No, tampoco (1): Las “izquierdas” por el NO

Inicio una serie de notas sobre la consulta de revocatoria o, más precisamente, sobre las campañas políticas de uno y otro lado. Como hay gentes a quienes siempre el entusiasmo les perturba la comprensión lectora, hago en esta primera entrada algunas advertencias preliminares:

El tema de la revocatoria en sí mismo no me interesa. No me interesa tampoco hacer campaña a favor o en contra de la misma. Quien quiera encontrar apoyo emocional o concordancia con su opinión, hace mal en leer lo que escribo y los remito a las columnas de Correo y Perú 21 o de La Primera y La República, según sea el caso. Yo ni siquiera diré cuál será mi voto, o incluso si votaré o no, y espero que ningún iluminado crea que puede deducirlo de estos textos. Digo esto porque no faltan, sobre todo en sociedades como la nuestra —y más aún a través de las redes sociales—, quienes, a pesar de su firme dogmatismo y precisamente por él, tienen tan poca seguridad de sí mismos y de sus creencias, que leen columnas de opinión sólo para reconocerse en “otros”; lo que no significa, lamentablemente, dejarse interpelar por el otro en su diferencia, sino pretender que éste comparta la misma opinión que uno ya ha establecido con certeza, como quien encuentra placer al mirar su reflejo en un espejo.

Por ende, mi interés en el tema es otro: advertir la incomprensión respecto a la naturaleza estética de la política, aquella que se aparta de la racionalidad tanto como de los moralismos y que se aproxima al trasfondo preconsciente de la misma, a su base fundamentalmente sensible. Es un interés exclusivamente filosófico. Y si el título se enfoca en una posición es sólo porque en ella este descuido ha sido especialmente significativo. Por “estética”, desde luego, no me refiero a lo artístico ni tampoco (no únicamente, al menos) a lo publicitario o retórico en la política, sino también a aquello que, en general, se entiende dentro de los conceptos de biopolítica (acuñado por Foucault, como se sabe) y del de antipolítica que tiene un alcance ontológico (semejante al que Kant describiese como un impulso natural a la insociabilidad). Desde que el idealismo (como platonismo popular) ha arraigado tanto en las teorías políticas modernas, estos conceptos y lo que implican no suelen sino ser tomados negativamente, como un lastre que hay que superar o evitar, incluso bajo la creencia de que para ser “criollo” en la política hay que ser también corrupto. Para mí, en cambio, se trata de algo sencillamente humano y, sólo por ello, ya lo suficientemente digno para que la filosofía le tome tal cual es. Para decirlo con Nietzsche: “Donde los demás ven ideales, yo sólo veo lo que es humano, demasiado humano”, ya que, para alcanzar “la libertad de la razón, aunque sólo sea en cierta medida”, es necesario mirar “con ojos bien abiertos todo lo que pase realmente en el mundo”, y no “atar a nada en particular el corazón con demasiada fuerza” (Humano, demasiado humano).

No está de más decir que no es éste tampoco un ensayo de cinismo. Hay cierta intelligentsia que tiene tan mal gusto y poca perspicacia que creen que si uno critica toda falsa certeza es porque, en el fondo, todo le da igual y se puede permitir ser poco serio con todo y coherente con nada. Son los que se toman alegremente eso que le diera pesadillas a Dostoievski — el “todo está permitido”. Para ellos será necesario señalar lo que Camus; a saber, que la denuncia de la hipocresía no puede servir de pretexto para el cinismo. No todo tiene por qué estar permitido, ni siquiera cuando uno se enfoca en lo sensible que está tan lejos de las moralinas. Esto quiere decir que yo sí tomo partido por una posición en este tema, pero creo que hacerlo público sólo ayudaría a la superficialidad que estoy criticando y de la que estoy francamente hastiado, tanto que no he querido por eso participar de campañas que, además de poco lúcidas (una menos que la otra), siento y pienso que son (ambas) poco serias con cuestiones de fondo, fundamentalmente con la democracia misma. En consecuencia, sólo escribo ahora porque no comparto hipocresías que encubren su trasfondo “demasiado humano” con ídolos que ya casi se caen por sí solos. De ello no se puede deducir que todo me dé igual. Hay una decisión que tomar y hay que tomarla seria y responsablemente; no como obispos, tampoco como payasos. No sería filósofo si no creyese que hay que meditarlo bien, pero, por lo mismo, no acepto los prejuicios con que quiere guiarse de uno u otro lado el voto. El lector que honestamente busque razones para inclinarse por una de las opciones, haría mal en guiarse por lo que aquí desarrollo. Mejor hará si piensa bien las cosas por sí solo o, en todo caso, si busca en la prensa a su sofista preferido.

Lima, febrero 2013.

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(1) Las “izquierdas” por el NO

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La izquierda apoyó en su momento la propuesta legislativa en la que se incluía el derecho a revocatoria. Veinte años después, recién a causa de que su uso egoísta es evidente porque ha llegado a Lima (esto se venía denunciando en provincias desde hace muchos años) y sin ningún análisis serio que evalúe la pertinencia de esta figura hoy, la revocatoria se ha convertido, para algunos que dicen ser de izquierda, en una mala palabra. Parece que ahora ella fuese por naturaleza una propuesta antidemocrática y debilitadora de la institucionalidad política (a pesar de que apela al voto democrático y está dentro de esa institucionalidad). ¿Qué es lo que ha ocurrido entonces? Según un politólogo recientemente canonizado, la izquierda ha estado “modernizándose”, dejando de ser bruta, achorada y cruenta, para adecentarse yendo hacia un democrático centro “paniagüista” (o toledista). Este buen politólogo sabe decir lo que esa “izquierda” “moderna” y la derecha quieren escuchar (eso tiene de político más que de politólogo). Pero a esa “izquierda” emprendedora (en la que no es casual que entre gente que apoya los abusos de las grandes mineras, como “Nano” Guerra que fue precandidato en Fuerza Social) le han contado un cuento que han creído verídico — un cuento que se llama ideología y según la cual se puede ser tan igualitarista como rico porque se ha entronizado al emprendimiento como el non plus ultra de la ontología social; y según la cual, para ser de izquierda (que es lo “in“), basta con tener “sensibilidad social” (con personas o con gatos, da igual), hacer uno que otro donativo u obra de caridad (por ejemplo colectas en temporada de friaje) y, sobre todo, eso está muy claro (a menos que seas un rojo cavernario con ideas trasnochadas), asumir que la modernidad, la superación de las propias taras y el abandono del violentismo, pasan también por abandonar la crítica del sistema de producción y acumulación económica, la crítica del trabajo alienado, la defensa de los derechos laborales, la actividad reguladora y empresarial del Estado, etc.; es decir, todo aquello que de algún modo puede aún hacer una diferencia objetiva entre derecha e izquierda, especialmente por lo primero. No hay mayor victoria ideológica para la derecha que hacer que los ex-izquierdistas olviden o repriman el que de eso precisamente se trataba ser de izquierda. Por otro lado, creer que se es de izquierda porque algún derechista extremo te dice que estás a su izquierda es claramente una equivocación.

Lo anterior nos lleva entonces a una primera conclusión que acaso sea la más relevante en este tema: gran parte de la denominada “izquierda” ha perdido la brújula y no sabe ya orientarse, posicionarse políticamente. La derecha sigue sabiendo muy bien qué es ser de izquierda y por eso lo censura colocándolo en el mismo paquete de lo que una nueva izquierda peruana sí debería autocriticar y dejar atrás. Incluso ciertas formas de redistribución muy acotada y de programas sociales son mecanismos que la derecha acepta porque no dejan de ser un mero asistencialismo, algo más elaborado quizá, pero asistencialismo al fin y al cabo que se puede empatar bien con la idea del éxito emprendedor y que no supone amenaza alguna a las estructuras socioeconómicas de fondo porque se trata del ripio. La misma ministra Trivelli, que para algún despistado es “izquierdosa”, lo afirma así: “Los programas sociales no tienen como meta sacar a la gente de pobre” (7/2/2013). Lo que los saca de pobre es su propio emprendimiento; por supuesto, asumiendo que todos tienen las mismas  oportunidades que no tienen. ¿Es entonces esta “izquierda” realmente de izquierda? A estas alturas, la pregunta es ya meramente retórica. Evidentemente, no lo es.

La autodenominada “izquierda liberal” o “liberalismo de izquierda”, o también llamada “centro-izquierda” (apelando a una presunta neutralidad) o, de modo más patético aún, “izquierda democrática” (como si fuera del margen puesto por la derecha no hubiese democracia), es en realidad una “derecha de avanzada”, con sensibilidad social pero defensora en última instancia de lo que usualmente se conoce como capitalismo avanzado o tardío. Es en esta derecha, que a lo más llega a ser progresista de un modo bastante confuso, donde en realidad están ubicados los que son calificados también como “izquierda caviar”. Incluso este término da cuenta de la diferencia entre derecha e izquierda, pues en nuestro país, en el que la izquierda real es casi inexistente, suele ser usado sólo por la derecha, pero nació siendo utilizado por la izquierda francesa y el uso desde ese lado, aún hoy, es otro y mucho más claro y preciso. Lo que vemos en el Perú, pues, es una pugna ya larga entre una derecha “bruta y achorada”, lo que en términos menos panfletarios sería una derecha reaccionaria, plenamente anti-igualitaria y en el fondo autocrática (a veces ni tan en el fondo), y otra derecha liberal, progresista, muy igualitaria en cuestiones morales pero no tanto en cuestiones económicas. Dicho progresismo, además, es confuso porque se basa más en un sentimentalismo de la compasión universal que en un pensamiento crítico. Una pugna entre dos tendencias de la derecha: eso es. Por su parte, la izquierda peruana está también dividida (vaya novedad) entre quienes andan políticamente perdidos, no saben muy bien cómo “adecentarse” y lo hacen con un partido (Fuerza Social) que deja de ser partido en tiempo récord y que, aún así, los bota cuando ya no le sirven, y los pocos que sí hacen una pequeña labor de izquierda a través de los sindicatos, por ejemplo, o de los movimientos campesinos.

No deseo extenderme en esto que sí debe ser analizado con más detalle pero no acá, pues a lo que quería ir es a identificar tres, sólo tres ejemplos que muestran que la alcaldesa de Lima y sus defensores acérrimos de “izquierda” no sólo no son de izquierda por lo antes dicho, sino que, además, no tienen una auténtica preocupación social o, en todo caso, que la ponen entre paréntesis con mucha naturalidad cuando no les conviene.

Ejemplo 1: Los parados de La Parada

La alcaldesa Villarán quiere ordenar la ciudad y continuar con las obras que empezó su antecesor. Loable y necesaria labor. Les dijo a los transportistas que no podían competir con la ruta del Metropolitano por el contrato que había firmado la Municipalidad, los sacó de esa ruta, hizo propaganda de su “reforma del transporte” para obtener respaldo ciudadano, y, al final, los transportistas volvieron a la misma ruta, sin que la Municipalidad haga ya algo y sin que sus seguidores, tan prestos para la publicidad por el NO, hagan tampoco algo al respecto (como una campaña de los mismos ciudadanos en las calles, por ejemplo). Luego fue a botar a los comerciantes de La Parada para que se vayan al nuevo mercado mayorista de Santa Anita. Lo empezó a hacer de un modo “democrático”, según sus entusiastas; es decir, no los botó, sólo prohibió a los camiones que ingresaran. El operativo posterior, como es público, fue un fiasco y ella tuvo que asumir su responsabilidad. Ni siquiera el alcalde de La Victoria estaba enterado del operativo que habría en su distrito. Lo que, sin embargo, pasó desapercibido para Villarán en todo momento fue el destino de los comerciantes minoristas, aquellos que estaban impedidos de integrarse al nuevo mercado y que eran los más vulnerables, los de menos recursos, los que su propia teología liberacionista le exhortaba a proteger. Ni siquiera por eso. Tuvo la derecha que, estratégicamente desde luego, ponerse del lado de los minoristas y tuvo que generarse revuelo en la prensa, para que recién la alcaldesa, luego de decir que para ellos habría otros lugares, diera su brazo a torcer y, con el gesto “democrático” que la caracteriza, los aceptara también en el mercado de Santa Anita.

No sé cuántas veces, innumerables ya, le he escuchado a la alcaldesa ponerse en los pies —o eso decía al menos— del ama de casa, la de Carabayllo, la de Comas, la de San Juan… No obstante, en lo de La Parada tampoco pensó en las amas de casa o en las muchas personas que no van a supermercados y que compraban ahí sus productos para sus casas o bodegas porque les salía mucho menos costoso. El pueblo con pocos recursos, no importa. Como diría cualquier facho: el orden es lo esencial. Pero como el dios de los liberacionistas es juguetón y el peruano es fiel al libre mercado, terminó creándose La Paradita, con lo cual la autoridad, una vez más, terminó quedando en ridículo.

"Peso importante", caricatura de Carlos Lavida publicada en El Otorongo.

“Peso importante”, caricatura de Carlos Lavida publicada en El Otorongo.

Ejemplo 2: Lo que el río se llevó

Villarán no tiene mala voluntad, de eso no hay ninguna duda. Pero a veces tampoco tiene una voluntad firme cuando debe, como con la empresa brasilera contratada por la Municipalidad para el Proyecto Vía Parque Rímac. El problema de fondo en lo que a esta nota interesa es éste: la alcaldesa se dice de izquierda pero, en lugar de defender los intereses públicos de los ciudadanos que votaron por ella, exigiéndole a la empresa explicaciones claras y convincentes en nombre de esos ciudadanos por los claros errores cometidos, prefirió ponerse del lado del capital privado y defender al contratista como si fuese la misma Municipalidad la que hacía la obra, poniéndose a dar explicaciones que luego la quemarían a ella sola. Dijo que era una obra de gran ingeniería y que no se estaba filtrando más agua de la prevista para que pasara por los drenajes. Al día siguiente, se rompió el muro y el río inundó la obra. Lejos de corregirse ahí mismo, la señora Marisa Glave hizo el ridículo con una defensa más cerrada todavía, afirmando que esas inundaciones estaban perfectamente previstas y que no había ningún problema, mientras que en la otra mitad de la pantalla se veía a los trabajadores tratando de recuperar los vehículos y máquinas que habían quedado en medio del río, y mientras se mostraba en las redes que en el plan de la concesionaria no había prevista una inundación. Con ello, Villarán y su equipo no sólo demostraban que no tienen astucia para saber torear las situaciones adversas adecuadamente, sino que, sobre todo, tampoco tienen las cosas claras respecto a su lugar como funcionarios y la importancia que tiene para una autoridad que realmente es de izquierda el mantener la independencia de la institución pública sin convertirla en protectora de los intereses de las grandes empresas, como hace por otro lado el Gobierno central prestándole policías a las grandes mineras. Y es que no es sólo una cuestión de olfato político o de “mala comunicación”, como se dice. Es una cuestión de incoherencia entre lo que se dice ser y lo que se es.

Caricatura de Andrés Edery publicada en El Otorongo.

Caricatura de Andrés Edery publicada en El Otorongo.

Ejemplo 3: El soldado desconocido

Si salen revocados la alcaldesa y todos los regidores actuales, entraría como alcalde provisional el primer accesitario por Fuerza Social, el mismo que, según los seguidores de Fuerza Social, es un desconocido al que no han elegido. Resulta que en Fuerza Social, que ya no es partido por no pasar la valla electoral, dicen estar haciendo una política seria, no como “la tradicional”, y sin embargo no sólo no conocen a la gente de su lista a la que, de ser así, sólo habrían metido para llenar cupos, sino que, además, tienen la irresponsabilidad de decir que a él no lo eligieron. Bonita seriedad. Cuando se elige una autoridad se elige también a todo su equipo y a todos los regidores, incluso a los que quedan como accesitarios. Es sumamente irresponsable decir: “yo no conozco a este señor que fue en mi lista”. En realidad no es que no conozcan a Fidel Ríos Alarcón, al menos la cúpula de Fuerza Social sí lo conoce, lo que pasa es que les conviene presentarlo como alguien enteramente ajeno, extremista (por ser del Partido Comunista Peruano, aliado de Fuerza Social en la campaña) y, en buena cuenta, apelar al miedo, ese viejo enemigo durante la campaña. Así es la política para Fuerza Social, tan fluctuante según las conveniencias como puede serlo para el APRA, por ejemplo. Si en verdad están comprometidos con la ciudad, como dicen, y si finalmente sale revocada Villarán, sería bueno que ofrezcan su ayuda a la gestión temporal que tendría Ríos, en lugar de anunciar para la ciudad el caos y el terrible comunismo.

Ahora bien, todo ello es entendible dentro de la lógica de una campaña y siendo que en Fuerza Social nunca se han sentido peculiarmente allegados a los grupos socialistas o comunistas (en su interior respaldaron de manera casi unánime la decisión de Villarán de separarse de ellos). Lo que sí resulta francamente penoso es que supuestos líderes jóvenes de “izquierda” apelen a lo mismo. ¿Alguien que pretende ser de izquierda, que pretende un rol protagónico en ella y que dice: “ténganle miedo al comunismo”, “yo no conozco a estos del PCP”? ¿Es en serio? Lamentablemente, sí. ¿Se imagina a Camila Vallejo diciendo lo mismo en Chile? Felizmente, no. Por allá sí hay una tradición de izquierdas sólidas y coherentes.

Caricatura de Andrés Edery publicada en El Otorongo.

Caricatura de Andrés Edery publicada en El Otorongo.

A modo de conclusión

Con todo lo escrito —perdón por la extensión—, lo menos que puede permitirse una izquierda sensata en el Perú es abrazar sentimentalmente una causa que le aparta claramente de aquello a lo que está llamada a criticar. Incluso, ya puestos en ello, supongamos que por su debilidad y la necesidad de buscar aliados donde pueda, incluso entre quienes antes los botaron, tampoco es sensato que su apoyo sea un cheque en blanco, sin condiciones, sin una agenda propiamente de izquierda. Hay causas de la izquierda que sobrepasan a Villarán o a quien finalmente ocupe el sillón municipal. Esas causas, con el viejo espíritu crítico de Marx y no con el demagógico de Levitsky, debieran ser el derrotero de toda izquierda moderna en todo curso de acción. De lo contrario, su destino sólo podrá ser la mediocridad y la hipocresía cómplice con el status quo que Mariátegui, al referirse al “socialismo reformista”, tanto detestaba.

“Lima, la horrible” vs. Marca Perú-Alan 2016. El poeta Alejandro Susti aclara a la señora de García

El amor a su hijo Federico Dantón no es lo único que comparten el ex-presidente Alan García con su nueva mujer, la economista Roxanne Cheesman. También los une una visión superficial del país en la que —tras el segundo mandato de García, claro— todo es color de rosa. En esa misma línea, la vieja Ciudad de los Reyes, de la mano de sus reyes García y Castañeda, parece haberse convertido, sin que los “pesimistas” nos demos cuenta o lo aceptemos, en un paraíso terrenal donde —como en el vals, con la diferencia que ahora sería real— las carreteras corren solas y hay grifos más de cien mil. Al menos esto es lo que nos quiere hacer creer la señora Cheesman en su artículo de opinión publicado el 19 de enero pasado en el diario El Comercio.

Seguramente Cheesman, como sucede con García, cree que su percepción de la realidad es incontrovertible porque se basa en datos económicos que, por su propia naturaleza, son absolutamente objetivos; tanto como que los ángulos de todo triángulo suman 180 grados y que las rectas paralelas nunca se cruzan. Bien podía Descartes, en el siglo XVII, pretender una certeza como la que en su tiempo tenían las matemáticas, pero resulta que en la geometría actual (post-euclideana) un triángulo puede tener menos o más de 180 grados en la suma de sus ángulos y es discutible que existan líneas paralelas. Lo mismo ocurre con la actual lógica paraconsistente que, a diferencia de la lógica clásica, sí admite la contradicción. Pero García, tan dogmático en la década de 1980 como en la del 2010, defiende una visión positivista que le va bien a su modo prepotente de hacer política y a su carácter egocéntrico. Por otro lado, en cuestión de estadísticas, García ha demostrado ser tan objetivo que, al terminar el gobierno del ex-presidente Toledo, dijo que la reducción de la pobreza había sido menor al 6% que Toledo anunciaba, pero, al evaluar su propio mandato y exagerando en 8% sus cifras, usó un método que le daba al gobierno de Toledo una reducción del 10%. En realidad, no es necesaria la lógica paraconsistente para saber que así de inconsistente es la política y, particularmente, el APRA (las bases epistemológicas de esto las propuso el novelista Ciro Alegría cuando cuestionó el carácter acomodaticio de la “filosofía” espacio-temporal de Haya de la Torre).

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García no es tonto. A nadie le conviene más que a él que en el imaginario popular se sedimente la idea de que el Perú realmente avanzó durante su mandato. Y así como utilizó a su esposa, Pilar Nores, para representar el papel de matrimonio ejemplar en las elecciones del 2006, así también se sirve ahora de la ingenuidad de Cheesman para, sin ser él mismo, seguir con su campaña de saludable, alentador y desinteresado optimismo que, en el fondo, tiene por objetivo último nada menos que —según lo que él mismo ha afirmado— inscribirlo en la historia peruana como un presidente exitoso y, si lo creyese “necesario”, volver a postular para un tercer mandato. Pero incluso un turista se da cuenta de los problemas y las taras de los limeños que la señora Cheesman quiere ignorar porque siente que evidenciarlas le hace mal al turismo y a sus propias ganas de salir adelante. La superficialidad en que quiere colocarnos Cheesman (con ecos del decimonónico psicologismo naturalista de García, cuando se lamentaba de la depresión andina) consiste en identificar crítica y duda con desánimo, inacción o abandono; como si el “progreso” fuese posible sólo si nos dejamos poseer por un optimismo acrítico, con clichés de autoayuda como “querer es poder” o “mi país es el mejor del universo”. Lo cierto es que ese optimismo sólo sirve para tranquilizar a los espíritus mediocres que no se atreven a confrontarse con sus problemas más hondos. Pero la economista Roxanne Cheesman, que parece haber descubierto la piedra filosofal, cree que la miopía es una mejor opción. Por eso se atreve a cuestionar el brillante ensayo de Salazar Bondy que lleva por hermoso y preciso título “Lima, la horrible” (y no sólo el cliché popular derivado del mismo), creyendo que a partir de lo que ella buenamente entiende del título, sin saber siquiera cuándo fue escrito ni haberlo leído (al menos no con un mínimo de comprensión lectora), puede ya alegremente contestarle y cuestionar su falta de proyección a la Lima moderna y bella que hoy tenemos (¿tenemos?).

El poeta y catedrático Alejandro Susti ha enviado a El Comercio una aclaración en la que, concisa y claramente, muestra que el ensayo —y el título— de Salazar Bondy están más vigentes que nunca precisamente ante expresiones como las que hace la señora Cheesman.

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Cuando reconocía públicamente su relación extramarital y su nuevo hijo, García calificó a Roxanne Cheesman como una “mujer de altas cualidades”. Sería la ceguera del amor, porque el simplismo no es precisamente una “alta cualidad”. En todo caso, volviendo sobre el vals en mención, si quiere García agradecer a su nueva mujer por la sutil campaña, bien puede prometerle en las próximas elecciones construir “escuelas para analfabetos / que hayan terminado segunda instrucción”.

Esta es la carta del poeta Susti:

CARTA DEL POETA ALEJANDRO SUSTI AL DIARIO EL COMERCIO

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Lima, 23 de enero, 2013
Sr. Director de El Comercio
Pte.

Le escribo la presente carta para expresar mi preocupación en relación con el artículo publicado el día sábado 19 de enero en el diario que Usted dirige, “Lima es cada vez más bella” de Roxanne Cheesman. En el mismo, la autora hace referencia al libro del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy (1925-1965), Lima, la horrible, y demuestra una completa ignorancia respecto a las ideas e intenciones del ensayista así como el contexto en que dicho texto fue escrito.

En primer lugar, la autora comete una serie de imprecisiones cronológicas que desacreditan sus argumentos. Sostiene, por ejemplo, que “…Salazar Bondy solo vio la fotografía de Lima de los setenta pero no imaginó su evolución”. Afirmaciones como ésta dan la impresión de que la autora no se ha informado acerca de la fecha en que fue publicado dicho texto (1964) y aquella en la cual su autor falleció (1965).

En segundo lugar, la autora afirma que la frase que da título al libro “Lima, la horrible” … “solo es una frase deprimida para una ciudad en camino a la prosperidad, mestiza y bella”, con lo cual parece sugerir que el texto de Salazar Bondy fue producto a un estado de ánimo “depresivo”, estado que además habría compartido con todos los demás intelectuales de la época (entre ellos Mario Vargas Llosa a quien se debe una de las frases que cita): “Una de las tantas frases que nuestra «inteligentzia» repite en los cafetines, como cuando se pregunta «en qué momento se jodió el Perú» o afirma que «donde se pone el dedo brota el pus». Para la autora, la vigencia de la obra de Salazar Bondy –y, de paso, la de los intelectuales de nuestro país– consiste en dar una visión “pesimista” de la realidad peruana que contrasta significativamente con la imagen pintoresca y triunfal de Lima que ella produce al final de su texto: “Lima tiene el mayor puerto sudamericano, es la única capital con una hermosa bahía e incluso sus grandes vías guardan una lógica milenaria…”.

Ciertamente, la autora ignora por completo en qué consiste el objetivo de los textos ensayísticos que pretenden entender mejor la realidad de nuestra ciudad, ciudad que ella reduce a una imagen turística y “bella”. En el caso de Lima, la horrible conviene aclarar que Salazar Bondy escribió ese texto para entender mejor el mito de la “Arcadia Colonial” y de qué manera la clase dominante de nuestra ciudad se negaba a aceptar, a mediados del siglo XX, los cambios que estaban transformando por completo su rostro. La vigencia y actualidad de Lima, la horrible es, por ello, innegable: se trata de uno de los primeros ensayos en Latinoamérica en abordar las contradicciones inherentes a la modernización de nuestros países; ello, sin embargo, pasa completamente desapercibido para la autora del artículo.

En otros pasajes del artículo, la señora Cheesman sostiene afirmaciones como ésta: “Lima es bella porque es la ciudad nacional de la raza global. A la mezcla de todas las provincias se suma la de las razas: indios, españoles, africanos, chinos, italianos, japoneses, árabes y semitas, un mestizaje con el que hemos ganado la riqueza culinaria”. Esta visión de la ciudad ignora por completo los conflictos (raciales, sociales, económicos, entre otros) que también forman parte de la realidad de nuestra ciudad, conflictos cuya mención se hace absolutamente necesaria si es que se pretende dar una imagen completa y fiel de ella; es más, las palabras que vierte la autora sugieren la idea de que el logro fundamental de esa ilusoria armonía que plantea consiste básicamente en que ahora “comemos mejor que antes”.

No quiero extenderme más no sin antes mencionar que la conclusión con la que se cierra resulta el texto es por demás hilarante: “No, Sr. Salazar, Lima es cada vez más bella y ello por la obra de su pueblo”. A estas alturas habría que preguntarse si la señora Cheesman hace precisamente con su artículo lo que el escritor Sebastián Salazar Bondy ya había demostrado casi cincuenta años antes que ella: que los mitos que ofrecen una visión ilusoria y atemporal de la ciudad están siempre condenados al olvido y que los frutos de la inteligencia son siempre más duraderos que las palabras de los oportunistas.

Profesor Alejandro Susti Gonzales
Pontificia Universidad Católica del Perú
DNI 06342352

“Algunas ideas sobre lo que ocurre en Israel y en los territorios ocupados” por Farid Kahhat

1.- Las investigaciones independientes sobre la invasión israelí de entre 2008 y 2009 (tanto la de Naciones Unidas, presidida por un juez sudafricano de religión judía apellidado Goldstone, como la de Amnistía Internacional), encontraron pruebas suficientes como para afirmar que ambos bandos (es decir, Israel y Hamas), cometieron crímenes de guerra. Creo que cualquier investigación independiente concluiría lo mismo hoy.

2.- Si bien ambos bandos cometieron crímenes de guerra durante la invasión de 2008-2009, las responsabilidades no son simétricas: murieron más de 1,300 palestinos (la mayoría civiles, más de 400 de ellos menores de edad), y 13 israelíes (tres de los cuales eran civiles). Las víctimas civiles del conflicto siempre han sido en una abrumadora proporción palestinas.

3.- Israel alega hoy, como entonces, que Hamas emplea a civiles palestinos como escudos humanos: el informe de Amnistía Internacional sobre la invasión de 2008-2009 acusa a Hamas de realizar acciones armadas desde las inmediaciones de zonas pobladas, pero no de emplear a civiles como escudos humanos. Sí acusa en cambio a Israel, y de manera explícita, de emplear a civiles palestinos como escudos humanos. Esa acusación es corroborada por un fallo de la Corte Suprema de Israel de 2005 que anula una directiva militar que permitía el empleo de civiles palestinos como escudos humanos (ver la cobertura del diario español El País en el siguiente link:

http://elpais.com/diario/2005/10/07/internacional/1128636009_850215.html.

4.- Israel alega que, mientras Hamas busca deliberadamente causar daño a los civiles israelíes, sus fuerzas armadas hacen esfuerzos para evitar causar daños entre los civiles palestinos. Esta segunda parte del alegato es falsa: tanto el Reporte Goldstone como el de Amnistía Internacional encuentran evidencia del empleo por parte de Israel de fósforo blanco (un arma indiscriminada por naturaleza), contra zonas urbanas en Gaza. Israel no sólo provoca la muerte de un número mucho mayor de civiles que Hamas: los menores de edad son una proporción mayor del total de víctimas civiles causadas por Israel, en comparación con la proporción de menores de edad entre las víctimas civiles causadas por Hamas. Por último, hasta donde sé, ningún soldado israelí ha sido condenado a penas de prisión por la muerte de civiles palestinos en los últimos años.

5.- La franja de Gaza está sometida a un bloqueo ilegal por parte de Israel. Si bien Israel alega que su propósito es impedir el ingreso de armas en la zona, restringe también el ingreso de bienes para uso civil, como materiales de construcción (razón por la cual miles de familias palestinas no han podido reconstruir sus viviendas desde el 2009), e incluso alimentos: un documento oficial del gobierno israelí (que fue hecho público por orden judicial), revela que especialistas de ese país calcularon el número de calorías que debía consumir la población de Gaza para evitar una desnutrición generalizada. Ese reporte tenía como objeto dosificar el ingreso de alimentos a la franja (pueden ver el reporte de la BBC al respecto en el siguiente link:  http://www.bbc.co.uk/news/world-middle-east-19975211).

6.- La fuente fundamental del conflicto es que Israel ocupa militarmente territorio palestino, lo coloniza, y construye en él un muro que daña gravemente las condiciones de vida de la población palestina. Que esas prácticas violan el derecho internacional no es, como pretende Israel, un tema en controversia. Por sólo citar dos ejemplos, la Resolución 446 del Consejo de Seguridad de la ONU (del que forma parte como miembro permanente con derecho a veto Estados Unidos, principal aliado de Israel, que sin embargo no vetó el proyecto):

“Determines that the policy and practice of Israel in establishing settlements in the Palestinian and other arab territories occupied since 1967 have no legal validity and constitute a serious obstruction to achieving a comprehensive just and lasting peace in the Middle East”.

Sobre el muro, la Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia con sede en La Haya (la misma que verá el diferendo marítimo entre Perú y Chile), dice a la letra lo siguiente:

“The construction of the wall being built by Israel, the occupying Power, in the Occupied Palestinian Territory, including in and around East Jerusalem, and its associated regime, are contrary to international law”.

7.- Los palestinos bajo ocupación israelí no sólo son víctimas de la confiscación de sus tierras (contraviniendo las Convenciones de Ginebra), sino además de la destrucción sistemática de sus viviendas y cultivos. Según el proyecto “Demolition Watch” del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), “La práctica israelí de demoler casas, infraestructura básica y fuentes de subsistencia sigue devastando a las familias y comunidades palestinas de Jerusalén Este y del 60% de Cisjordania controlado por Israel”. El informe añade que, según la política de zonificación israelí, los palestinos solo pueden construir en el 13% de Jerusalén Oeste y el 1% de la parte de Cisjordania bajo su control, y que “Más del 94 por ciento del total de solicitudes palestinas para obtener permisos (de construcción) han sido rechazadas en años recientes”. Por ello “Naciones Unidas estima que entre el 28 y el 46 por ciento de las viviendas palestinas podrían estar bajo riesgo de demolición”.

8.- Pese a todo ello, según un informe de 2011 del Banco Mundial (V., “Coping with conflict? Poverty and inclusión in the West Bank and Gaza”), “Pese a las severas restricciones israelíes, Cisjordania y Gaza tienen un desempeño superior al de países con un ingreso per cápita similar (…), y de hecho está a la par con el de países mucho más ricos como Turquía y Jordania”.

9.- La Autoridad Nacional Palestina (que merece en mi opinión severas críticas en otros temas), condena sin cortapisas las acciones de Hamas contra civiles israelíes. Lo que pretende defender son los derechos de la población civil palestina, históricamente la principal víctima de todo lo dicho.

No mentirás, arzobispo

La Iglesia católica ha adoptado como propio el mandamiento del Éxodo: “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20, 16). La fórmula catequética, tanto más general, exhorta: “No dirás falso testimonio ni mentirás” (Catecismo de la Iglesia católica, 2051). Sobre esta base, el mismo Catecismo precisa la gravedad de la mentira para un miembro de la Iglesia: “Las ofensas a la verdad (…) son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza” (2464). En consecuencia, un discípulo de Cristo debe “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias” (1 Pe 2, 1). E incluso puede inferirse que es un falso discípulo el que miente contra su prójimo, pues “El discípulo de Cristo acepta ‘vivir en la verdad'” (2470).

La verdad cristiana está vinculada a la justicia y la caridad hacia el prójimo. Partiendo de Aristóteles, Tomás de Aquino señalaba que la virtud de la veracidad implica observar un justo medio según el cual se da al prójimo lo que le corresponde; es un acto de justicia (cf. Summa theologiae, 2-2, q. 109, a. 3). Por su parte, Ignacio de Loyola enfatizaba a la caridad como principio de la verdad: “Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla” (Exercitia spiritualia, 22). Esto significa que la manifestación y el testimonio de la verdad —que es Jesús mismo— está íntimamente relacionada con la distribución justa y con la apertura hacia el otro. Por ello mismo, como dice Juan, si se afirma estar en comunión con Cristo pero las acciones van en línea contraria, también se miente (cf. 1 Jn 1, 6). Es decir que la práctica en contra de la justicia y la caridad por parte de alguien que se dice cristiano es un testimonio en contra de la verdad, una mentira. Filosóficamente, se diría que se trata de una contradicción performativa.

Ahora bien, ¿qué sucede si el que miente contra su prójimo no sólo es discípulo de Cristo, sino, además, pastor de su Iglesia? Evidentemente el carácter de su mentira se agrava, al menos en términos morales, pues políticamente es más probable que por manejos de poder no reciba corrección o reprimenda alguna y, en consecuencia, la institución eclesiástica misma se vaya desprestigiando. Esto es lo que viene ocurriendo desde hace años con el actual arzobispo de Lima, Juan Luis cardenal Cipriani. Y en particular es el caso de su enfrentamiento contra la Pontificia Universidad Católica del Perú, que lo lleva a mentir reiteradamente. Por ejemplo, en un boletín oficial del Arzobispado se afirma lo siguiente:

1960
08/04/1960: Ley Universitaria reconoce pertenencia de la PUCP a la Iglesia Católica
La Ley Universitaria Nº 13417 reconoce la pertenencia de la PUCP a la Iglesia Católica. (Cfr. Ley Nº 13417. Art. 80º)

Curiosamente, para consumar el engaño, se ofrece la fuente de confrontación, como para que no se dude de su “veracidad”. Dentro de toda la información ofrecida por el Arzobispado en ese boletín, plagado de falsedades, esa es la más importante, toda vez que la única ley que manda para todas las universidades peruanas es la ley nacional universitaria. Sin embargo, si vamos al texto de la citada Ley Nº 13417, leemos lo siguiente sobre la PUCP:

Artículo 80º.- La Pontificia Universidad Católica del Perú quedará sujeta a las disposiciones del presente ordenamiento con las excepciones siguientes:

1.- Se gobernará por las autoridades que fije su Reglamento.

2.- Su personal directivo, docente y administrativo será designado en la forma que determina su régimen normativo interno, debiendo las personas designadas llenar los mismos requisitos que los fijados para las Universidades creadas por el Estado; y

3.- Los miembros de su personal no tienen carácter de empleados públicos.

La entidad a que se refiere el presente artículo, fijará las condiciones del ingreso de los estudiantes y del régimen de estudios y de exámenes, que no podrán ser menos exigentes que el de las Universidades del Estado.

Si bien había un régimen especial para la PUCP, este artículo no dice nada ni da a entender siquiera una supuesta “pertenencia a la Iglesia”. Al contrario, ese artículo se dirige a aclarar el carácter privado de la PUCP, por lo que en la Ley Nº 23733, que derogó a ésta, se suprime ese artículo y se incorpora (en el art. 6), como diferencia general para todas las universidades, la única diferencia entre régimen público, por un lado, y régimen privado por el otro. Y es tanto así, que el Arzobispado, que deliberadamente deja de lado la Ley vigente, no sólo miente respecto al contenido del artículo 80 de la antigua Ley, sino que, además, oculta el artículo 79 de la misma, en el que se afirmaba:

Artículo 79º.- La Pontificia Universidad Católica del Perú tiene carácter nacional.

La Ley es bastante clara. La interpretación del Arzobispado no se sigue del citado artículo y se contrapone más bien al artículo precedente, que es en realidad en el que se determina la “pertenencia” de la PUCP a la legislación nacional. Un buen hermeneuta del derecho no puede interpretar tan libremente el artículo de una ley, de modo tal que su interpretación contradiga explícitamente a otro artículo que arbitrariamente deja de lado. Y un buen hermeneuta del derecho sabe que resulta jurídicamente irrelevante lo que haya dicho una ley derogada, puesto que sólo mandan las leyes vigentes. Por si fuera poco, el Arzobispado, buscando un efecto meramente sofístico y con un cinismo desvergonzado, titula a su boletín: “En defensa de la verdad”. ¿Puede quejarse la Iglesia católica de las relativizaciones de la verdad cuando uno de sus pastores, al mentir reiteradamente, provoca ese efecto en su propia feligresía? No sorprende en esa línea tampoco que los conservadores, amparados bajo la sombra de la autoridad, cuando son arrinconados por los argumentos, terminen relativizando todo con la excusa de “cada quién tiene su opinión”. Lo cual, para ser honestos, debiera traducirse por: “ahora que no tengo a la Inquisición, cada quién tiene su opinión, así que no cambio la mía”. La metánoia que anunciaba Juan Bautista y que está a la base de la vida cristiana, que se vaya al diablo.

El propio Catecismo especifica el tipo de mentira del arzobispo Cipriani: la calumnia, que “mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos” (2477), como es evidente que hace el arzobispo para dañar la reputación de las autoridades de la PUCP, elegidas por Asamblea como manda la ley nacional. Y siendo que la calumnia lesiona “las virtudes de la justicia y de la caridad” (2479), se trata de una mentira grave, pues “llega a ser [pecado] mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad” (2484). Por su parte, no le vendría mal a Rafael Rey, escudero y adulón del arzobispo con la excusa de que la Iglesia manda ser “dócil” con la autoridad, recordar que el Catecismo exige proscribir “toda palabra o actitud que, por halago, adulación o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves [como es el caso]” (2480).

Jesús observaba que sus discípulos debían ser reconocidos por sus actos, no por la autoridad que alguien le hubiese conferido. Tanto es así, que aplicaba esto para sí mismo. Es por lo tanto legítimo cuestionar que alguien nombrado como pastor de la Iglesia lo sea realmente si vive en la mentira y la vanagloria. En ese caso, se le aplican las propias palabras de Jesús: “Vuestro padre es el diablo […] porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44).

La “frivolidad” como liberación. Brigitte Bardot entre Nietzsche y De Beauvoir (sumilla)

Los próximos 19, 20 y 21 de noviembre se realizará en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos la Primera Jornada de Estudios de Género: “Feminismo y Estudios de Género en debate”, organizado por el grupo de estudios de género “Rikchary Warmi”. Allí presentaré una ponencia que apunta a observar las diferencias entre una adhesión dogmática y una adhesión crítica al feminismo. Desde ya están cordialmente invitados. Copio a continuación mi sumilla:

La “frivolidad” como liberación. Brigitte Bardot entre Nietzsche y De Beauvoir

Arturo Rivas Seminario

En 1956, Brigitte Bardot protagonizó el largometraje Y Dios creó a la mujer. A partir de entonces, su nombre despertó los más acalorados debates y censuras en todas partes del mundo. Los conservadores la tenían por causante de toda inmoralidad y depravación; para los jóvenes era un modelo de libertad y vitalismo bohemio; y para la mayoría de feministas era una frívola cómplice de la objetivación de la mujer propia de la sociedad patriarcal. Sin embargo, una de las principales escritoras feministas, la filósofa Simone de Beauvoir, en su ensayo Brigitte Bardot y el sindrome de Lolita, la defendió como la figura más plena de liberación de la mujer, elevándola a la vez a ícono del existencialismo. La presente ponencia contrapone ese feminismo crítico de De Beauvoir y el feminismo dogmático que reduce las complejidades de la liberación femenina, simplifica las relaciones dialécticas entre hombre y mujer, y suprime con severo moralismo la esfera de la corporalidad. En ese sentido, el “cas Bardot” sirve incluso hoy de idónea piedra de toque para un feminismo crítico que, sin recaer en la frivolidad de la sensibilidad y el deseo ingenuos, se aproxima decididamente, por medio de la dialéctica hegeliana del reconocimiento, a un vitalismo como el de Nietzsche, que se coloca más allá de la misma eticidad. Por ese motivo se abordarán también las críticas que este filósofo hizo al incipiente feminismo de su época, así como el sentido liberador de las figuras femeninas que él apreciaba.

 

 

 

 

Actualización 14/11/2012:

Ya está confirmado el Programa. Mi mesa será el lunes 19 a las 17:00 horas, en el Auditorio Auxiliar (2do. piso) de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM.

Sobre un comentario de León Trahtemberg y la falacia de bifurcación

El maestro León Trahtemberg, que sin duda alguna es quien más y mejor piensa la realidad educativa actual, ha comentado en las redes lo siguiente:

LAS ESCUELAS SE ESPECIALIZAN EN CREAR ALUMNOS QUE SE SIENTEN INCOMPETENTES Y FRUSTRADOS

El común de los colegios ¿qué hace sentir a los alumnos: competentes o incompetentes? Si tienen dificultades en matemáticas les exigen que estudien más matemáticas, en vez de animarlos a sobresalir en arte o historia, áreas en la que muestran gran talento. Y de modo análogo en otras áreas: dedícate a lo que no te va bien, a tus debilidades, en vez de dedicarte a aquello en lo que te va bien, a tus fortalezas.

Y aquellos alumnos que se sienten incompetentes ¿por qué habrían de disfrutar de la escuela que los atosiga con más exigencias que afianzan su sentimiento de incompetencia? No se trata de alentar una educación del tipo “haz lo que quieras, siéntete feliz”. Se trata de producir una educación que coloque retos al alcance de los alumnos que los haga sentir competentes, porque hacen cosas relevantes para sus vidas; les enseña a pensar como piensan los historiadores o los científicos (en vez de pensar memorísticamente como los monos o repetir clisés como los papagayos). (20/10/2012)

Se trata de un breve comentario de esos que uno hace casi al desgaire, es cierto, pero aun así me parece que vale la pena observar su error argumentativo, sobre todo porque mucha gente asiente con él.

El argumento es sencillo: La escuela peruana fomenta el sentimiento de incompetencia porque está diseñada de modo tal que exige que los alumnos se enfoquen en sus debilidades, en lugar de enfocarse en sus fortalezas.

Que nuestras escuelas no atiendan la diversidad de potencialidades que tiene cada alumno, eso es plenamente cierto. Se parte de una idea preconcebida de lo que debe saber todo alumno por igual. Con ello, se elude tener que recurrir a la historia de cada alumno en particular, a menos, claro, que se trate de un caso “problemático”. Dos cosas alimentan esto: el facilismo y el objetivismo a los que nos hemos acostumbrado. Es mucho más fácil y da una mayor sensación de seguridad (aparente, desde luego), tanto para director como para docentes, e incluso para padres de familia, que la directiva sea: “toma una evaluación objetiva cada semana para ver con claridad si están aprendiendo”, en lugar de: “infórmame cada mes sobre las potencialidades y las debilidades de cada uno de tus alumnos y adecua tu enseñanza a sus ritmos y necesidades”. Lo último, es decir, una educación personalizada, requiere desde luego otras reformas importantes que, al no brindar resultados tangibles en el corto plazo, no se implementan nunca. Por ejemplo, que cada salón no tengan 50 o 60 alumnos, sino, a lo más, veinte. Por supuesto que ello va de la mano con más profesores, mejor capacitados y, sobre todo, mejor pagados. El sueldo de un maestro de escuela pública en el Perú es una vergüenza incluso en comparación con nuestros vecinos latinoamericanos. ¿Cómo podemos exigir que los que nos ayudan a formar a nuestros hijos en saberes especializados lo hagan bien si les pagamos menos que al que nos arregla el sanitario? Entretanto, los defensores de la injusticia social quieren convencernos de la santidad del oficio del maestro para que se justifique el abuso en su contra como un santo martirio. En fin…

Volviendo sobre el punto. La necesidad de personalizar (des-objetivar) el sistema educativo y así ayudar a cada alumno en la medida de sus posibilidades reales, es urgente; de eso, como he dicho, no cabe duda. No obstante, hay un error implícito en lo que sostiene Trahtemberg y ese error lógico consiste en una bifurcación: o se potencian las debilidades o se potencian las fortalezas. O lo uno o lo otro. En realidad, como casi siempre, existe una tercera opción: hacer ambas cosas. No por hacer que un alumno hábil en historia desarrolle más esa fortaleza, sin obligarlo a quedarse en una media que él ya ha superado, hay que dejar de exigirle mejorar su capacidad de análisis matemático en el que puede tener dificultades. Lo uno puede y debe ir junto a lo otro. El asunto es no utilizar un criterio objetivista y para ello el sistema educativo no puede fomentar que el profesor vaya dejando de lado a los “lentos” o “incapaces”.

Por otro lado, enfocarse sólo en las fortalezas y habilidades desarrolladas hasta ese momento por el alumno, desatendiendo sus debilidades, no es sólo un error lógico, sino que implica olvidar también que esas habilidades las ha desarrollado precisamente con un esfuerzo sostenido en el tiempo. El aprendizaje es siempre un proceso y no un estado final. Eso significa que no podemos saber si en el futuro el alumno que es ahora poco hábil en matemáticas, llegue quizá a ser un matemático brillante luego de la escuela. Las exigencias deben mantenerse, pues, en ambos casos, pero de un modo personalizado.

Otro problema que el comentario de Trahtemberg deja abierto es en función de qué se determinan las “cosas relevantes para sus vidas”. Eso no puede quedar a juicios de los alumnos (o de los padres), que por su misma edad probablemente estén muy determinados por lo práctico y lo inmediato, que es además a lo que nos acostumbra nuestro entorno social. Si de pragmatismo se trata, debo señalar que en mi vida las matemáticas no tienen ninguna importancia más allá de algunas operaciones básicas que uno siempre hace. Sin embargo, con ello no estaría reparando en el aspecto pre-consciente en el que aquello que he aprendido, que puede ser poco práctico y que puedo incluso haber olvidado, sigue sin embargo influyendo de manera indirecta en quien soy actualmente. Yo aprendí eso de mi abuelo paterno, cuando me hizo notar que quizá no volvería a ver en toda mi vida un logaritmo, pero que, a pesar de ello, ya habría ganado mi mente una capacidad de abstracción que antes no tenía y que sí me serviría para resolver casos como abogado. Los “educadores” de las universidades que critican la formación de estudios generales de otras universidades y se jactan de “no perder el tiempo”, no han comprendido tampoco nada de esto; dicen ser innovadores, pero su idea de educación se ha quedado en el positivismo del siglo XIX.

Además Trahtemberg se refiere a las matemáticas por un lado y a las artes e historia por el otro como ejemplos de disciplinas enteramente opuestas. Su comentario dice al final que hay que renunciar a los clisés, pero ellos no están tan sólo en el memorismo predominante en nuestras escuelas, sino también en algunos presupuestos que, en este comentario al menos, él avala. Ese presupuesto es el de la división de las disciplinas según el modelo de la educación clásica, que es meramente multidisciplinaria: enseñar varias disciplinas a la vez, dejando que el modo como ellas se vinculen quede en el misterioso desarrollo de cada uno. En ese sentido, desde luego que es comprensible oponer una con otra. Pero si hay algo que la teoría del conocimiento actual remarca decididamente, eso es la necesidad de relacionar las distintas áreas y formas del conocimiento. Esto por la sencilla razón de que nuestra conciencia, por más modular que sea el cerebro, opera siempre sobre un trasfondo unitario, incluso en las personas con problemas neurológicos. Nosotros abstraemos y separamos campos sólo para identificar y conocer mejor sus elementos y funcionamiento, pero olvidamos eso y llegamos a creer que están así, efectivamente separados en la realidad, siendo la realidad más bien el entretejimiento de la conciencia toda. Es necesario, pues, que la educación pase de un modelo multidisciplinario a uno más interdisciplinario. Y en ese sentido, lo que las matemáticas tienen para aportar al arte (y viceversa), más allá de diferencias temáticas o metodológicas, no es poca cosa. Un alumno que aprende a integrar toda su educación en quien es y quien quiere ser, está en clara ventaja frente a aquél que sólo refuerza un área determinada o varias áreas aisladas.

¿Cómo debería ser el futuro de la PUCP? por Marcial Blondet

El profesor Mario Castillo Freire, en un artículo publicado en El Comercio el 3 de octubre, sugiere que para que la PUCP siga siendo católica, ella debe adecuar su estatuto a la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae (ECE). Me sorprende que el doctor Castillo, siendo abogado y profesor principal de la Facultad de Derecho, no se haya tomado la molestia de leer cuidadosamente ambos documentos para comprobar si el estatuto concuerda (o no) con ECE. El estatuto de la PUCP es, en su esencia, acorde con ECE. Solo faltaría realizar algunos ajustes mínimos al texto sobre asuntos cotidianos de la vida universitaria para que la concordancia sea perfecta. Sin embargo, esto no es suficiente para el Arzobispo, quien exige además que la PUCP esté sometida a su autoridad en temas que no están en ECE, como la elección del equipo rectoral, la aprobación del estatuto, y el control académico, administrativo y económico de la universidad.

El colega afirma también que la PUCP tiene naturaleza dual, pues está sometida simultáneamente a los mandatos de la Santa Sede y a las leyes peruanas. Eso es falso. La PUCP tiene naturaleza jurídica única como institución sin fines de lucro que se rige por las leyes peruanas y por su propio estatuto. Lo que sugiere el artículo al que nos referimos (y también el Arzobispo), que la Santa Sede escoja a los rectores y vicerrectores de entre una terna propuesta por la Asamblea Universitaria, es ilegal pues viola la Ley Universitaria del país, que claramente indica que los rectores y vicerrectores son elegidos por la Asamblea Universitaria.

Le preocupa también al profesor que algún enemigo de la Iglesia Católica pueda ser elegido rector o vicerrector. Sus temores son infundados, pues todos los profesores hemos jurado respetar la identidad católica de la universidad. Si hubiere algún docente enemigo de la Iglesia Católica, él o ella deberían renunciar a la universidad. Este compromiso garantiza plenamente que cualquier docente que cumpla con los requisitos estatutarios pueda ser miembro legítimo del equipo rectoral, tal como ha sucedido durante las últimas décadas. No hay necesidad alguna de que los candidatos rectorales demuestren públicamente su devoción católica y que expongan que llevan una vida acorde con el magisterio de la Iglesia.

La libertad de cátedra en la universidad es absoluta. Dentro del aula se puede discutir sobre cualquier tema, inclusive aquellos desagradables a la Iglesia Católica. En la universidad no atacamos principios, lo que hacemos es discutir, polemizar y enriquecer el debate. Eso es parte esencial de una universidad.

Estoy totalmente de acuerdo con el profesor Castillo en que en la PUCP se respete completamente la libertad de credo y de pensamiento de todos los profesores, alumnos y trabajadores, y que la vida privada de ellos no sea razón para separarlos de la universidad, salvo, claro está, que hayan sido condenados por actos ilícitos.

La PUCP debe participar en los temas de la agenda política. Fue nuestra universidad, precisamente, una de las pocas instituciones que alzó su voz frente a la dictadura del fujimorismo y la que lideró la CVR, cuyo informe es un referente crucial para lograr la paz entre los peruanos, sin la cual el progreso del país es imposible. Castillo Freire dice que la PUCP se vio muy cuestionada por esa participación, pero muchos peruanos pensamos, por el contrario, que el hecho de haber participado activamente en esa comisión enalteció a nuestra universidad.

Nunca hubiera imaginado una PUCP desvinculada de la Iglesia Católica. Sin embargo, en este momento la jerarquía de la Iglesia no acepta a la PUCP tal como es y nos exige que obedezcamos sin cuestionar a sus demandas de cambio institucional. Pienso que ahora la universidad necesita reflexionar sobre su situación con la jerarquía de la Iglesia y tratar de llegar a una relación más amable, de respeto y tolerancia mutuos, que nos permita mantener el diálogo alturado y conservar el modelo de universidad que hemos desarrollado durante casi un siglo: el de una universidad autónoma, plural y democrática, inspirada en los valores católicos, reconocida internacionalmente por su alta calidad académica y su investigación de punta, comprometida con la formación integral de sus alumnos y con la construcción de un país más próspero, justo y solidario.