“La lengua compañera del Imperio” (una respuesta a las ideas lingüísticas de A. Bullard) por Pablo Carreño

Hace unos días se difundió en las redes un vídeo con declaraciones del abogado Alfredo Bullard sobre la eficacia de la educación. Se trataba de una presentación un tanto simplista de argumentos del filósofo R. Nozick que, a mi juicio, tuvieron una reacción exagerada e incluso tendenciosa por parte de sus detractores. Quienes hemos leído textos de Bullard sobre análisis económico del derecho, sabemos bien de sus frecuentes reduccionismos, pero esos reduccionismos e “ingenuidades” deben ser respondidas reflexivamente, con argumentos sólidos y no con la fácil y autocomplaciente indignación de un estado de Facebook. Ese es el caso de la excelente nota escrita por el lingüista Pablo Carreño en respuesta a una mala argumentación que hace el abogado sobre la planificación lingüística. El asunto es sencillo: para Bullard toda planificación es mala porque es ineficaz, tal como la planificación lingüística está condenada al fracaso. En el fondo, como anota Carreño, está la torpe confusión entre el habla, que se resiste siempre a la norma, y la constitución de un idioma que no es tan espontánea como él supone. Digamos que así como la educación no necesariamente garantiza el éxito profesional, que es lo que sostenía Bullard, asimismo haber pasado por el curso de Teoría general del lenguaje en los Estudios Generales de la PUCP no le garantiza a un abogado que sepa algo de lingüística.

7-maio

 

“La lengua compañera del Imperio” (una respuesta a las ideas lingüísticas de A. Bullard)

Por Pablo H. Carreño

Lingüista

En un reciente artículo (1), el abogado Alfredo Bullard plantea que el esperanto (lengua inventada a finales del siglo XVIII por el lingüista ruso L. L. Zamenhof) es un ejemplo del fracaso de la planificación en materia de lenguaje. Bullard recuerda que el sueño de Zamenhof de una lengua universal no llegó a concretarse y hoy se cuentan apenas unos miles de hablantes de esperanto. Aboga desde ese punto de partida por un supuesto “orden espontáneo, no susceptible de planificación” en los órdenes sociales. Los puntos de partida de Bullard son ciertos, sin duda, pero no pudo escoger, en mi opinión, un peor ejemplo para defender la ineficacia de la planificación que el del lenguaje.

He escogido como título de este artículo las primeras palabras que me vinieron a la mente al leer el artículo de Bullard; pertenecen —como más de un lector habrá recordado— a la Introducción de Elio Antonio de Nebrija a su Gramática de la lengua castellana de 1492, la primera gramática jamás escrita de nuestra hoy tan ponderada lengua: “Cuando bien comigo pienso mui esclarecida Reina: y pongo delante los ojos el antigüedad de todas las cosas: que para nuestra recordación e memoria quedaron escriptas: una cosa hallo y saco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio: y de tal manera lo siguió: que junta mente començaron. crecieron. y florecieron. y después junta fue la caída de entrambos. (subrayado mío)”.

Y decía bien Nebrija, pues es bastante evidente, para quien se haya molestado en averiguar algo de la historia de los idiomas importantes del mundo, que su éxito actual no tiene solo que ver con la “espontaneidad”, sino también con una ardua “planificación” por parte de autoridades e intelectuales de toda época y pelaje. Si hablamos de la lengua castellana, por ejemplo, es la hechura de grandes planificadores, como Alfonso X, el Sabio, rey de Castilla (1252-1284) que reunió en su corte a un equipo de lingüistas para prácticamente “fundar” la lengua castellana. Gracias a estos planificadores la cancillería de Castilla dejó de usar el latín como lengua oficial y se empezó a usar, por primera vez, el castellano. Esta labor la continuarían otros como el mismo Nebrija, y se verían favorecidos por éxitos nacionales como la Reconquista de España y el descubrimiento de América (ambos también en 1492), que significaron el éxito de la lengua castellana en España (ahora llamada “lengua española”) y en América, donde ha florecido hasta nuestros días.

El Sr. Bullard confunde el uso diario e individual de la lengua, el “habla”, sin duda espontáneo y libre; con la constitución de un idioma, un hecho de naturaleza más bien política y social, y, no pocas veces, hasta militar. Una broma muy recurrida entre los lingüistas reza que “un idioma es un dialecto con ejército y armada”. Los estados necesitan auspiciar un idioma “oficial”, así sea de forma extraoficial. Me atrevo a afirmar que toda lengua que ha llegado a ser hablada por un número significativo de hablantes (llámense inglés, francés, alemán, chino o japonés) ha derivado su grandeza de algún tipo de estado; sí, ESTADO (2).

La historia nos demuestra en numerosos ejemplos que planificación y espontaneidad conviven perfectamente, y eso no es en absoluto sorprendente. La espontaneidad corresponde al ámbito de lo inmediato, y la planificación al de lo mediato. Somos espontáneos cuando nos comunicamos aquí y ahora, con los amigos, con la familia, con el novio o la novia, contigo lector que me lees. Pero hay ámbitos en que somos menos espontáneos, como en la educación, planificando que esa inmersión en el saber de una comunidad mayor, aunque trabajoso, nos hará ganar en alcance en cuanto a nuestras relaciones sociales. La educación, como la creación de un idioma, son tareas que los individuos y los estados han favorecido desde siempre para mejorar sus capacidades y sus ganancias, y lo siguen haciendo porque funcionan.

Zamenhof acertó en la necesidad de planificar, pero falló en buscar en un estado que quisiera auspiciar su planificación, como nota Bullard jocosamente. Le pasó lo que le pasa a la mayoría de las lenguas indígenas que todavía se hablan en el mundo. El quechua es un ejemplo cercano a nosotros. Aunque hoy hay más quechua-hablantes que nunca antes en la historia (unos 4 millones, versus el millón de habitantes que había en el Tawantinsuyo), su existencia está amenazada y sus números disminuyen cada año. La estructura de nuestra sociedad y Estado no permiten que un quechua-hablante hable su lengua “espontáneamente” como seguramente quisiera, ya que todos los servicios, trabajos y educación están en castellano. Con gran esfuerzo y “planificación”, los quechua-hablantes deben pasar al castellano, la lengua auspiciada por el Estado, y ya no les enseñan su lengua a sus hijos.

En fin, decía que el ámbito del lenguaje no es un buen ejemplo para predicar la ineficacia de la planificación. Las lenguas que hoy triunfan en términos de su número de hablantes y uso hoy en el mundo han recibido millones de horas/hombre de “planificación”, por así decirlo. Por otro lado, las lenguas que han sido libradas al arbitrio de la “espontaneidad”, como la mayoría de lenguas indígenas, están desapareciendo. Si hemos de resumir la lección, diríamos que, términos de idioma, o planificas o mueres.

Notas

(1) “La leĝoj de Maldikadamaĝasal la konsumanto [sic]”, El Comercio 25/05/2013, A25. Intuyo que quiso decir “La leĝoj de Maldika damaĝas al la konsumanto”, ‘Las leyes de Delgado dañan al consumidor’.

(2) Otro buen ejemplo lo da el latín, que nació y creció junto con Roma y su Imperio, y desapareció junto con él, para convertirse durante la Edad Media en las lenguas romances.

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