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Los designios de Vizcarra y los nuestros

 

En última instancia, el presidente Vizcarra tiene razón: nacer y morir son designios de la vida. Lo fue también que Eivy Agreda tuviese la infeliz suerte de conocer a un acosador sin escrúpulo alguno. Y, asimismo, que Martín Vizcarra haya terminado siendo nuestro Presidente. Bien visto, todo puede ser considerado como un designio de la vida y quizás lo sea, sin que ello suponga necesariamente caer en resignación, indiferencia, pesimismo o aceptación de lo injusto, como temen los voluntaristas.

Dicho eso, hay que aclarar, sin embargo, que Vizcarra no es un filósofo y la política no está para disertar sobre el azar o el destino, sino para solucionar problemas sociales concretos, como la violencia de género y otros crímenes de odio. Si quiero reflexionar sobre los “designios de la vida”, no acudiré a Vizcarra, sino que leeré a Leibniz (Escritos en torno a la libertad, el azar y el destino) o, si mi sino no me permite ser tan optimista, acaso a Schopenhauer, quien precisamente afirmaba que “no conocemos mayor juego de dados que el del nacimiento y de la muerte” (Parerga y Paralipómena). Schopenhauer no estaba diciendo que las muertes en una guerra, por ejemplo, no fuesen evitables; lo que afirmaba era que nuestra libertad y voluntad están en última instancia ceñidas por un halo de indeterminación. De cualquier modo, el Presidente de la República no ha sido elegido para eso; entre otras cosas, porque sólo le saldrá una frase clisé de velorio, como la que le escuchamos, especialmente inadecuada dadas las circunstancias. Del Presidente se espera que tome al toro por las astas, que se haga del problema y plantee soluciones.

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Ahora bien, más allá de la indignación pública, la infortunada frase de Vizcarra me generaba a mí dos preocupaciones. La primera: que ella significase la resignación y salida al paso de un Presidente incapaz de reconocer las facultades de su cargo y de asumir la cuota de responsabilidad que tiene precisamente por éste. La segunda: que sus críticos de redes sociales estén actuando o bien con cinismo o bien con ignorancia. Me explico sobre esto último. Es claro que Vizcarra no se refería con “designios de la vida” a la agresión que causó la muerte de Eivy Agreda, sino al desenlace mismo, a que haya muerto a pesar de los cuidados médicos con los que se intentó salvar su vida y de haber superado ya varias operaciones. Siendo así, hay dos opciones: o bien los críticos de Vizcarra saben que se refiere a eso, pero igual creen oportuno criticarlo como si estuviese justificando o invisibilizando la agresión, o bien no se dan cuenta y realmente creen que lo está haciendo.

Respecto de mi primera preocupación, Vizcarra acaba de proponer medidas concretas para enfrentar la violencia contra la mujer. Ellas, desde luego, están sujetas a análisis y crítica; por ejemplo, sólo para empezar, a mí me hubiese gustado que diese un paso más y anunciara luchar contra toda violencia de género. De todos modos, y aunque se haya tenido que esperar el lamentable desenlace de un caso mediático entre muchos otros que no lo son (lo que muestra su poco arraigo en la voluntad política), esa reacción era la necesaria y hay que exigir que se lleve a cabo y se profundice. Respecto de mi segunda preocupación, me temo que allí hay algo más difícil de remontar. Si el cinismo fuese el caso, tenemos que, entre aquellos que enarbolan la bandera del progreso moral y la conciencia crítica en el país, hay quienes actúan, en el fondo, con mala fe, motivados por emociones (sobre todo la antipatía y el odio) o por intereses particulares (de partido, de ideología, etc.). Si más bien es una cuestión de no saber distinguir los diversos contextos o sentidos en que puede ser dicha una frase, para ver cuál de ellos es el más plausible y, finalmente, ir más allá del mero lenguaje, entonces estaríamos en educación crítica mucho peor de lo que pensamos. Creo que lo último es el caso y es algo propio de nuestro tiempo: somos mayoritariamente emotivistas, voluntaristas y poco (auto)críticos. La literalidad y la superficialidad parecen dominarnos y, con ello, el dogmatismo y nuestros prejuicios. Que alguien sólo entienda lo que quiere entender es claro síntoma de dogmatismo. Eso es algo mucho más difícil de superar y es igualmente peligroso, porque es otra vía hacia la intolerancia y la violencia. Una vía rápida. ¿Será ello también un designio de la vida o estamos dispuestos a cambiarlo?

 

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Caricatura de David Orlando

 

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Cuando la academia se encuentra con la “ideología” de género

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Un profesor universitario, con todo el saber que le ha dado la academia, escribe lo que sigue:
“Este es el famoso artículo publicado por la revista Jezabel en el que unas mujeres reconoce que le pegó a su novio pero que, además, él se lo merecía. La autora no lo presenta como un hecho dramático sino como algo gracioso. Hay mucha evidencia de cómo la violencia de una mujer contra un hombre es trivializada. Esta evidencia no me permite sin embargo inferir que las mujeres son misándricas y son intrínsicamente violentas. Es más bien evidencia de un hecho ya conocido por los psicólogos sociales: a los seres humanos nos gusta la violencia, es placentero ejercerla y la justificamos”.
No traigo a colación esto por los gazapos y horrores ortográficos y de redacción, lo cual es asunto aparte. Tampoco por la indignación que le genera la justificación y actitud celebratoria o frívola ante la violencia contra un hombre por parte de una mujer. Esa indignación la comparto. Lo que me llama la atención y me parece necesario comentar es la conclusión que, aceleradamente, deduce de ello. A saber: que no hay conexión entre violencia y rol de género. Siendo más específicos (porque a eso se dirige, en realidad): que la violencia contra la mujer por parte del hombre no se debe ni a misoginia ni a machismo. Y apela, abstractamente, a algo que habrían demostrado los psicólogos sociales, a los cuales él sí ha leído porque, claro está, él es un académico de polendas, con veinte años en el asunto: él sabe que sabe. Sin embargo, ¿realmente sabe? Veamos:
  1. El profesor dice que no puede “inferir” que las mujeres que creen que está bien violentar a los hombres y lo celebran sean misándricas. ¿Por qué no? No se lo pregunta, siquiera. Quizás quiera decir que no necesariamente tienen que serlo. Eso sería obvio, pero no toda inferencia tiene que ser un silogismo perfecto (a priori y universalmente válido). Hay mujeres que odian a los hombres y celebran a las maltratadoras, así como también hay hombres que odian que las mujeres gocen de la libertad e igualdad de derechos que ya tienen y las maltratan por ello. Tanto la misandria como la misoginia pueden tener que ver con la violencia entre hombres y mujeres. Un ejemplo claro es el de la infame “manada” en España: a todas luces, un grupo de misóginos y racistas. Se puede argumentar que no es la única razón, desde luego, pero considerar su pertinencia y su grado de relevancia es algo que sólo se puede evaluar en cada caso específico. En los términos generales en los que se maneja el profesor, no se puede ir más lejos de la mera probabilidad del vínculo, el cual sí existe.
  2. Yendo a lo más importante, el profesor dice que no puede afirmar que hombres o mujeres sean “intrínsicamente” (sic) violentos. Es curioso, aunque no sorprendente, que nuestros académicos postmodernos, en su pugna contra los esencialismos y los valores intrínsecos, terminen esencializando eso a lo que se oponen mucho más de lo que harían quienes hablan en términos naturalistas. Estos últimos muchas veces usan lo “intrínseco” como una mera hipótesis de trabajo, al modo de los filósofos modernos con su “estado de naturaleza”. Sin entrar a discusiones escolásticas sobre el ser y la esencia, la evidencia histórica muestra que el ser humano no ha podido eliminar la violencia, ni desde que se bajó del árbol, ni antes de ello, ni después de la Ilustración… Nunca. Aunque el mismo profesor diga -que lo dice- soñar con un mundo así, el único mundo sin violencia es el cementerio. Se cae de una forma u otra en ella y es incluso deseable que la haya, por ejemplo en la vida política de las naciones democráticas. El punto es que la violencia pueda ser controlada y que el ser humano desfogue sus temores, frustraciones, pasiones, etc., con formas de violencia que sean socialmente aceptables, como puede suceder con el arte, el deporte o el juego, o de formas menos violentas que otras. La misma evidencia histórica muestra que en los últimos tiempos el ser humano se ha hecho menos violento de lo que era antes; aunque no nos parezca por la cercanía con que juzgamos nuestra época. En todo caso, parece ser que no nos queda sino hacer como si la violencia nos fuese intrínseca, para luego hacernos conscientes de formas específicas en las que, tanto por cuestiones biológicas como por hábitos socioculturales, podemos hacernos más o menos violentos. Así podemos trabajar sobre ello: nunca desde una mirada totalizadora, sino atendiendo a las perspectivas y los matices de cada circunstancia. Y resulta que allí sí importa la diferencia de género. Por ejemplo, para los estudios (justamente de psicología social*) que evalúan la mayor tendencia de las mujeres a la cooperación y la mayor tendencia de los hombres a la competitividad; siendo esta última una mayor fuente de frustraciones y, por ende, de violencia. En ese sentido, es tan ridículo pretender atributos absolutos para todos los hombres, como lo es decir que, porque ello no es posible, no hay que tomar en cuenta las diferencias de género. Esto último es lo que hace quien afirma que él es hombre y no es violador o quien reclama a voz en cuello que “a los hombres también nos pegan”, como si con ello se trajese abajo la teoría y la agenda feministas. No lo hace. Sólo muestra su propia ridiculez. Revestir eso con cierta pompa académica no hace sino agravar el ridículo.
Una cosa es decir que detrás de la violencia del hombre contra la mujer no sólo hay machismo, sino también otras razones biológicas y culturales que en algunos casos son más determinantes (con lo cual se pide a cierto feminismo no ser simplista y juzgar todo como machismo sin mayor análisis de cada caso), y otra cosa muy distinta es afirmar que en la violencia contra la mujer no hay machismo ni misoginia algunos. Incluso en el Derecho, el problema con el delito de feminicidio no es que no existan hombres odiando la libertad y la igualdad que las mujeres ganaron no hace mucho. Basta con salir a una avenida limeña para ver cómo un hombre le mete el carro a una mujer que maneja con prudencia y le grita: “vete a cocinar”. Lo que se discute en el Derecho Penal es el medio de prueba que puede ser tenido por válido y si la tipificación es correcta o eficaz. Esto ya merece un análisis aparte, pero lo menciono porque, en la misma línea de negacionismo, el profesor en cuestión también afirma que no ve la necesidad de hablar de feminicidio. Negar la diferencia de género como un factor a tener en cuenta en la violencia contra la mujer y la necesidad de políticas especiales, no es sino ser miope y creer que se ve bien. Cómo estaremos de habituados al patriarcado católico en el Perú, que a algunos de nuestros académicos “progres” de la PUCP les cuesta tanto no ser ciprianistas, ¡incluso sin Cipriani!
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* Aun en la prensa (extranjera) se encuentra opiniones que, no por breves y un tanto ligeras, están tan mal formuladas. Hoy, 30 de abril de 2018, ha salido en El País de España un polémico artículo de opinión firmado por Víctor Lapuente y que lleva por título: “Por qué los hombres violamos”. El autor, evidentemente, no cae en la susodicha ridiculez de decir: “¡joder, que no todos, yo no!”, porque entiende el sentido de la generalización y en ese texto la explora (o más bien sugiere algunas líneas para hacerlo). No hay que estar de acuerdo en todo lo que él señala (es un tanto ligero su argumento cuantitativo y no aclara que lo biológico nunca es enteramente determinante), pero opiniones así son las que nos hacen falta para empezar a subir un poco el debate, aunque éste sea en las redes sociales.