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Las dádivas de PPK y la historia del alcoholismo indígena en el Virreinato

En el Virreinato del Perú, los corregimientos fueron espacios donde el abuso, el racismo y la explotación laboral iba de la mano con el aprovechamiento comercial; no sólo por los bienes obtenidos, sino, además, con monopolios que imponían a los indígenas con vales de compra que les forzaban a adquirir productos (vestido, por ejemplo) de mala calidad. Pero uno especialmente preocupante, incluso para otros españoles, eran los negociados con bebidas alcohólicas. Los corregidores y sus comerciantes bien pronto se dieron cuenta que el indio tenía propensión al vino y al aguardiente, ya que encontraba ahí —como es natural— una evasión de su realidad cotidiana, en la que ellos mismos les maltrataban. Son numerosos los documentos que testimonian los estragos que causó el consumo de alcohol entre los naturales; por ejemplo, Juan Bautista de la Reigada le escribió al Rey que “como dados a la embriaguez, y siendo de un natural tan ardiente, perecen muchísimos, aun antes de que se les pase la pérdida del juicio, con riesgo de la de sus almas” (1). En el mismo documento, Reigada afirmaba que el expendio del alcohol se realizaba tanto por corregidores como por curas. Lo del “opio del pueblo”, pero en este caso de manera literal.

La carta anterior es de inicios del siglo XVIII, pero el negocio y sus efectos tenían vieja data. En Cédula del 10 de octubre de 1613, por ejemplo, el Marqués de Montes Claros prohibió el acercamiento de alcohol a los indios (2). Hicieron lo propio:

  • En 1639, el Consejo. (3)
  • En 1666, la Audiencia gobernadora. (4)
  • En 1671, el Conde de Lemos a corregidores y doctrineros. (5)
  • En 1685, el Duque de la Palata. (6)
  • En 1710, el Virrey de Nueva España. Cédula extendida al Perú en 1714. (7)
  • En 1751, el virrey Manso de Velasco. (8)
  • Entre otros.

La persistente legislación muestra lo arraigada que estaba la práctica en el sistema de los corregimientos. Es que dicho sistema generó toda una cadena de lucro que involucró a los caciques, que en lugar de comprar medicinas en los hospitales llevaban vino del corregidor a sus enfermos; a los tenientes, que exigían los repartos; a los hacendados y a los curas, que tenían puestos permanentes para el “fomento de embriagueces a los indios”. Además, como era de esperarse, esta práctica de repartos forzosos aumentó las hostilidades y los abusos de los corregidores. En 1727, Francisco Saba describía a los corregidores como “allegándoles con fuerza que tomen los géneros o efectos que son contra la naturaleza de los indios, como son aguardientes” (9). Para mediados del siglo XVIII, la ebriedad ya estaba entre las principales causas del decrecimiento demográfico de los indígenas.

Lo que siguió no es menos conocido. Ya el virrey Amat, en su Memoria de gobierno, había señalado a la embriaguez como un vicio extendido hasta el lugar más remoto del Perú, donde, sobre todo el aguardiente, era vendido públicamente. Pero su preocupación era bien precisa: veía en el alcohol la causa de relajo y de subversión moral y política por parte de los indígenas. Allí empezó una asociación que no sólo identificó a sus crecientes afanes de libertad con un estado irracional (algo que tras el fracaso de las rebeliones indígenas no fue cuestionado por los rebeldes criollos, que se tenían por ilustrados y superiores), sino que incluso fortaleció el desdén hacia el indio durante la República. Los corregimientos ya no existían para entonces, pero su efecto perduraba como tradición y como prejuicio. Las principales fiestas religiosas, por ejemplo, se siguieron celebrando en muchos lugares con ingentes cantidades de alcohol. Esa imagen exótica ayudó, por un lado, a mantener el prejuicioso vínculo sobre el carácter del indio. Ideas como que el serrano es borracho y flojo por naturaleza, o que no piensa en otra cosa que no sea en el alcohol, fueron argumentos usuales para discriminar y legitimar abusos, principalmente en las haciendas. Sólo el indigenismo y el forzado contacto de las urbes costeras con las oleadas de migrantes de la sierra en el siglo XX han logrado debilitar tal asociación; con la reciente imagen del “cholo trabajador”, por ejemplo. Por otro lado, ese exotismo invisibilizó una dependencia al alcohol que va más allá de la efímera alegría de la fiesta y que sigue siendo un buen negocio para muchos, desde el monopolio cervecero hasta los fabricantes de aguardientes de mala calidad y los contrabandistas que importan de Bolivia una de las bebidas más consumidas por su bajo costo: el alcohol metílico (10).

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Este muy general repaso histórico tiene una intención que no tengo interés de ocultar (es explícita en el título mismo, además); a saber: que cuando un candidato presidencial hace proselitismo en la actualidad, llevando a los ciudadanos de determinado lugar dádivas que consisten en “quince cajas de cerveza, también la cañita…”, más allá de si ello va contra la normativa electoral vigente (pues podría alegar celebración y tradicionalismo), hace algo mucho peor: reproduce el comportamiento pernicioso de los corregidores, sólo que ya no en el virreinato sino en la base misma del sistema democrático; es decir, ofrece alcohol para obtener votos. No importa aquí la bizantina discusión acerca de si él pagó o llevó las dádivas o no. El asunto es claro: tras negarlo, se le ve entregando bolsas con hojas de coca y botellas de caña pura, personalmente y como parte del acto proselitista. Aunque hubiese sido sorprendido por su candidato local, como aseguró, Kuczynski no impidió la entrega de las bebidas alcohólicas; más aún, se prestó a participar de ella.

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Hay por lo menos tres consideraciones por las que dicho acto es censurable:

1. Es socialmente irresponsable, pues fomenta el consumo de alcohol en una población que sufre altas tasas de alcoholismo, en la mayoría de casos asociado a violencia doméstica. Hablamos de un 13,5%, según el promedio nacional de la OMS, y un 15,6% según el cálculo para la sierra de un estudio publicado en el Acta Médica Peruana en el 2010. La justificación “antropológica” de que se trata de una costumbre, que ha dado su personero, es realmente vergonzosa y muestra su escasez crítica y su falta de sensibilidad social, de un compromiso auténtico con la salud de las personas e incluso con su economía familiar.

2. Muestra la dimensión de su ignorancia histórica respecto del país que piensa gobernar. No es sólo un asunto de memoria de hechos del pasado, sino, como se ha mostrado, de ser consciente de las implicancias históricas de un acto. Un político que pretenda realmente solucionar los problemas de fondo del país, no puede desconocer y no estar comprometido con dichas implicancias. Cuando ese es el caso, el riesgo es que primen para él otros compromisos meramente suyos o de sus allegados; económicos, por ejemplo. Por ello no resulta sorprendente que, ante la amenaza de dichos intereses, reaccione violentamente, llamando “ignorante” a quien piensa distinto e incluso al periodista que legítimamente le pregunta por esa posibilidad contraria a la suya. En ese gesto de esta campaña ha mostrado que sigue siendo el mismo político que, cuando asume el poder de un cargo, desata todo su rancio colonialismo; como cuando, en el 2006, preocupado por los serranos revoltosos (igual que el virrey Amat), dijo que “esto de cambiar las reglas, cambiar los contratos, nacionalizar, que es un poco una idea de una parte de los Andes, lugares donde la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro, eso es fatal y funesto”.

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3. Es políticamente irresponsable y discriminador. Reduce la política al interés material y al consumo de algo enteramente ajeno al fin de la política (el bien común) y la deliberación de propuestas. Es un acto político de campaña, desde luego, pero uno que supone un manejo deplorable de la libertad de los electores; porque los ata desde la sensibilidad a la vez que afecta su lucidez. Y allí está el mismo prejuicio decimonónico antes descrito. ¿O acaso hace lo mismo en un mitin en Miraflores o en una junta de accionistas en San Isidro? Si un político sostiene de modo cínico que son públicos distintos, entonces hay que tener la valentía de reconocer que sólo se está usando a la democracia y que no se cree realmente en ella. Porque en una democracia todos los ciudadanos deben ser tratados con igual respeto y responsabilidad, no unos como ilustrados y otros como pordioseros. Por eso mismo, más allá de este candidato y de este proceso electoral, debemos desterrar este tipo de dádivas en actividades proselitistas.

Dejo un fragmento de un reportaje sobre el alcoholismo en Ayacucho:

Referencias:

(1) Archivo General de Indias, Lima 432. Carta de D. Juan Bautista de la Reigada al Rey sobre el reparto de aguardientes y vino a los indios. Lima, 10 de marzo de 1703.

(2) Cf. Lohmann, Guillermo, El corregidor de indios en el Perú bajo los Austrias, Madrid, 1957, p. 444.

(3) A. G. I., Lima 148. Cédula del 7 de diciembre de 1639.

(4) “Prevenciones en favor de los indios del Perú contra abusos de corregidores”. A. G. I., Lima 67. Lima, 28 de mayo de 1666.

(5) Cf. Lohmann, G., ibid., p. 352.

(6) Ordenanzas XXV y XXVI.

(7) A. G. I., Indiferente General 432. El Pardo, 10 de agosto de 1714.

(8) Archivo Histórico de la Nación, Códices 687-B. Cedulario Índico, tomo IV. Lima, 18 de mayo de 1751.

(9) A. G. I., Lima 495. Carta de D. Francisco Saba Capac Inga sobre tiranía en el reparto. Lima, 6 de septiembre de 1727.

(10) Según la antropóloga Catherine Allen, el consumo de caña en Cusco fue prácticamente reemplazado por el de alcohol metílico hacia la década de 1990. Cf. Allen, C., “Let’s drink together, my dear: Persistent ceremonies in a changing community”, en: Jennings, J. & B. Bowser (eds.), Drink, Power and Society in the Andes, Gainesville: University Press of Florida, 2008, p. 28. Este ha sido el caso en la sierra sur y central, siendo mucho menor en la sierra norte donde el cañazo sigue siendo preponderante.

“Lima, la horrible” vs. Marca Perú-Alan 2016. El poeta Alejandro Susti aclara a la señora de García

El amor a su hijo Federico Dantón no es lo único que comparten el ex-presidente Alan García con su nueva mujer, la economista Roxanne Cheesman. También los une una visión superficial del país en la que —tras el segundo mandato de García, claro— todo es color de rosa. En esa misma línea, la vieja Ciudad de los Reyes, de la mano de sus reyes García y Castañeda, parece haberse convertido, sin que los “pesimistas” nos demos cuenta o lo aceptemos, en un paraíso terrenal donde —como en el vals, con la diferencia que ahora sería real— las carreteras corren solas y hay grifos más de cien mil. Al menos esto es lo que nos quiere hacer creer la señora Cheesman en su artículo de opinión publicado el 19 de enero pasado en el diario El Comercio.

Seguramente Cheesman, como sucede con García, cree que su percepción de la realidad es incontrovertible porque se basa en datos económicos que, por su propia naturaleza, son absolutamente objetivos; tanto como que los ángulos de todo triángulo suman 180 grados y que las rectas paralelas nunca se cruzan. Bien podía Descartes, en el siglo XVII, pretender una certeza como la que en su tiempo tenían las matemáticas, pero resulta que en la geometría actual (post-euclideana) un triángulo puede tener menos o más de 180 grados en la suma de sus ángulos y es discutible que existan líneas paralelas. Lo mismo ocurre con la actual lógica paraconsistente que, a diferencia de la lógica clásica, sí admite la contradicción. Pero García, tan dogmático en la década de 1980 como en la del 2010, defiende una visión positivista que le va bien a su modo prepotente de hacer política y a su carácter egocéntrico. Por otro lado, en cuestión de estadísticas, García ha demostrado ser tan objetivo que, al terminar el gobierno del ex-presidente Toledo, dijo que la reducción de la pobreza había sido menor al 6% que Toledo anunciaba, pero, al evaluar su propio mandato y exagerando en 8% sus cifras, usó un método que le daba al gobierno de Toledo una reducción del 10%. En realidad, no es necesaria la lógica paraconsistente para saber que así de inconsistente es la política y, particularmente, el APRA (las bases epistemológicas de esto las propuso el novelista Ciro Alegría cuando cuestionó el carácter acomodaticio de la “filosofía” espacio-temporal de Haya de la Torre).

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García no es tonto. A nadie le conviene más que a él que en el imaginario popular se sedimente la idea de que el Perú realmente avanzó durante su mandato. Y así como utilizó a su esposa, Pilar Nores, para representar el papel de matrimonio ejemplar en las elecciones del 2006, así también se sirve ahora de la ingenuidad de Cheesman para, sin ser él mismo, seguir con su campaña de saludable, alentador y desinteresado optimismo que, en el fondo, tiene por objetivo último nada menos que —según lo que él mismo ha afirmado— inscribirlo en la historia peruana como un presidente exitoso y, si lo creyese “necesario”, volver a postular para un tercer mandato. Pero incluso un turista se da cuenta de los problemas y las taras de los limeños que la señora Cheesman quiere ignorar porque siente que evidenciarlas le hace mal al turismo y a sus propias ganas de salir adelante. La superficialidad en que quiere colocarnos Cheesman (con ecos del decimonónico psicologismo naturalista de García, cuando se lamentaba de la depresión andina) consiste en identificar crítica y duda con desánimo, inacción o abandono; como si el “progreso” fuese posible sólo si nos dejamos poseer por un optimismo acrítico, con clichés de autoayuda como “querer es poder” o “mi país es el mejor del universo”. Lo cierto es que ese optimismo sólo sirve para tranquilizar a los espíritus mediocres que no se atreven a confrontarse con sus problemas más hondos. Pero la economista Roxanne Cheesman, que parece haber descubierto la piedra filosofal, cree que la miopía es una mejor opción. Por eso se atreve a cuestionar el brillante ensayo de Salazar Bondy que lleva por hermoso y preciso título “Lima, la horrible” (y no sólo el cliché popular derivado del mismo), creyendo que a partir de lo que ella buenamente entiende del título, sin saber siquiera cuándo fue escrito ni haberlo leído (al menos no con un mínimo de comprensión lectora), puede ya alegremente contestarle y cuestionar su falta de proyección a la Lima moderna y bella que hoy tenemos (¿tenemos?).

El poeta y catedrático Alejandro Susti ha enviado a El Comercio una aclaración en la que, concisa y claramente, muestra que el ensayo —y el título— de Salazar Bondy están más vigentes que nunca precisamente ante expresiones como las que hace la señora Cheesman.

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Cuando reconocía públicamente su relación extramarital y su nuevo hijo, García calificó a Roxanne Cheesman como una “mujer de altas cualidades”. Sería la ceguera del amor, porque el simplismo no es precisamente una “alta cualidad”. En todo caso, volviendo sobre el vals en mención, si quiere García agradecer a su nueva mujer por la sutil campaña, bien puede prometerle en las próximas elecciones construir “escuelas para analfabetos / que hayan terminado segunda instrucción”.

Esta es la carta del poeta Susti:

CARTA DEL POETA ALEJANDRO SUSTI AL DIARIO EL COMERCIO

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Lima, 23 de enero, 2013
Sr. Director de El Comercio
Pte.

Le escribo la presente carta para expresar mi preocupación en relación con el artículo publicado el día sábado 19 de enero en el diario que Usted dirige, “Lima es cada vez más bella” de Roxanne Cheesman. En el mismo, la autora hace referencia al libro del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy (1925-1965), Lima, la horrible, y demuestra una completa ignorancia respecto a las ideas e intenciones del ensayista así como el contexto en que dicho texto fue escrito.

En primer lugar, la autora comete una serie de imprecisiones cronológicas que desacreditan sus argumentos. Sostiene, por ejemplo, que “…Salazar Bondy solo vio la fotografía de Lima de los setenta pero no imaginó su evolución”. Afirmaciones como ésta dan la impresión de que la autora no se ha informado acerca de la fecha en que fue publicado dicho texto (1964) y aquella en la cual su autor falleció (1965).

En segundo lugar, la autora afirma que la frase que da título al libro “Lima, la horrible” … “solo es una frase deprimida para una ciudad en camino a la prosperidad, mestiza y bella”, con lo cual parece sugerir que el texto de Salazar Bondy fue producto a un estado de ánimo “depresivo”, estado que además habría compartido con todos los demás intelectuales de la época (entre ellos Mario Vargas Llosa a quien se debe una de las frases que cita): “Una de las tantas frases que nuestra «inteligentzia» repite en los cafetines, como cuando se pregunta «en qué momento se jodió el Perú» o afirma que «donde se pone el dedo brota el pus». Para la autora, la vigencia de la obra de Salazar Bondy –y, de paso, la de los intelectuales de nuestro país– consiste en dar una visión “pesimista” de la realidad peruana que contrasta significativamente con la imagen pintoresca y triunfal de Lima que ella produce al final de su texto: “Lima tiene el mayor puerto sudamericano, es la única capital con una hermosa bahía e incluso sus grandes vías guardan una lógica milenaria…”.

Ciertamente, la autora ignora por completo en qué consiste el objetivo de los textos ensayísticos que pretenden entender mejor la realidad de nuestra ciudad, ciudad que ella reduce a una imagen turística y “bella”. En el caso de Lima, la horrible conviene aclarar que Salazar Bondy escribió ese texto para entender mejor el mito de la “Arcadia Colonial” y de qué manera la clase dominante de nuestra ciudad se negaba a aceptar, a mediados del siglo XX, los cambios que estaban transformando por completo su rostro. La vigencia y actualidad de Lima, la horrible es, por ello, innegable: se trata de uno de los primeros ensayos en Latinoamérica en abordar las contradicciones inherentes a la modernización de nuestros países; ello, sin embargo, pasa completamente desapercibido para la autora del artículo.

En otros pasajes del artículo, la señora Cheesman sostiene afirmaciones como ésta: “Lima es bella porque es la ciudad nacional de la raza global. A la mezcla de todas las provincias se suma la de las razas: indios, españoles, africanos, chinos, italianos, japoneses, árabes y semitas, un mestizaje con el que hemos ganado la riqueza culinaria”. Esta visión de la ciudad ignora por completo los conflictos (raciales, sociales, económicos, entre otros) que también forman parte de la realidad de nuestra ciudad, conflictos cuya mención se hace absolutamente necesaria si es que se pretende dar una imagen completa y fiel de ella; es más, las palabras que vierte la autora sugieren la idea de que el logro fundamental de esa ilusoria armonía que plantea consiste básicamente en que ahora “comemos mejor que antes”.

No quiero extenderme más no sin antes mencionar que la conclusión con la que se cierra resulta el texto es por demás hilarante: “No, Sr. Salazar, Lima es cada vez más bella y ello por la obra de su pueblo”. A estas alturas habría que preguntarse si la señora Cheesman hace precisamente con su artículo lo que el escritor Sebastián Salazar Bondy ya había demostrado casi cincuenta años antes que ella: que los mitos que ofrecen una visión ilusoria y atemporal de la ciudad están siempre condenados al olvido y que los frutos de la inteligencia son siempre más duraderos que las palabras de los oportunistas.

Profesor Alejandro Susti Gonzales
Pontificia Universidad Católica del Perú
DNI 06342352