Cajamarca: El “diálogo”, el (sub)suelo propio y la función crítica del filósofo

Ollanta Humala ha acusado de intransigencia a quienes encabezan las protestas en Cajamarca en contra del proyecto aurífero de Conga. Sobre esa base ha declarado el estado de emergencia en cuatro provincias. Para Humala, que antes de ser Presidente alentaba las protestas contra la minera en esa misma región, se trata de gente opuesta al diálogo. Pero el diálogo se desarrolla sobre ciertas condiciones que, evidentemente, ahora que está en el Gobierno no le interesa resaltar, porque es más fácil utilizar el término “diálogo” del mismo modo como en la campaña presidencial se utilizó en su contra el término “democracia”, esto es, con un uso absolutamente primario que sirva no obstante para descalificar al otro.

Caricatura de Andrés Edery publicada en El Otorongo Nº 300.

Los intransigentes

En el 2007, Humala defendía el paro como única salida ante la prepotencia gubernamental que quería imponer a la región una actividad minera que ellos no querían tener en sus tierras. Hoy está claramente del otro lado. Dice haber “agotado” las vías del diálogo, pero no ha aclarado a qué diálogo se refiere. ¿Quizá al de los interlocutores del Gobierno que, desde hace semanas, han insistido en que el proyecto Conga es muy importante para el país y que, en consecuencia, “Conga va”, faltando sólo convencer a la población? El diálogo planteado en esos términos, ¿no es intransigencia? La diferencia estriba en su hipocresía biensonante: “el Gobierno tiene voluntad de diálogo”. Claro, una voluntad acompañada de represión con heridos de bala y desde antes de la declaratoria de estado de emergencia. Del mismo modo, cuando el vocero del Gobierno, Víctor Caballero, fue a “dialogar” y le preguntaron si había la posibilidad de que el Gobierno declarase inviable Conga, su respuesta fue clara y la misma de antes: “Decir imposible es poco“. ¿Era posible entonces el diálogo? Habría que responder que decir imposible es poco.

¿Hay violentistas, azuzadores y eventuales mineros informales entre los que protestan en Cajamarca? Seguramente, como en cualquier parte, pero eso no invalida en lo más mínimo el motivo de la protesta (y es además una excusa bastante torpe y tradicional para un político que se definía como “no tradicional”). ¿Hay malos argumentos y emotivismo? Seguramente también es el caso, pero todo argumento se reduce a uno, que es precisamente por el cual no era posible el diálogo desde un inicio. El argumento por parte del Gobierno central es que el subsuelo le pertenece al Estado. En realidad, Humala dice que “a todos los peruanos”, pero esa es una expresión tan bonita como falsa e infeliz, precisamente porque este conflicto (como muchos otros) muestra que el Estado que integra a todos es una idea tan fantasiosa como los unicornios. (Hay incluso gente que vive dentro del territorio nacional que no tiene ninguna intención de ser incluida, y seguramente mucho menos en “la gran transformación” de Humala.) Y además suponer que todos los peruanos gozarán de los millones que se ganaría en Conga, la verdad que es de una ingenuidad bastante supina. Eso sin dejar de lado que yo no tengo ningún derecho para decidir qué hacer con el subsuelo de Cajamarca, y, si lo tuviera, renunciaría enteramente a él por la sencilla razón de que no vivo allí.

Por su parte, el argumento más básico del Gobierno regional es que la decisión de qué hacer con el subsuelo le compete a la región misma; esto es, a quienes sí viven en esas zonas y que de un modo más directo participan de su ecosistema. Desde el derecho real (ius reale), hay que decirlo, ésta es la opción más lógica; razón por la cual, en numerosos países, entre ellos los Estados Unidos, si se descubre petróleo, oro o lo que fuese en el subsuelo, eso le corresponde al mismo dueño del suelo. Ahora bien, como la concepción del derecho en Cajamarca es comunitaria antes que individualista, es razonable la aplicación de esa misma lógica en función de la comunidad.

Esa lógica jurídica está basada en una más fundamental noción de “estado de naturaleza” que es la que en última instancia opera para ambas posturas y por la cual no debemos dejarnos engañar suponiendo que el conflicto no es necesario. Esa noción la expone bien Immanuel Kant cuando escribe:

La cuestión es la siguiente: ¿hasta dónde se extiende la facultad de tomar posesión de un suelo? Hasta donde llegue la capacidad de tenerlo en su potestad, es decir, hasta donde pueda defenderlo el que quiera apropiárselo; como si el suelo dijera: si no podéis protegerme, entonces no podéis disponer de mí (Metafísica de las costumbres, 265).

Claro que Kant estaba pensando que en esas circunstancias el Estado entraría como mediador y legitimador entre los particulares, pero ¿qué sucede si el Estado mismo es una de las partes en conflicto? Esto es especialmente claro en otro caso no menos habitual: el de las invasiones de terrenos. El Estado envía a la policía; si ésta logra expulsar a los invasores, entonces habrá ganado y no habrá más vuelta que dar al caso. Pero si no pueden expulsar a los invasores (y evidentemente no pueden tampoco convertir el terreno en un cementerio por ser un Estado liberal), serán estos los nuevos poseedores del mismo y —como fue el caso de Villa El Salvador— será cuestión de tiempo para que se les reconozca la legítima propiedad (aunque, claro, en línea kantiana, siempre y cuando el terreno ocupado no haya sido antes de la propiedad de un particular, en cuyo caso ya hay constituida una propiedad legítima).

Humala y su padre. Caricatura de Rossell, publicada en El Otorongo Nº 300.

De modo que, en todo caso, si se quiere plantear lo de Conga en términos de diálogo, hay que reconocer que éste no es posible; que tenemos dos posiciones, ambas cerradas (o “intransigentes”), una con mayor legitimidad (la del Gobierno regional) que la otra (la del Gobierno nacional), aunque la segunda sea la legal dado que en el Perú la ley nacional dispone que lo que se encuentre en el subsuelo (aunque no el subsuelo mismo) es propiedad del Estado (artículo 66 de la Constitución y artículo 954 del Código Civil). A propósito, desde el 2009 hay una propuesta del grupo parlamentario del PPC para cambiar esta absurda legalidad identificada como la generadora de este tipo de conflictos; algo que el mismo Humala ha reconocido implícitamente al señalar que está haciendo uso del dominio estatal sobre el subsuelo. Vistas así las cosas, la solución no pasa por el diálogo, sino por que, tras el choque de fuerzas que ya hemos estado viendo, uno de los dos finalmente ceda.

Por su parte, no hay que olvidar que Yanacocha también ha hecho lo suyo en este conflicto: ha comprado tierras con engaños a precios ridículos, ha derramado mercurio, ha utilizado médicos pagados para que mientan sobre los efectos de la contaminación con mercurio, ha comprado jueces, fiscales y policías, ha ordenado seguimientos a activistas antimineros, etc. El Gobierno de García y también el de Humala tuvieron su oportunidad de poner mano dura con Yanacocha y de ese modo garantizar que la llamada “nueva minería” pudiese aplicarse en Cajamarca. No lo hicieron y ya es tarde; es bastante razonable que la confianza se deteriore y eso bien puede ser irreversible. ¿Qué clase de insensato podría decir que los comuneros deben confiar en una minera con ese pasado y con un Estado que se comporta de manera servil? ¿Acaso cuando una persona es engañada por su pareja está en la obligación de volver a confiar en él? La confianza no funciona así; ni siquiera ante la promesa de cambios actitudinales y de beneficios económicos. Hay quienes no se respetan a sí mismos y lo permiten, es cierto, pero felizmente ese no es el caso de Cajamarca. Cajamarca no es ni quiere ser como La Oroya.

El sofista en escena

En medio de esta situación, no poca sorpresa (profesional) me ha causado (en realidad, disgusto) un cierto intelectualismo filosófico de red social, que Kant llamaría “un tono aristocrático”, según el cual, no aceptar los presupuestos de la parte contraria es colocarse en el rol de un sofista en un diálogo platónico; es decir, poco más que un ignorante y un encantador de serpientes que no acepta el “diálogo” porque no tiene buenos argumentos. Esto me parece lamentable, pero es una muestra patente del fanatismo que alegremente se puede permitir un intelectual, incluso un filósofo; lo que acaso haga aún más patético al asunto pues ese tono de gran señor no tiene ningún poder real. Hay que decir al respecto que el sofista se va del diálogo, es cierto, pero no se debe olvidar que eso Platón lo toma de la comedia. No hay que olvidarlo porque la comedia es lo suficientemente honesta como para botar a palos al charlatán; es decir, para reconocer como necesaria (inevitable) una violencia de la que Platón quiere aparecer totalmente limpio. Y es tan honesta que no necesita hacer una apología de su héroe, pues no tiene problemas en reconocer que, aunque con cierta bondad, también él es un charlatán.

¿Quién es entonces el verdadero sofista?

Se comprenderá que, más allá de la pose intelectualista, lo que se llama “diálogo” puede encubrir —y en política normalmente es así, sobre todo cuando no se reconoce que hay circunstancias en las que ningún diálogo es posible— la violencia de la parte que, en nombre del “diálogo”, quiere que se acepten sus prerrogativas sí o sí. No aceptarlas, supuestamente, es romper el diálogo. Lo que eso permite es dividir las aguas, aprovechando lo políticamente correcto, para satanizar a la posición contraria y ganar adeptos para la propia. Es una vieja táctica política orientada no a ganarse a los que ya se tiene de su lado, sino a los que hasta entonces hayan querido colocarse en el medio (en este caso, la mayoría de la “opinión pública”). Pero, en realidad, no hubo nunca posibilidad de diálogo alguno, porque el diálogo supone la máxima abdicación posible de las propias convicciones, al punto en que se pueda creer que la posición contraria sea la correcta, lo que hemos visto que no es el caso. (Y lo mismo se aplica para los diálogos platónicos, que en el fondo son meros monólogos.) De modo que si el Gobierno quisiera en verdad dialogar, debería considerar seriamente la posibilidad de renunciar a su “Conga va”; algo que hasta ahora se muestra reacio a hacer. Más aún cuando la posición de los cajamarquinos es bastante clara y suficientemente argumentada, como lo hizo también el Ministerio del Ambiente al dar un informe que señalaba claramente (aunque el ministro pretendiera luego desdecirse) que el Proyecto Conga “transformará de manera significativa e irreversible la cabecera de cuenca, desapareciendo varios ecosistemas y fragmentando los restantes, de tal manera que los procesos, funciones, interacciones y servicios ambientales serán afectados de manera irreversible”. Razón similar ha sido más que suficiente como para descartar otros proyectos similares en Estados más sensatos y ecológicamente sensibles, incluso teniendo a la población mayoritariamente a favor del proyecto, como en Escocia (Reino Unido).

Por otro lado, ¿por qué el diálogo tendría que solucionarlo todo? ¿Desde cuando el diálogo es la panacea de todos nuestros problemas? El presupuesto filosófico es el de una presunta unidad originaria a la que debemos dirigirnos, y ello sería posible por medio del diálogo. En consecuencia, ¿problemas familiares?: falta de diálogo. ¿Indisciplina?: falta de diálogo. ¿Desacuerdos políticos?: falta de diálogo. ¿Impopularidad?: hay que mejorar la comunicación. Hasta los problema personales se deberían a una falta de “diálogo con uno mismo”. ¿Acaso el Perú es una república independiente a causa del “diálogo” entre el libertador San Martín y el virrey La Serna? ¿Cuando San Martín se fue indignado era un sofista que no sabia argumentar o un “radical” que azuzaba a la gente por intereses personales? (Nótese en el cuadro el rostro del segundo español en el bando de La Serna. Ese es el verdadero rostro del abanderado del falso diálogo.)

San Martín y La Serna en Punchauca, 1821. Anónimo.

Hay diferencias, desde luego, en cada caso, pero también una similitud que no es difícil de identificar: no siempre es sostenible el diálogo (que en nombre de la paz todos quisiéramos por la razón bastante egoísta y simple de que no nos gusta ni nos conviene el desgaste bélico) y por ello es más bien necesario reconocer sus límites.

En consecuencia, la tarea del filósofo sobre el asunto del diálogo es doble: Por un lado, evidenciar (porque la verdad es de-velamiento) lo que está detrás de las apelaciones al diálogo; es decir, las condiciones en las que se está planteando, para criticarlo cuando sea engañoso. Y, por otro lado, como consecuencia de lo anterior, determinar (porque la verdad es también adecuación) si las circunstancias hacen posible o no una solución pacífica y dialogada, ya que ciertos asuntos deben ser solucionados por la fuerza. Si no fuese así, no sería necesario un Poder Judicial, por ejemplo, ni, como se ha dicho, el Perú sería un país independiente. En ese sentido, no deja de ser honesto el lema del escudo chileno: “Por la razón o por la fuerza”. Y ese es precisamente el lema que el gobierno de Humala, como buen continuador de García, ha sostenido desde siempre en el caso de Conga, sólo que ahora lo hace explícito con su declaratoria de estado de emergencia en Cajamarca.

Si Humala insiste en usar la fuerza, que al menos sepa que defenderemos la posición que su gobierno y las mineras quieren hacer pasar por ilegítima: Conga no va.

Recomiendo el excelente artículo de la periodista Jacqueline Fowks sobre el “fracaso” del diálogo.

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3 Respuestas a “Cajamarca: El “diálogo”, el (sub)suelo propio y la función crítica del filósofo

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