Caral en venta. Lo tangible de lo intangible

Ruth Shady, la arqueóloga que descubrió las ruinas de Caral, denuncia no sólo el descuido sino también el incentivo estatal para que los vestigios de la ciudad más antigua de América queden al asecho de los traficantes de tierras e invasores:

Como se puede ver en los mapas y fotografías exhibidos, no se trata siquiera de las zonas de amortiguamiento, sino de las mismas zonas arqueológicas que son por ley patrimonio cultural de la Nación y, por ende, zonas intangibles. Lo grave es que esto proceda en parte con autorización del Ministerio de Agricultura, mientras que el Ministerio de Cultura hace mutis por el foro para ocuparse de asuntos obviamente más importantes, como la veloz aprobación de la construcción del “Cristo del Pacífico” o la denominación de cultural del así llamado “Parque de la Cultura” (que de cultural tiene menos que el parque de mi barrio).

Si recordamos los escándalos en que se vieron involucrados miembros y hasta dirigentes del partido aprista por tráfico de tierras, así como las declaraciones del Presidente según las cuales esas culturas primitivas han sido superadas por la ilustrada civilización occidental, no tiene por qué sorprender que se abandonen sus vestigios y que incluso se promueva el destrozo de ellos para producir en su lugar algo económicamente más tangible que el estudio de nuestro pasado. Sin embargo, más allá de la vergonzosa actuación del Estado en estos asuntos y de la inoperancia del ministro de Cultura en particular, creo que tenemos en general un serio problema con lo tangible y lo intangible.

Tangible (que se puede tocar o percibir de manera precisa) es para nosotros básicamente el dinero, al punto que lo sacralizamos con una lógica suprema y omniabarcante. Si incluso Juan Ossio, el ministro de Cultura, recién asumido su cargo, dio unas lamentables declaraciones en las que afirmaba que el objetivo primordial de su ministerio era demostrar que la cultura es rentable.

Intangibles (que no se pueden tocar) son por ley los restos de nuestro pasado precolombino; es decir que no deben ser alterados, invadidos ni mucho menos desaparecidos por ninguna persona, ni siquiera si se encontraran dentro de su propiedad. Pero en nuestra sociedad, determinada por lo útil, esa intangibilidad es poca cosa, un estorbo frente al otro sentido: el de no percibir con precisión su beneficio a no ser que sea una “mina” turística.

Lo curioso con Caral es que en los últimos años ha tenido por su antigüedad una buena difusión mundial y un moderado crecimiento en la cantidad de visitantes. Pero, incluso así, está en la difícil situación en la que se encuentra. Imagínese cómo no estarán otros lugares menos valorados. Si no sabemos valorar las fuentes de estudio de nuestro pasado, al menos el Estado debería garantizar su protección de una manera efectiva.

La ciudad de Caral, en un documental de la BBC de Londres.

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