antipapa Ratzinger cuando presuntamente dijo que el marxismo es la “vergüenza de nuestro tiempo”. Me parece que la verdadera vergüenza de nuestro tiempo es la Iglesia católica, que, además de su pesada obsolescencia, ha callado y encubierto sistemáticamente crímenes atroces. Denunciaron al “comunismo” de Stalin pero frente al fascismo y al nazismo no dijeron ni Pío. Y lo mismo Wojtyla y Ratzinger frente a la pederastia de sus propios curas. Al mismo Ratzinger se le aplican sus palabras: “pretendiendo aportar la libertad, se mantiene a naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre”. Y eso ha hecho la cristiandad desde Constantino. Por eso decía Nietzsche que el único cristiano fue el que murió en la cruz.

Por último, ni siquiera tienen sutileza retórica. Si sonasen mínimamente serios, bueno… pero sus discursos hacen demasiado evidente el poco seso del o de los autores; caen continuamente en el absurdo y en una rimbombancia que clama a gritos por tratamiento psiquiátrico, y apelan a un moralismo de viejo cuño en contra de la libertad personal, especialmente en lo sexual, que le quita el poco poder de convencimiento que podía quedarles.

En cierto modo, me ha sorprendido encontrar en el Perú, que supuestamente avanza, tales niveles de estupidez (no encuentro descripción más generosa). No me sorprendo tanto cuando descubro que están “avalados” por el diario Correo, donde cunde la inmundicia. Como demuestra esa página, la estupidez que le es posible al hombre no tiene condicionamientos sociales ni económicos que la limiten.

La democracia como fachada abstracta del interés económico

“Democracia” no es un término de definición fácil. Es un régimen político, desde luego, pero, una vez que se afirma eso, todo empieza a ser más confuso. “Bien inabdicable” o “sistema menos malo” son quizá las acepciones más comunes que se tiene de ella. De cualquier modo, nos diría Wittgenstein, de lo que se trata no es de encontrar una definición correcta, sino de reconocer los distintos “juegos del lenguaje”; es decir, los usos que le damos a dicho nombre. Aquí, a propósito de una tira cómica de Juan Acevedo de la década de 1980, quiero destacar un uso en particular que se mantiene fuerte en la sociedad peruana de nuestros días: la democracia como argumento presuntamente irrefutable bajo el cual se defiende un interés privado o de clase, y la consecuente criminalización de la protesta. La tira cómica es de su famoso Cuy:

Tira cómica tomada de El Diario del Cuy (http://elcuy.wordpress.com/2011/04/23/el-cuy-por-juan-77/). Publicada originalmente en "El Diario de Marka" (1980).

Aun a riesgo de repetir innecesariamente lo expresado por los dibujos, creo que se puede agregar algo sobre el uso de la palabra “democracia” al que alude el Cuy en el último recuadro. ¿Qué uso es este? Uno que está inscrito en la creación de apariencias agradables y el ocultamiento de la “fea realidad”, en lo cual ha sabido desempeñarse con soltura el capitalismo tardío o avanzado. Hay allí un manejo estético de la política en el que se han vuelto expertos, mientras que sus contrapartes de izquierda demandaban inútilmente el abandono de ese juego de apariencias (algunos lo siguen haciendo). La torpeza estética de los ideólogos de izquierda, salvo una que otra honrosa excepción entre las que se encuentra Mariátegui, así lo confirma. No se dieron cuenta que el hombre necesita dudar de la belleza que juzga sólo aparente (si no, no hubiese existido un Platón), pero que también necesita del olvido, de la distracción, de las bellas máscaras, porque, en el fondo, no hay entre nosotros sino máscaras. Para decirlo a lo Matrix: el ser humano necesita tomar tanto de la pastilla azul como de la roja. Hay quienes todavía consideran que esto es inaceptable, ya sea por razones “democráticas” desde las cuales esto es políticamente incorrecto, o sea por razones de izquierdismo dogmático para el cual esto es ceder a las perversas lógicas (políticamente correctas) del capitalismo. En realidad, darle su lugar al goce estético sin cercenarlo por razones políticas es una cuestión de simple fenomenología de la percepción. Puede que sea insatisfactorio pero así es, no hay otro juego; éste es el que nos ha sido dado en términos de la experiencia que nos es posible. De lo que se trata, entonces, ya sea que se tenga una orientación política de derecha o de izquierda, es de entrar en el juego de desenmascarar al adversario mientras que se produce las propias máscaras. Y no es necesario seguir una lógica instrumentalista como la del maquiavelismo cuando se hace esto.

Así las cosas, el Cuy está desenmascarando en estas viñetas un uso de la palabra “democracia” que está bastante extendido en todas partes; a saber: usarla como un concepto lo suficientemente abstracto como para que suene bien, que suene desinteresado y hasta comprometido, y que no sea posible rechazar sin quedar públicamente mal parado. Detrás de él, lo que oculta: las vísceras de un sistema en el que se defienden con uñas y dientes los propios intereses, sean privados o de la clase socioeconómica o grupo social al que se pertenece. Un sistema en el cual los excluidos no tienen derecho a la protesta porque entonces estarían amenazando el bienestar de los que acumulan todo el capital, de los que maltratan a sus trabajadores, de los que abusan impunemente de su poder. Y como de lo que se trata para ellos es de mostrar sólo lo bueno y lo bello, la noción más abstracta pero absolutista de la democracia les resulta conveniente, sobre todo para anatemizar al que protesta con el sambenito de “antidemócrata”. Lo más abstracto, a veces, es lo más concreto. En la trastienda, la lucha de clases es bastante real, aquella que se asienta sobre la misma igualdad universal que le dio origen a la democracia moderna, pero ellos niegan esa lucha a como dé lugar, incluso si al adversario hay que presentarlo como subversivo en un país donde la subversión terrorista ha dejado fuertes traumas…

El Cuy, diría Alan García, no es un peruano “demócrata”, sino un “ciudadano de segunda clase”, un “perro del hortelano”. Lo bueno del asunto es que el Cuy no está solo. Somos muchos como él.