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Habermas sobre el acuerdo económico entre Grecia y la Unión Europea

La siguiente es la traducción de la reciente entrevista que Philip Oltermann le hiciera al filósofo alemán Jürgen Habermas para The Guardian. Fue publicada el pasado 16 de julio. En ella tiene especial interés su oposición a un retorno a economías enteramente nacionales entre los países europeos, tal como quieren algunos críticos de izquierda en concordancia con la posición clásica de la derecha británica.

Habermas

Guardian: ¿Cuál es su veredicto sobre el acuerdo alcanzado el lunes?

Habermas: El acuerdo sobre la deuda griega anunciado el lunes por la mañana está dañando tanto en su resultado como en la forma en que fue alcanzado. En primer lugar, es poco aconsejable el resultado de las conversaciones. Incluso si uno fuera a considerar los asfixiantes términos del acuerdo como el curso de acción correcto, no se puede esperar que estas reformas sean promulgadas por un gobierno que, por su propia admisión, no cree en los términos del acuerdo.

En segundo lugar, el resultado no hace sentido en términos económicos debido a la tóxica mezcla de las necesarias reformas estructurales del Estado y de la economía con más imposiciones neoliberales que desalentarán completamente a una población griega agotada y que matarán cualquier impulso al crecimiento.

En tercer lugar, el resultado significa que un indefenso Consejo Europeo está en efecto declarándose a sí mismo políticamente en bancarrota: la relegación de facto de un Estado miembro a la condición de un protectorado contradice abiertamente los principios democráticos de la Unión Europea. Finalmente, el resultado es una vergüenza porque obligar al gobierno griego a aceptar un fondo de privatización económicamente cuestionable y predominantemente simbólico, no puede ser entendido como algo más que un acto de castigo en contra de un gobierno de izquierda. Es difícil ver cómo se podría hacer más daño.

Y aun el gobierno alemán hizo exactamente esto cuando el ministro de Finanzas, Schaeuble, amenazó a Grecia con la salida del euro; revelándose así desvergonzadamente como el disciplinador principal de Europa. El gobierno alemán, por lo tanto, hizo por primera vez una demanda manifiesta por la hegemonía alemana en Europa – esto, en todo caso, es cómo se perciben las cosas en el resto de Europa, y esta percepción define la realidad que cuenta. Me temo que el gobierno alemán, incluyendo su facción socialdemócrata, ha dilapidado en una noche todo el capital político que una mejor Alemania había acumulado en medio siglo – y por “mejor” me refiero a una Alemania caracterizada por una mayor sensibilidad política y una mentalidad post-nacional.

Guardian: Cuando el primer ministro griego Alexis Tsipras convocó a un referéndum el mes pasado, muchos otros políticos europeos lo acusaron de traición. La canciller alemana, Angela Merkel, a su vez, ha sido acusada de chantajear a Grecia. ¿Qué lado usted ve como cargando más culpa por el deterioro de la situación?

Habermas: Estoy inseguro acerca de las verdaderas intenciones de Alexis Tsipras, pero tenemos que reconocer un hecho simple: para permitir a Grecia pararse de nuevo, las deudas que el FMI ha considerado “altamente insostenibles” necesitan ser reestructuradas. A pesar de esto, ambos, Bruselas y Berlín, han negado persistentemente al primer ministro griego la oportunidad de negociar una reestructuración de la deuda de Grecia desde el principio. Con el fin de superar este muro de resistencia entre los acreedores, el primer ministro Tsipras finalmente trató de fortalecer su posición por medio de un referéndum – y consiguió más apoyo interno de lo esperado. Esta renovada legitimación obligó al otro lado, ya sea a buscar un compromiso o ya a explotar la situación de emergencia de Grecia y actuar, incluso más que antes, como el disciplinador. Sabemos el resultado.

Guardian: ¿Es la crisis actual en Europa un problema financiero, un problema político o un problema moral?

Habermas: La crisis actual puede explicarse por causas económicas y por fracaso político. La crisis de la deuda soberana que surgió de la crisis bancaria tiene sus raíces en las condiciones sub-óptimas de una unión monetaria heterogéneamente compuesta. Sin una política financiera y económica común, las economías nacionales de los Estados miembros pseudo-soberanos seguirán separándose en términos de productividad. Ninguna comunidad política puede sostener tal tensión en el largo plazo. Al mismo tiempo, al centrarse en evitar el conflicto abierto, las instituciones de la UE están impidiendo iniciativas políticas necesarias para la expansión de la unión monetaria a una unión política. Sólo los líderes de los gobiernos reunidos en el Consejo Europeo están en condiciones de actuar, pero precisamente son ellos los que no son capaces de actuar en el interés de una comunidad europea conjunta porque piensan principalmente en su electorado nacional. Estamos atorados en una trampa política.

Guardian: Wolfgang Streeck en el pasado advirtió que el ideal habermasiano de Europa es la raíz de la crisis actual, no su remedio: Europa, ha advertido, no salvaría a la democracia, sino que la aboliría. Muchos en la izquierda europea consideran que los acontecimientos actuales confirman la crítica de Streeck del proyecto europeo. ¿Cuál es su respuesta a sus preocupaciones?

Habermas: Poniendo de lado su predicción de una inminente muerte del capitalismo, estoy en términos generales de acuerdo con el análisis de Wolfgang Streeck. En el transcurso de la crisis, el Ejecutivo europeo ha acumulado más y más autoridad. Las decisiones clave están siendo tomadas por el Consejo, la Comisión y el BCE – en otras palabras, las mismas instituciones que están insuficientemente legitimadas para tomar este tipo de decisiones o que carecen de todo fundamento democrático. Streeck y yo compartimos también la opinión de que este vaciamiento tecnocrático de la democracia es el resultado de un modelo neoliberal de políticas de desregulación del mercado. El equilibrio entre la política y el mercado ha venido fuera de sincronía, a costa del Estado de bienestar. En lo que diferimos es en términos de las consecuencias que cabe extraer de esta situación. No veo cómo un retorno a los Estados nacionales que tienen que administrarse como grandes corporaciones en un mercado global puede contrarrestar la tendencia a la des-democratización y a la creciente desigualdad social – algo que también vemos en Gran Bretaña, por cierto. Tales tendencias sólo pueden ser contrarrestadas, en todo caso, por un cambio en la dirección política, provocado por mayorías democráticas en un “núcleo europeo” más fuertemente integrado. La unión monetaria debe tener la capacidad de actuar a nivel supranacional. En vista del caótico proceso político provocado por la crisis en Grecia, ya no podemos darnos el lujo de ignorar los límites del actual método de compromiso intergubernamental.

Jürgen Habermas es profesor emérito de filosofía en la Universidad Johann Wolfgang Goethe de Frankfurt. Su último libro, El señuelo de la tecnocracia, ha sido publicado por Polity.

Lo que leemos los peruanos según El Comercio y algunos problemas del periodismo nacional

Sarah Charlesworth, “Modern History, April 21, 1978” (1978).

Leer una nota periodística del diario El Comercio se vuelve cada vez más un empeño inútil por encontrar algo valioso, si no interpretativamente, al menos informativamente. Cuando esto sucede, la razón es fundamentalmente una: los editores de sección y editores generales no están exigiendo un mínimo de rigor a sus periodistas en la elaboración de sus notas y terminan prefiriendo una publicación mediocre, acaso por falta de posibles contenidos. Eso no puede pasar en un diario que se respete y busque honrar su trayectoria, como lo pretende “el decano de la prensa nacional”. Desde luego que hay también causas estructurales por las que el periodismo de nuestros días se ha vuelto en términos generales más banal. Y no es, como pensaba Borges y su erudición milenaria, porque éste se limite a hechos coyunturales que no tienen importancia alguna, que es algo que sólo puede afirmar alguien con ceguera para la política y la vida cotidiana. Ésta última es más relevante de lo que la vieja academia pensaba; de hecho, ya es algo viejo el giro académico hacia la cotidianidad en la historia, las ciencias sociales e incluso la filosofía. Si de causas estructurales se trata, puede uno referirse sobre todo a cómo se ha ido moldeando, con ayuda considerable de los propios medios, un hábito atencional en el receptor que lo hace pasar de una información a otra sin detenimiento, saturándose con noticias y opiniones a las que no da jerarquía y con las que no se permite una reflexión que se haga sólida a fuerza de autocrítica. Eso requiere lentitud y el sistema informativo no tiene tiempo. Se nos quiere hacer creer, entonces, que eso lo puede hacer cada uno en su casa, que para eso está la esfera privada. Lo dice sin reparos, por ejemplo, Chema Salcedo en RPP. Cada quién evaluará por su cuenta la noticia, como si evaluar no fuese un proceso que en lo fundamental se da intersubjetivamente, y más aún si se trata de evaluar asuntos públicos como los de la política. En la prensa escrita, esta falta de tiempo se refleja en la escasez de periodismo de investigación (recuérdese que El Comercio ha desactivado recientemente su unidad de investigación), en la repetición de información presentada por otros medios (sin contrastación de fuentes a menos que los intereses del periódico estén implicados) y en la producción de notas mediocres, como la que ha dado pie a este comentario y sobre la que volveremos.

Antes quiero observar que hay, ciertamente, niveles distintos de reflexión. A la que me he referido antes es sólo aquella que se propone reducir sus falencias argumentativas mediante una revisión exhaustiva, previendo todo posible contraargumento (lo que individualmente requiere una habilidad imaginativa importante y, aun así, necesita el diálogo con otros que le aporten perspectivas distintas). Pero esa no es la única reflexión, ni tampoco es la más común. La forma de reflexión más común es la de la opinión, que es más intuitiva, más rápida y más simple. La opinión, especialmente en una sociedad que tiene un individualismo exacerbado como la peruana, tiende a prescindir de los otros en la medida en que reemplaza la finalidad del conocimiento objetivo por la de la complacencia subjetiva (en esto se equipara al gusto), y, por lo mismo, hace que el sujeto se satisfaga fácilmente sin necesidad de poner en cuestión las creencias que asume como verdaderas: “esa es mi opinión y toda opinión se respeta”.

“L’Opinió” (1932), fotomontaje anónimo catalán.

La opinión es fundamentalmente la expresión de creencias y éstas tienen como carácter propio la asunción. Si no asumiésemos, por ejemplo, que el mundo es real (algo que la filosofía también está dispuesta a cuestionar), la vida cotidiana nos sería imposible; pero ¿es igual de ineludible asumir que toda sociedad debe “progresar”, que ese “progreso” debe ser entendido económicamente y que esos criterios económicos tienen que ser los del capitalismo, que coloca en su núcleo el control privado de la riqueza y la comercialización como única dinámica posible de intercambio? Aunque sea útil, no es necesario recurrir a la reflexión teórica para cuestionar lo que fácilmente asumimos como verdadero. Basta con dejarse interpelar por el otro dentro de la misma esfera práctica –ese es el sentido de la sociedad civil como espacio deliberativo–, pero ello supone de todos modos hacer explícitos los presupuestos de las opiniones y someterlos a crítica. Sin embargo, si en ese espacio los medios de comunicación se limitan a presentar opiniones como si fuesen la verdad de cada quien, sin develar ni cuestionar sus presupuestos (algo que el periodista podría aportar), en el fondo no se tiene más que perspectivas individuales vinculadas superficialmente entre sí y que van desapareciendo con la misma facilidad con que aparecieron, dirigiendo a lo más los ánimos en contra de fantoches que no son los que controlan el sistema. ¿Con cuánta frecuencia, por ejemplo, ciertos periodistas dirigen los ánimos en contra de la clase política y con cuánta frecuencia lo hacen en contra de la clase empresarial? Mónica Delta, que es especialista en hacer glosas morales a las noticias, a menudo moraliza contra los políticos (en general, claro, o con algún político débil como Alejandro Toledo o algún presidente regional, porque con Alan García nunca lo haría). ¿Y no siguen pretendiendo los medios que los empresarios nada tienen que ver con el manejo de la política, aun cuando una historia de los comunicados de la CONFIEP y de sus reuniones en Palacio de Gobierno bastaría para desbaratar eso?

Max Weber, “The Sunday Tribune” (1913).

En medio de la lógica que privatiza y atomiza lo público, que es la que está detrás de esto, la única reflexión permitida es la de la opinión. Darle cabida a la opinión le sirve además al medio para legitimarse. Frente a un ideal culto, con opiniones de “especialistas”. Y frente a un ideal democrático, con la opinión de cualquier entusiasta sin vergüenza; lo que es peor desde todo punto de vista pues, además de rebajar la argumentación (¿alguien en su sano juicio podría provechosamente discutir con los que llaman a las radios o los que comentan las noticias en las páginas de Internet?), encima da una apariencia de democracia que no es sino la más descarada aceptación de las reglas de juego del sistema. Esas opiniones no constituyen en modo alguno lo que se pretende con el pomposo nombre de “opinión pública” o con frases del tipo “tu opinión importa”. Son expresiones tan inofensivas como dogmáticas, acríticas. La comedia es siempre más honesta y en este caso no es la excepción: “tu opinión me llega” es la frase paródica de un cómico que se aproxima más a la realidad.

John Heartfield, “Wer Bürgerblätter liest wird blind und taub. Weg mit den verdummungsbandagen!” (“Quien lee periódicos burgueses queda ciego y sordo. ¡Fuera las vendas embrutecedoras!”, 1930). Vorwärts era el diario oficial del Partido Social Demócrata.

Me he alejado del tema inicial y que daba título a esta nota, pero ello sólo para mostrar cómo un asunto que incluso dentro de la coyuntura es menor puede dar pie a considerar cuestiones importantes que, más allá de toda discusión teórica, debieran llevar a buscar alternativas prácticas. Ahora bien, nuestro problema es que, antes que pedirle a los periodistas capacidad crítica con los que detentan el poder, hay que empezar por pedirles que hagan bien su trabajo: así de mal estamos. De nada le sirve al diario El Comercio ostentar antigüedad si hay que demandarle un mínimo de responsabilidad y rigor en su oficio. En la noticia sobre los libros que más leemos los peruanos, decía al inicio, no sólo no hay una interpretación sugerente, sino que tampoco hay información completa, fiable, equilibrada… Nada. Lo que allí llaman el Perú se limita al registro de ventas de las librerías Crisol. La única fuente que consultan para indicar que lo que más leemos los peruanos son “trilogías, cómics y novelas clásicas” es Jaime Carbajal, el gerente general de estas librerías. Quizás pueda verse mejor la situación si identificamos tres niveles de falta de rigor informativo:

Semen Fridliand, “Die käufliche Presse” (“La prensa venal” 1929)

Hay cierta información que, a pesar de ser externa a la noticia misma, podría afectar su objetividad. Se trata de los cuestionamientos que ha tenido Crisol por su asombroso crecimiento: en sólo un año, durante el gobierno aprista y luego de haber sido comprada por el ministro Chang (cuyo manejo del dinero de la Universidad de San Martín de Porres es poco claro) de capitales españoles que (con los mismos productos que ahora) tenían las cuentas en rojo, los locales de Crisol aumentaron de 2 (Jockey Plaza y Óvalo Gutiérrez) a 12. Un éxito nunca visto con ninguna otra librería en el país. Si los modestos números de venta que da el gerente en esta noticia son correctos (150 libros por mes y, aunque la nota no lo dice, se entiende que por local) y si ello supone un crecimiento significativo en relación con años anteriores, esto mismo no hace sino añadir más dudas sobre la procedencia de todo el dinero invertido en Crisol. Quizás habría que mencionar que Carbajal era un trabajador (algunos dicen que guardaespaldas) del también ministro aprista Hernán Garrido-Lecca (implicado en el caso de los “Petroaudios” y otros como el del Banco Azteca). Aun cuando no fuese relevante mencionar todo esto en la nota a la que nos estamos refiriendo, ya que se trata de un tema distinto, esta información sí debiera llevar a que el periodista por lo menos dude acerca de la fiabilidad de los números proporcionados por la tan exitosa cadena de librerías.

Hay otra información que sí es directamente relevante para la objetividad de la noticia pero que está ausente en la misma. En primer lugar, como es evidente, la información de ventas de otras librerías. Si la periodista no tenía tiempo o interés en buscar otras fuentes para ofrecer un mínimo contraste, podría haber logrado una fácil objetividad cambiando de título: “¿Qué tipo de libros leen más los clientes de Crisol?”, hubiese sido uno preciso. Por otro lado, la nota está también asumiendo que todas las librerías tienen la misma oferta de libros, con lo que Crisol –dado su éxito descomunal– sería una librería representativa. Cualquiera que haya ido a Crisol y que normalmente busque más que “trilogías, cómics y novelas clásicas”, se da cuenta que la variedad y amplitud de libros allí no es, ni de lejos, completa. Las librerías que suelen considerarse especializadas, en Lima al menos, son mucho más completas porque también se encuentra en ellas “trilogías, cómics y novelas clásicas”, así como libros de autoayuda, sin que eso implique que otros libros, como por ejemplo los de humanidades, sean pocos y básicamente los que les dan en consignación otras librerías, como es el caso de Crisol. Librerías mucho más completas, pues, son El Virrey, Sur y, con un catálogo muy bien seleccionado para lectores diversos, Communitas; ninguna de las cuales está en un centro comercial, que es un requisito de éxito según la nota. Estos puntos son los más saltantes, pero hay otra información ausente como las diferencias entre las distintas ciudades, ya que se habla de los peruanos en general y no sólo de los limeños (mala costumbre limeña).

Por último, tampoco permite objetividad en la información la mala redacción. Más allá de erratas, que también las tiene. El titular, como se ha dicho, no es correcto e incluso no parece ser la información principal de la nota, que habla más del negocio libresco y editorial que de las preferencias de los lectores. En el subtítulo se dice que los peruanos gastan en promedio S/. 50, pero no se señala allí con qué frecuencia; eso se hace después, donde se dice que en cada visita, pero no se pregunta cuántas de estas visitas hace el cliente al mes o al año. Algo similar ocurre con los 150 libros que vende al mes Crisol: ¿en toda la cadena?, ¿en cada local? Y de las tres obras mencionadas como los títulos más vendidos, sólo de la de Vargas Llosa no se dice con cuántos ejemplares. En fin… Creo que es suficiente.

Emory Douglas, “All Power to the People” (“Todo el poder para el pueblo”, 1969).

El reduccionismo económico en la cuestión de las mineras

Así como el viejo capitalismo inglés tenía a sus escuadras navales para “proteger sus intereses”, lo que implicaba ejercer la debida presión a través del miedo para concretar sus negocios, así también el gran capital de hoy, nacional y extranjero, tiene al Estado peruano. La avanzada de este capitalismo en el plano político ha consistido en volverse más sutil para no tener que obligar, con una exhibición armada en el Callao, a un Estado que, por su parte, se ha vuelto tanto menos coercitivo en relación con las masas como también más fácil de corromper por una partidocracia y una burocracia cada vez menos comprometidas con principios políticos. La cuestión era básicamente esta: ¿para qué amenazar a un Estado que se puede privatizar? Esto fue luego reforzado en el plano ideológico, incorporando en el sentido de la población, fundamentalmente urbana, la idea de que era mejor que en todos los campos dominara la mentalidad técnica*, bajo la promesa de la eficiencia como salvación ante todos los males, trayendo como contrabando que el sentido de lo público debiera prácticamente desaparecer bajo la égida de lo privado y su mito de la autorregulación. Bien pronto se hizo evidente la posibilidad de la tiranía allí y hubo que recurrir a distintas formas de regulación externa.** En ese sentido, las regulaciones jurídicas han seguido un largo trecho, de manera a veces quizá muy lenta, pero con paso seguro, aunque dentro de las limitaciones de su ámbito de acción. Empero, esto no se fue logrando sin la resistencia del capitalista y su escuela economicista del derecho, sobre todo cuando el derecho abrió la posibilidad de revisar y anular cláusulas de contratación abusivas u ominosas.

Ahora bien, es en lo propiamente político que el Estado viene quedándose atrás, no por inercia, sino por la acción directa de los beneficiados; a saber, aquellos que crean redes de financiamiento (como la de los congresistas cuyas campañas fueron auspiciadas por mineras) y que, consecuentemente, lo invocan para que defienda sus intereses. Claro que esto no sucede de manera explícita, sino en nombre de alguna abstracción biensonante que los oculte: el libre mercado, la libre competencia, etc. En verdad, nunca el concepto de libertad suena tanto a moneda barata como cuando se le usa para oprimir: si no quieres contratar conmigo, aunque mis condiciones te sean desfavorables, te amenazo con irme y con que te vas a quedar pobre. Como eso no funciona, no porque quieras quedarte pobre sino porque estás consciente (y no hay modo de que dejes de estarlo) de esas condiciones perniciosas, te acuso de “egoísta” (que es la acusación predilecta de la Confiep). Pero como no cedes y en verdad yo, en mi egoísmo, no tengo la más mínima intención de irme, le ordeno al Estado que saque a sus policías y militares para someterte y convencerte de “dialogar”, lo que en verdad no es diálogo alguno sino que aceptes mis condiciones.

En ese contexto, que no es el caso de los pequeños empresarios, no es sorprendente que las autoridades locales y regionales concentren la resistencia en contra de un Gobierno central que no es capaz de anteponer los intereses públicos a los privados. Si el Presidente se queja de que esos líderes están movidos por intereses electorales, algo que además es difícil de probar porque incursiona en el ámbito personalísimo de las intenciones, alguien debiera decirle que el mejor modo de desinflar intereses de ese tipo es mostrando que el Estado no está al servicio de intereses privados; esto es, resistirse a que la política toda caiga dentro del reduccionismo economicista. Es importante resaltar que también en ese sentido los políticos son responsables -sin que lo asuman- de aumentar el desprestigio de la minería y de la política representativa, así como la violencia. ¿De qué puede sensatamente servir una comisión multisectorial enviada por el Gobierno si todos esos sectores reducen el asunto político a un análisis de costo-beneficio? Hay que tener una ceguera y una sordera absolutas para no reparar que, de todos los reclamos de las poblaciones de Cajamarca, Cusco, Ayacucho, Piura, Iquitos…, la mayoría no tiene nada que ver con si la minería crea suficiente empleo o no, o si mejora los servicios de los poblados o no. Hay también principios políticos, tradiciones ecológicas, principios morales, creencias sobre lo que implican la amistad, la confianza, la hospitalidad, etc. Y sin embargo incluso las acusaciones que se les lanza son meramente técnico-económicas: que son gente calculadora, que estarían siendo pagados… No se trata de santificar a nadie, pero mientras se siga pensando al desarrollo desde un punto de vista exclusivamente económico, y por más que se le califique como sostenible, no habrá relaciones sostenibles entre empresa, Estado y sociedad civil en el Perú.

Por otro lado, en cuanto a los empresarios mineros, si tomasen en serio sus propias palabras respecto a una minería responsable y un desarrollo sostenible, mal harían en pretender que la política se conduzca únicamente desde criterios económicos (así sean también microeconómicos o redistributivos). Esto no significa que deban ellos abandonar el predominio que le conceden a su racionalidad instrumental (alguien tiene que hacerlo), pero sí que no absoluticen y pretendan que todos la tengan y se atengan a ella. Es necesario que lo político no se reduzca a ello, pues sólo así pueden comprenderse posiciones de muy diversa índole que exceden ese reduccionismo ideológico.

Que nuestros grandes empresarios nunca hayan tomado una clara distancia con el fujimontesinismo y apostaran por volver a “contratar” con esa gente en las últimas elecciones, no se debe sólo a una cuestión de intereses y miedo por el otro candidato, sino que, en el fondo, ambos comparten la misma lógica: todo es negociable; todos tienen un precio. Por ello, si alguien se resiste, hay que comprar su conciencia. Si se sigue resistiendo, se le amenaza (de eso puede dar fe Marco Arana, como lo probó una unidad de investigación de La República). Si eso tampoco funciona y no se logra ensuciar su imagen pública (algo bastante recurrente), hay que hacerlo desaparecer (o al menos encerrarlo). La única diferencia es que en el gobierno de Fujimori era el mismo Estado quien tenía la sartén por el mango, gracias al control corrupto de Montesinos al que estos empresarios se habían sometido, mientras que ahora son estos últimos los que mantienen controlado al Estado con la anuencia de los gobiernos de turno y de no pocos periodistas.

Así como las comunidades tienen sus frentes de lucha, el Gobierno se dispone bien como el frente de lucha de los empresarios mineros. Por eso también hay comunidades que no tienen una comisaría, mientras que al costado, en el campamento minero, tienen una comisaría propia. ¡Por supuesto que la minera es tan generosa que está dispuesta a prestar a sus policías! Este es quizá el más aberrante ejemplo de cuánto ha logrado esa mentalidad económica someter en la realidad lo público a lo privado en manos de unos pocos: haciendo de ese Estado reducido su baja policía. Si hay que eliminar una laguna, ¿qué puede importar que se le considere divina? Ese es un pensamiento primitivo, como lo calificaban Alan García y su decimonónico antropólogo, Juan Ossio. Hay que decirlo nuevamente: mientras se siga pensando al desarrollo desde un punto de vista exclusivamente económico, y por más que se le califique como sostenible, no habrá relaciones sostenibles entre empresa, Estado y sociedad civil en el Perú.

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* Ya el mito de Prometeo en el Protágoras de Platón hablaba de cómo la técnica prometeica, con toda su astucia, no alcanzaba para obtener el saber político.

** No es casual que Fujimori prometiese tecnología. En su mismo gobierno, en el que promovió privatizaciones indiscriminadas, tuvo que echarse atrás un poco y conceder al menos entes reguladores para los servicios públicos privatizados.

Donar ropa para el friaje y sentirse bien

Llega el invierno y se repite la historia de cada año: hay que juntar frazadas, chompas y fideos para que los niños no mueran en el sur andino por causa del friaje. Me llega una invitación virtual para colaborar con la colecta que organiza un grupo que se define políticamente como un grupo de izquierda. Que quienes dicen ser de izquierda estén movidos fácilmente a la acción, eso es seguro. Que estén igualmente movidos al pensamiento, esto es, a la teoría crítica, me parece menos seguro. Yo al menos me pregunto si los niños mueren realmente a causa del friaje, que es lo que la prensa nos dice. Si es así, ¿por qué esto no era tan grave antes? ¿Por qué cada año mueren más niños si se envían toneladas de donaciones? Bastan unas pocas preguntas, como estas, para darse cuenta que tanto el diagnóstico como la solución caen en una circularidad superflua, sin explicaciones de fondo y, por ende, con una fe bastante ingenua en el asistencialismo (sobre todo para quienes dicen ser “de izquierda”). Al hacer esas donaciones, entonces, ¿no estaremos haciendo algo profundamente mal y sintiéndonos a la vez demasiado bien?

No es que cada vez haga más frío; al contrario, el calentamiento global hace que en cada helada la temperatura altiplánica baje menos. ¿Por qué entonces no tienen una mayor sensación de calor y la tasa de mortandad infantil crece? La alternativa es clara: se están abrigando menos. ¿Les hace falta más frazadas y chompas, acaso? Ante las toneladas que se envían, no parece ser ese el problema. ¿Entonces…? Entonces la explicación se va perfilando mejor: el abrigo que les enviamos es ineficaz y ellos ya no cuentan con el abrigo propio con el que antes contaban. Por ahí va el asunto, y una cosa está vinculada a la otra. Al no proteger la producción de lana de las comunidades andinas, el ingreso de productos sintéticos importados ha sido devastador, con el resultado de que los niños ahora se abrigan mal con esa lana sintética. Y para colmo, nosotros enviamos chompas y frazadas con ese mismo material.

Otro asunto es el de la vivienda. En lugar de mejorar las casas construidas con adobe y paja, que son materiales que conservan el calor del día para la noche, los programas de vivienda tuvieron la brillante y moderna idea de que una casa no es buena si no es “de material noble”; es decir, del cemento y calamina que hielan en las noches. Si además les decimos a los pobladores que esas viviendas son mejores, que esa ropa es mejor, les estamos haciendo un daño peor aun. Y a eso hay que añadirle el tema de la alimentación. No sólo sucede que los programas estatales de nutrición infantil son demasiado esporádicos y por eso mismo ineficaces, sino que nosotros también enviamos comida inútil. Los fideos y tallarines, por ejemplo, llenan la panza pero no nutren. Eso nos dice cómo la mayoría de personas dona o bien lo que les sobra o bien lo que creen que puede servir sin saber en absoluto cuál es la condición de los destinatarios. Pero lo peor no está en lo que se dona o no, sino en que, dejando que el libre mercado haga lo suyo, hemos desprotegido la producción de quinua, tarwi y cereales que esos niños consumían. ¡No hemos sabido proteger la vida y creemos que las causas de estas muertes son naturales! Pero le colocamos a las campañas de donaciones frases bonitas y tranquilizadoras como “abriguemos corazones” y asunto arreglado: nos olvidamos de lo que causamos sintiéndonos bien.

La verdad es que llegamos a una conclusión desoladora: no es que las muertes por el friaje sean accidentales y nuestra responsabilidad se limite a reducir el daño “natural”, sino que nosotros, con nuestra modernidad ajustada a un capitalismo embrutecido, somos los causantes de muchas de esas muertes. En medio de eso hay quienes creen que lo único que nos cabe hacer es donar abrigo que no abriga y comida que no nutre. Algunos de ellos dicen incluso ser de izquierda, pero una cosa es llamarse de izquierda y otra distinta serlo. Llamarse de izquierda sin criticar las condiciones materiales reales, sino contentándose con explicaciones facilistas y con mero asistencialismo, eso es ser caviar, y punto. Ahora, ¿qué hacemos para revalorizar la producción de lana del sur andino, mejorar sus niveles de nutrición y el calor de sus viviendas? ¿Qué hacemos para impedir que esta estúpida idea de modernización siga generando un infanticidio culposo encubierto?

“Viva el socialismo. Pero…” por Carlos Fuentes

Carlos Fuentes ha muerto hoy, el mismo día en que el periódico Reforma de México publicaba la que será su última columna. Ésta lo retrata cabalmente como un hombre comprometido con las causas sociales pero sin perder por ello su agudeza crítica que, a decir verdad, era bastante más fina que la de Vargas Llosa. En este artículo describe con precisión y sentimiento los importantes logros del socialismo francés durante el gobierno de Mitterrand, que demostró que no hay que pasar por una dictadura del proletariado para comprometerse seriamente con reformas económicas y sociales de máxima importancia (¡abolir la pena de muerte que tanto criticó Camus!, ¡afianzar la calidad del trabajo y de un salario justo!, etc.), y sin caer por el otro lado en las ligerezas insignificantes de quienes se denominan de “izquierda liberal” y se limitan al asistencialismo con las sobras del sistema económico. El artículo también acierta al apuntar los miedos y resistencias que generan programas de ese tipo, como es el caso ahora del recién elegido François Hollande. Pero ciertamente su desafío no es fácil: proponer un modelo alternativo (como el que está aplicando Islandia) a la receta de austeridad que sacrifica la calidad de vida de una sociedad civil que no está dispuesta a hacer concesiones respecto de sus derechos.

Viva el socialismo. Pero…

Por Carlos Fuentes, In Memoriam

La historia se anuncia. Luego duerme la siesta. Y, al cabo, despierta. Los acontecimientos de mayo de 1968 en París fueron una fiesta. “Debajo de los pavimentos, las playas”. “Prohibido prohibir”. Marx y Rimbaud, compañeros. Asistí a esa fiesta. Era una forma de embriaguez colectiva. Pero tenía un fondo sobrio. Había que modernizar a Francia. El Partido Comunista se negó al movimiento. Las fábricas no fueron a la huelga. Se inició el gran declive del PC, que en Francia había llegado a ser un partido que sumó la fuerza del proletariado a una doctrina nacionalista ajena al internacionalismo de Marx.

1968 redujo al PC pero no encontró con qué sustituirlo. El gran partido socialista de Jean Jaurés (1859-1914) fue revitalizado por León Blum, quien en el corto espacio de un año, 1936-1937, estableció el derecho a vacaciones pagadas, la semana de cuarenta horas y el contrato colectivo de trabajo. Esta herencia fue disipada por el Partido Socialista de la post-guerra, llegando, con Guy Mollet a participar en la guerra del Canal de Suez contra el presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser. Mayo del 68 confirmó tanto el desprestigio del PS como el del PC. En el Congreso socialista de Épinay, François Mitterrand decidió revertir el declive y devolverle un sentido al PS. ¿Pero cuál sentido?

Tuve una relación personal, de amistad política, con Mitterrand. Vecinos en la misma calle parisina en los años setenta, aplaudí su viaje a México en oposición a opiniones estrechamente oficialistas. El fruto de la visita lo obtuvimos cuando Mitterrand llegó a la presidencia de Francia en 1981 y puso en marcha un programa renovador que le devolvió prestigio y fuerza al maltratado PS. Mitterrand tuvo la audacia (comparable a la de Lázaro Cárdenas en México) de tomar las medidas que el país entero, incluyendo a la burguesía, necesitaba para prosperar. Nacionalizó la banca para modernizarla. Puso la justicia en manos de un gran abogado, Robert Badinter, quien abolió la pena de muerte y modernizó las cárceles. Descentralizó la administración pública. Redujo la semana de trabajo. Aumentó el periodo de vacaciones. Exigió a los patronos aprobación gubernamental antes de despedir trabajadores. Más empleo. Más vivienda popular. Un programa de gasto deficitario que no encontró eco en las políticas de reducción de gastos y de impuestos de otras naciones capitalistas. No obstante, las políticas de Mitterrand quedaron, como dicen los franceses, “en reserva de la república” y hoy regresan al primer plano dada la actual opción crítica entre la austeridad como promesa de desarrollo que sólo prolongan la depresión y un retorno a la política de Mitterrand: Expansión y desarrollo.

Al cabo, la derecha francesa, tan asustada por Mitterrand, entendió (a medias) la necesidad de las reformas para alcanzar la prosperidad colectiva, incluyendo la de la burguesía. Nuevamente, se impone la comparación con Cárdenas en México, Franklin Roosevelt en EE.UU., López Pumarejo en Colombia y el Frente Popular en Chile.

La política exterior de Mitterrand, que tanta alarma inicial causó en Washington, se situó en la realidad europea. “Moscú puede usar el arma atómica contra Francia en cosa de minutos”, me dijo un día Mitterrand. Su política aisló y debilitó al PC francés, que al cabo se retiró del gobierno. El filósofo francés Jacques Derrida viajó a Praga a dar clases privadas de filosofía, toda vez que el gobierno sólo permitía versiones ortodoxas. Derrida fue detenido y encarcelado. Mitterrand le exigió a Praga la liberación inmediata o la ruptura de relaciones. Praga cedió. Heredero de la política de cooperación en vez de guerra con Alemania, política iniciada por Robert Schuman y Konrad Adenauer. Mitterrand reforzó los lazos con el vecino del Rin. Viajó a Cancún con asesores de izquierda (Regis Debray, Jean Daniel). Observó las indiscreciones del Ronald Reagan. Se admiró de que los EE.UU. eligiesen presidente a un actor de Hollywood. Prosiguió una política independiente para Francia y al cabo, cuando la elección de 1986 la ganó la derecha, Mitterrand “cohabitó” como presidente con el Primer Ministro golista, Jacques Chirac. Sólo que, si el zorro Chirac sabía muchas cosas, el erizo Mitterrand sabía una gran verdad: que la oposición cometa los errores, yo me limito a presidir. Así ganó la elección presidencial de 1988 con una mayoría del 54%. A mitades entre las regresiones de Chirac y las renovaciones socialistas, Mitterrand en su segundo periodo resucitó el salario mínimo, un programa de empleo y un impuesto sobre las grandes fortunas.

Nadie ha explicado la continuidad de la historia de Francia mejor que François Mitterrand. Nunca fui partidario de Charles De Gaulle, explicó una vez. Pero siempre rehusé ser su enemigo, afirmó. ¿Por qué? porque existía. Porque sus actos lo creaban, convencido de que él era Francia, a la cual, añade Mitterrand, De Gaulle quería con un amor visceral, exclusivo. Es más: De Gaulle afirmaba la presencia francesa en todos los frentes a la vez. Exigía admiración y lealtad. Un viejo chiste propone que De Gaulle, ante su gabinete, decidió un día invadir la Unión Soviética.

-¡Dios mío! -exclamó un ministro.

-No exagere -le contestó De Gaulle.

Si evoco este pasado, es para acercarme al presente que enfrenta el recién electo François Hollande y para contrastar el gran talento político de De Gaulle, tan admirado por su opositor Mitterrand, con la pequeñez del antecesor inmediato de Hollande, Nicolas Sarkozy. Presidente de un solo período, Sarkozy lo inició con frivolidad: cenas suntuosas, viajes en yacht, relojes de setenta mil dólares, bikinis y un profundo desprecio por la gente de la calle: “cállate, pendejo”, le dijo a un ciudadano opositor. Confieso mi antipatía. El año de México en Francia fue cancelado por la exigencia de Sarkozy: cada acto del centenar previsto debía comenzar con la defensa de la encarcelada Florence Cassez: cine, arte, arqueología, literatura mexicanas, pero primero, defensa de Cassez. La exigencia de Sarkozy dinamitó el año de México en Francia.

A la postre, la realidad europea e internacional redujo a Sarkozy al papel de socio menor de la canciller Angela Merkel. Pero era Francia, al cabo, el ente secundario.

François Hollande hereda todo lo que llevo dicho. La idea de la grandeza nacional que encarnó De Gaulle. Las posibilidades de la reforma social en un régimen capitalista, que fue la apuesta de Mitterrand. La posición de Francia en la comunidad europea y la relación con la Alemania Federal, que fue el problema de Sarkozy. Y algo más: la respuesta de Francia al gran desafío de la sociedad civil y que pone en entredicho a todos los gobiernos. Desploma a los autoritarismos pétreos de Egipto, Libia y Túnez. Desnuda al ya bastante encuerado Berlusconi en Italia. No se contenta con Zapatero ni con Rajoy en España. Multiplica la oposición en Gran Bretaña y le resta poder electoral a Cameron sin dárselo del todo al jefe laborista Edward Miliband. En los EE.UU., se separa del Partido Republicano, disminuye y ridiculiza al “Tea party” y sólo le dará una victoria condicionada a Obama en noviembre. Son los “Ocupantes”.

¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha? Conocemos algunas de sus respuestas, todas ellas adecuadas a la situación que describo. Hollande quiere un gobierno que se defina menos por su perfil tecnocrático y más por lo que los franceses entienden por “humanismo”, y esto significa una preocupación mayor -como la tuvo Mitterrand- por la calidad del trabajo, la remuneración salarial y la descentralización administrativa. Más empleo, mejor vivienda. ¿Más austeridad? Hollande ha declarado que la austeridad no puede ser una fatalidad. ¿Cómo convertir la austeridad no sólo en virtud, sino en motor del crecimiento? ¿Y es más, en convicción colectiva?

Los desafíos a Hollande son inmensos. La inmigración del mundo musulmán, parte de ella ya instalada en Francia, reclama no ser tratada como la llamó Sarkozy: “la basura”. Hollande debe darle al inmigrante norafricano diálogo y un horizonte en la política de inclusión social y creación de empleo que es la suya. El inmigrante de África del norte debe sentir que es parte de esta política, no mero accidente adjunto de la misma. Hollande deberá dialogar con norafricanos y afroeuropeos para alcanzar, con todos, maneras de tratar el conflicto social y racial con las comunidades que exigen derechos y una situación manumitida. Lo que haga Hollande en este renglón tendrá una repercusión europea y global. El trabajo migratorio no puede ser, a la vez, necesario y castigado. Si ya hay libertad para el capital, la inversión y el cambio, debe haberlo también para el trabajo. Se trata, ni más ni menos, de revertir la política sarkoziana de proteccionismo y en contra de la inmigración.

El gran desafío del nuevo presidente de Francia consiste en poner en marcha una política de crecimiento contraria a la política de rigor sin crecimiento dictada por Merkel. Que existe un acuerdo franco-germano es cierto. Hollande deberá convencer a Merkel -cosa difícil- de cambiar los términos de la relación. O al menos, de añadir un apéndice sobre la necesidad de crecer, sin engañar a nadie con políticas proteccionistas y subsidios a la ineficiencia. El socialismo en el poder debe presentarse como una affectio societatis que concierne no sólo a la empresa o al trabajo, sino al conjunto social.

No será fácil. Pero Mitterrand demostró que, dentro de los límites, el socialismo puede hacer lo que la derecha ni siquiera piensa en hacer. “La austeridad no puede ser una fatalidad” -explica Hollande-. Y darle una nueva dimensión a la construcción europea. Y decírselo cuanto antes a Europa y a Alemania. Crecimiento con disciplina. Tal es la propuesta de Hollande. Ojalá que tenga tiempo y éxito. La impaciencia de los “ocupantes”, la sociedad civil emergente, es muy grande.

Nota mexicana.- Me preocupa e impacienta que estos grandes temas de la actualidad estén fuera del debate de los candidatos a la presidencia de México, dedicados a encontrarse defectos unos a otros y dejar de lado la agenda del porvenir.

Carlos Fuentes entre Julio Cortázar y Luis Buñuel

Minería falaz (2): “Nano” Guerra García

El segundo comercial de la Sociedad Nacional de Minería para tratar de evitar el impuesto a sus sobreganancias salió rápido, tratando de cubrir el enorme despropósito del primero, en el que sale Juan Carlos Oblitas dando cátedra de economía (si hasta “Los Chistosos” de RPP lo han demolido). Pero claro, la elección del otro personaje no es tampoco casual. Gustavo “Nano” Guerra García, que hasta la designación de Manuel Rodríguez era pre-candidato a la Presidencia por el extinto partido Fuerza Social (sí, así de penosa es la derecha que se hace pasar por izquierda en el Perú), representa muy bien, con su muletilla del emprendimiento, la sumisión más conformista al modelo económico del capitalismo avanzado. Su gran lección de vida es la de un salmón invertido: “si te sangran no importa, tú nada siguiendo la corriente”; “tú puedes cambiar tu desigualdad, pero ni se te ocurra querer cambiar la desigualdad que sostiene mi riqueza”; “si estás como estás no es por las políticas económicas, qué va a ser, sino únicamente por tu incapacidad personal”…, etc., etc., y un largo etc. de “sonseras del que vuela a lo gallina”, como cantaba Atahualpa Yupanqui.

¿Y qué es lo que vemos en este nuevo comercial? Más falacias. En primer lugar, según ellos, el desarrollo social es una consecuencia automática de la instalación de la minera. La mentira se debe, naturalmente, a que ése es su negocio y lo van a vender siempre como si fuese la panacea de la humanidad (al menos de los “civilizados” o “inteligentes”). Con ella quieren hacer pasar algo meramente razonable y sujeto a muchas condiciones confluyentes como algo inmediato, pues así da la impresión de ser una verdad incuestionable. Por eso mismo, ellos, que son tan afectos a las cifras, no dan cifras detalladas al respecto sino una muy vaga que aporta una cuota suficiente de tecnicismo (que para ellos es sinónimo de objetividad). Si contásemos cuántas mineras y en qué grado han cumplido con los compromisos sociales que asumieron y mucho más aún con la cadena que promocionan en este comercial, tengo la seguridad de que no les convendría divulgar esa información. Continuamente tengo noticia de pueblos descontentos con las mineras porque no asumen dichos compromisos y generan más demanda de servicios por la gente que migra para trabajar en ellas, además de tomar recursos (principalmente agua) que no les corresponde. Por otro lado, ¿qué ocurre si una comunidad le dice no a la minería? Ahí aflora toda su xenofobia y su fundamentalismo: el Perú debe ser un “país minero” o nada, se debe querer el “crecimiento” o se es un salvaje idiota, y otro etc., aunque más rastrero éste.

En lugar de poner a muñecos ventrilocuos a hablar por ellos, bien podrían hacer todo lo necesario para cumplir con esa imagen idílica que publicitan y de paso apoyar la iniciativa del derecho de consulta; pero no, la publicidad misma demuestra que no les interesa eso. Es más, por eso quieren que se asuma que la relación entre minera y progreso económico es algo automático, “al toque”, pues así ellos no tienen que hacer ningún compromiso y “al toque” se llevan sus sobreganancias. ¿El desarrollo?… ¡llega solo!, ¿no? Pues no.

Segunda falacia: según “Nano” Guerra, como la minera necesita comida para sus trabajadores y por ello instala un comedor, entonces le compra la comida a la gente del pueblo. Lo único que se genera ahí es una cadena imaginaria, porque en realidad trabajan con concesionarias como Sodexo que llevan sus insumos de afuera. ¿Qué pasó? ¿Al comienzo nada más y ya se le rompió la cadena?

Caricatura de Carlín publicada en La República (22-07-2011).

Nótese además que dice: “cuando una minera viene…”. Sin quererlo, “Nano” nos habla únicamente de las mineras extranjeras. La cadena que dibuja es finalmente una burda simplificación de mecanismos más complejos y que no funcionan bien, como nos lo pinta, si los direcciona la “mano invisible del mercado”, que es el modo abstracto de referirse a la soberana voluntad de esas mineras que, buenamente, en un arrebato de generosidad sin parangón, decidieron que a lo mucho se les podía pedir un óbolo adicional. Lo automático y lo inmediato son parte fundamental de esa promesa de certeza buena, bonita y barata, que es justamente con lo que ilusiona toda falacia naturalista, y más aún en una era tan tecnificada.

Lo bueno, lo saludable del asunto es que la gente no les crea. Si los empresarios mineros en verdad creyeran lo que dicen Oblitas y Guerra, tendrían una lógica de kindergarten; pero no, en verdad no se creen nada de eso. Sólo quieren lavar de la manera más superficial su bien ganada reputación. Por ahí dicen que el tercer comercial tendrá como protagonista a Melcochita. A nadie le sorprendería y sería algo un poco más coherente, pues acabaría diciendo: “¡No me crean!”.

Caricatura de Molina publicada en El Comercio (28-06-2011).

La democracia como fachada abstracta del interés económico

“Democracia” no es un término de definición fácil. Es un régimen político, desde luego, pero, una vez que se afirma eso, todo empieza a ser más confuso. “Bien inabdicable” o “sistema menos malo” son quizá las acepciones más comunes que se tiene de ella. De cualquier modo, nos diría Wittgenstein, de lo que se trata no es de encontrar una definición correcta, sino de reconocer los distintos “juegos del lenguaje”; es decir, los usos que le damos a dicho nombre. Aquí, a propósito de una tira cómica de Juan Acevedo de la década de 1980, quiero destacar un uso en particular que se mantiene fuerte en la sociedad peruana de nuestros días: la democracia como argumento presuntamente irrefutable bajo el cual se defiende un interés privado o de clase, y la consecuente criminalización de la protesta. La tira cómica es de su famoso Cuy:

Tira cómica tomada de El Diario del Cuy (http://elcuy.wordpress.com/2011/04/23/el-cuy-por-juan-77/). Publicada originalmente en "El Diario de Marka" (1980).

Aun a riesgo de repetir innecesariamente lo expresado por los dibujos, creo que se puede agregar algo sobre el uso de la palabra “democracia” al que alude el Cuy en el último recuadro. ¿Qué uso es este? Uno que está inscrito en la creación de apariencias agradables y el ocultamiento de la “fea realidad”, en lo cual ha sabido desempeñarse con soltura el capitalismo tardío o avanzado. Hay allí un manejo estético de la política en el que se han vuelto expertos, mientras que sus contrapartes de izquierda demandaban inútilmente el abandono de ese juego de apariencias (algunos lo siguen haciendo). La torpeza estética de los ideólogos de izquierda, salvo una que otra honrosa excepción entre las que se encuentra Mariátegui, así lo confirma. No se dieron cuenta que el hombre necesita dudar de la belleza que juzga sólo aparente (si no, no hubiese existido un Platón), pero que también necesita del olvido, de la distracción, de las bellas máscaras, porque, en el fondo, no hay entre nosotros sino máscaras. Para decirlo a lo Matrix: el ser humano necesita tomar tanto de la pastilla azul como de la roja. Hay quienes todavía consideran que esto es inaceptable, ya sea por razones “democráticas” desde las cuales esto es políticamente incorrecto, o sea por razones de izquierdismo dogmático para el cual esto es ceder a las perversas lógicas (políticamente correctas) del capitalismo. En realidad, darle su lugar al goce estético sin cercenarlo por razones políticas es una cuestión de simple fenomenología de la percepción. Puede que sea insatisfactorio pero así es, no hay otro juego; éste es el que nos ha sido dado en términos de la experiencia que nos es posible. De lo que se trata, entonces, ya sea que se tenga una orientación política de derecha o de izquierda, es de entrar en el juego de desenmascarar al adversario mientras que se produce las propias máscaras. Y no es necesario seguir una lógica instrumentalista como la del maquiavelismo cuando se hace esto.

Así las cosas, el Cuy está desenmascarando en estas viñetas un uso de la palabra “democracia” que está bastante extendido en todas partes; a saber: usarla como un concepto lo suficientemente abstracto como para que suene bien, que suene desinteresado y hasta comprometido, y que no sea posible rechazar sin quedar públicamente mal parado. Detrás de él, lo que oculta: las vísceras de un sistema en el que se defienden con uñas y dientes los propios intereses, sean privados o de la clase socioeconómica o grupo social al que se pertenece. Un sistema en el cual los excluidos no tienen derecho a la protesta porque entonces estarían amenazando el bienestar de los que acumulan todo el capital, de los que maltratan a sus trabajadores, de los que abusan impunemente de su poder. Y como de lo que se trata para ellos es de mostrar sólo lo bueno y lo bello, la noción más abstracta pero absolutista de la democracia les resulta conveniente, sobre todo para anatemizar al que protesta con el sambenito de “antidemócrata”. Lo más abstracto, a veces, es lo más concreto. En la trastienda, la lucha de clases es bastante real, aquella que se asienta sobre la misma igualdad universal que le dio origen a la democracia moderna, pero ellos niegan esa lucha a como dé lugar, incluso si al adversario hay que presentarlo como subversivo en un país donde la subversión terrorista ha dejado fuertes traumas…

El Cuy, diría Alan García, no es un peruano “demócrata”, sino un “ciudadano de segunda clase”, un “perro del hortelano”. Lo bueno del asunto es que el Cuy no está solo. Somos muchos como él.