Leer contra el texto: Saravá y el seppuku intelectual del fujimorismo

Sólo les ha faltado a los fujimoristas Luis Delgado Aparicio y Rafael Rey decir que, de ganar las próximas elecciones, el candidato Ollanta Humala liberaría al líder terrorista Abimael Guzmán, para caer en el non plus ultra del ridículo. Yo no sé quién gane las elecciones este domingo, pero es evidente que ayer por la noche, en el programa Prensa Libre, perdió Delgado Aparicio todo resquicio de credibilidad que le pudiese haber sido aún atribuida. No sólo llevó su teoría de una conspiración bolivariana, sin prueba alguna, al límite entre lo racional y lo absurdo, sino que quedó desenmascarado en su torpe intento de enlodar al mencionado candidato con burdas sobreinterpretaciones sacadas de contexto de lo que éste declaró sobre el terrorismo en una extensa entrevista publicada luego como libro. Atendamos dichas sobreinterpretaciones para comprender el daño que la malicia (fujimorista, en este caso) puede hacerle a la inteligencia, y cómo ésta felizmente se resiste con un periodismo honesto:

1) De la página 7 del libro toma la declaración que da Ollanta Humala acerca de que estuvo en la Escuela de las Américas un mes. Para Delgado Aparicio esto es falso porque los programas que allí se enseñan duran un mínimo de 3 meses. En primer lugar, esa deducción es muy débil, podría haber incluso estado mes y medio en un curso especial… pero Delgado Aparicio recubre a su lógica de todo un carácter de necesidad y objetividad que no tiene. En segundo lugar, ¿qué prueba esto? ¿Que es un mentiroso? El tema de la duración de la estadía en algún lugar es tan irrelevante y depende tanto de la memoria, que no, no prueba nada al respecto. Esto sólo prueba la mala fe de la gente del fujimorismo. Y en tercer lugar, lo que quiere resaltar Delgado Aparicio es un supuesto currículo de técnicas de tortura que se enseñaban allí (de lo cual no ofrece sin embargo prueba alguna, a pesar del pedido de la periodista). Esa es una conclusión inatinente, que es una falacia. En su libro, al contrario, Humala dice que fue con toda su promoción por un mes y medio para aprender estrategias de combate en la selva y rechaza esta vieja mentira, que data del 2006, según la cual allí lo adoctrinaron para ser un eventual violador de derechos humanos y militar golpista. Delgado Aparicio no lee siquiera ante cámaras el texto, sino que da una reseña antojadiza aprovechando que casi nadie tiene acceso al libro que se editó y vendió en el extranjero. Así puede interpretar cualquier cosa y, obviamente, se incomoda cuando la periodista lee fragmentos completos del texto que lo contradicen. Y por otro lado, si hay un lugar donde no se atiende el respeto de derechos humanos es en el mismo Ejército peruano. Hace unos años, durante el gobierno de Toledo, la PUCP empezó a desarrollar un programa sobre esta materia en el Ejército, pero (¡oh, sorpresa!) éste fue desactivado en el gobierno aprista por el ministro Rafael Rey, ahora candidato a la vicepresidencia por el fujimorismo.

2) De la página 55, Delgado Aparicio saca de contexto A) lo de Sendero Luminoso y B) lo de Madre Mía. Lee, ahora sí, una frase: “en nuestro caso, el Estado peruano, por medio de su gobierno de turno, jamás le dio a Sendero Luminoso la categoría de fuerza regular o fuerza beligerante”. ¿Por qué Delgado Aparicio lee sólo esto? Porque de ahí, como si esa frase existiese por sí sóla y estuviese apta por tanto para cualquier (sobre)interpretación que tiene que ser además sólo la suya, deduce que el ahora candidato Humala hizo prácticamente apología del terrorismo, como si de ahí se desprendiera que el Estado debió darle al movimiento terrorista esa categoría. Esa deducción es puesta en ridículo cuando la periodista le señala el contexto de la pregunta; a saber, si en el Perú se violaban los derechos humanos o no. La respuesta de Humala es que la guerra misma es una condición de violación de derechos humanos que lleva el accionar político a medios violentos. Y agrega que como no se puede impedir eso en una guerra, al menos se estipula internacionalmente reglas de trato humanitario, según el derecho internacional, entre las fuerzas beligerantes reconocidas como tales. Y ahí es donde explica que en el caso peruano los gobiernos no le dieron ese status a Sendero Luminoso, lo cual es una constatación de facto plenamente cierta, y agrega que incluso se les dio el ya conocido manual contrasubversivo MI-41-7 que los autorizaba a matar a los terroristas aunque estos no estuviesen armados ni en combate, por el solo hecho de pertenecer a esa agrupación. Humala en ese libro manifiesta que todos tenían conocimiento de ese manual pero que él no lo aplicó mientras que otros sí y se pregunta por qué en lugar de procesar a sus compañeros de armas no procesan a los que elaboraron y dispusieron la implementación de ese manual. La explicación que da entonces la periodista acerca del fragmento descontextualizado es:

La explicación del Derecho Penal y Humanitario en este contexto es ¿por qué no los tratamos con esas normas? Porque el Estado no las aprobó. Les dio la categoría de delincuentes terroristas por su alta peligrosidad y lo avezado de su comportamiento. Entonces al no tener estas normas de Derecho Internacional Humanitario (…) no pudimos aplicar esas normas, que es una cosa completamente cierta, no está mintiendo; si les hubieran dado esas normas nosotros no habríamos tenido el problema de Derechos Humanos que tenemos hoy.

Delgado Aparicio no tiene respuesta alguna pues se evidencia la abierta mala fe de su interpretación. Es tan claro el sentido de lo que afirma Humala, que ni siquiera podría decirse que es un texto ambiguo y que la interpretación de los fujimoristas es una posibilidad. Ciertamente no lo es y revela tanto una actitud deshonesta como un coeficiente intelectual bastante bajo.

Se comprenderá además que ese manual, al legitimar el asesinato del terrorista por su condición como tal e independientemente del contexto, avalaba el abuso contra todo aquel poblador que los militares consideraran un terrorista, sin dar orientaciones que hubiesen seguramente evitado muchas matanzas perpetradas por agentes del Estado. Es cierto que los políticos responsables deben responder por eso, pero también es cierto que esto no exculpa a quien, siguiendo el manual, cometió algún asesinato. Hay una gradación perfectamente establecida en el Derecho Penal (en judicatura ordinaria, no militar) que debe ser aplicada a los casos específicos. Y en lo que respecta al Derecho Internacional Humanitario, hay que precisar que éste no puede ser aplicable en “conflictos armados no internacionales”, en cuyos casos se aplica el derecho estatal vigente, salvo por el artículo común 3 de las Convenciones de Ginebra y por las normas de derechos humanos aplicables.

3) Luego Delgado Aparicio cita una frase de Humala sobre Colombia: “no se aplica el Derecho Internacional Humanitario porque de hecho son reconocidos por el Estado colombiano como fuerzas beligerantes aunque el actual gobierno no lo acepte”. La frase es un poco ligera, pero no más que eso. No necesitaba Delgado Aparicio acudir ante ningún militar (o Rafael Rey) para informarse, pues lo que está haciendo Humala, en conexión con lo anterior, es diferenciar entre lo que sucede de hecho (es decir, de facto) y lo que está legalmente establecido (de iure). Que el Estado colombiano le haya reconocido en la práctica cierto status de beligerancia a las FARC es parcialmente cierto en cuanto hubo un período de negociaciones para deponer las armas con una serie de condiciones y beneficios, lo que se dio fundamentalmente por tener ellos gente secuestrada y prisionera por años, pero de iure no se les reconocía esa condición. La ligereza de Humala consiste en suponer que la única posibilidad de reclamar respeto a los derechos humanos viene del derecho internacional humanitario, lo que no es cierto, y de su ignorancia de lo que señalan las mismas Convenciones de Ginebra sobre los conflictos armados no internacionales. Más allá de esas precisiones técnicas, no puede serle atribuida en lo más mínimo ninguna intención apologética respecto al terrorismo.

4) El penúltimo punto señalado por Delgado Aparicio en relación con el libro de Humala apunta a que éste se expresa negativamente de las organizaciones no gubernamentales que defienden derechos humanos y él mismo, en medio de eso, afirma que APRODEH defiende a terroristas… Lo que lee de Humala, sin embargo, no es precisamente agraviante. Decir que los miembros de las ONGs reciben buenos sueldos y que “pertenecen a una elite de peruanos” (p. 53) no es llamarlos, como él y Rey lo hacen, defensores de terroristas. Rosa María Palacios vuelve a dar el contexto de esas líneas: las ONGs, según Humala, se han centrado en la responsabilidad penal de los militares pero no en la de los gobiernos que alentaron violaciones de derechos humanos. Esto permite entender mejor sus palabras, aunque sean erróneas en tanto que sí plantearon denuncias que incluían a los ex-presidentes García y Fujimori.

5) Y el último punto importante es el del “Andahuaylazo” que lideró su hermano Antauro Humala levantándose contra el gobierno constitucional de Alejandro Toledo (p. 123). Esta es la parte más “graciosa” porque Delgado Aparicio se escandaliza, hasta horroriza, de que Humala se llame a sí mismo “radical”. Con ello pretende equipararlo con su hermano, pero resulta que en el texto se dice ¡exacta y expresamente lo contrario! Como le señala la periodista, en el texto dice que, a diferencia de su hermano que es un extremista, él es un radical. Con esa distinción está claramente diciendo que él propone un “cambio profundo, ir a la raíz de las cosas” (los problemas), y que eso se puede y se debe hacer sin recurrir al extremismo violento al que recurrió su hermano; que él no quiere tener gente extremista con él porque “el extremismo muchas veces no reconoce la raíz de los problemas nacionales y por eso se equivoca en sus propuestas de solución. El radical siempre es coherente; el extremista, no”. El extremista se deja “arrastrar por una prédica distorsionada y alejada de la realidad”.

Lo mismo con el periódico “Ollanta” que editaba su hermano, al que él califica en su libro como antisistema y un poco malcriado (p. 135). Gracias a la periodista sabemos que allí señalaba que no tenía ninguna participación en ese periódico y que consta ese deslinde en los varios informes que le envió a sus superiores, en los que explicaba que su hermano había tomado su nombre sin su permiso, y que eso incluso le había acarreado problemas con su hermano y padres. Eso, dicho sea de paso, refutaría también a Jaime Bayly, porque allí dice que como militar en actividad no podía responder a la opinión pública, sino que debía responder únicamente a su Comandante General, que es lo que habría hecho. Y sobre lo de Andahuaylas afirma que su pronunciamiento en el que señalaba las fallas de la clase política y el derecho constitucional a la insurgencia tenía como fin evitar un derramamiento de sangre. Como señala la periodista, eso puede ser cierto o no, pero es lo que él señala en su libro y lo que los fujimoristas no quieren leer.

Todos estos ejemplos muestran perfectamente, como lo he dicho antes, que el fujimorismo no sólo supone un rechazo voluntario de la moralidad, sino además una grotesca negación de la inteligencia en tanto capacidad crítica. Luego de la entrevista, por el Twitter algunas personas comentaron con fina ironía que, de ganar las elecciones la candidata Fujimori, Delgado Aparicio sería el encargado del Plan Lector. Dada su mala hermenéutica, esperemos que no.

A continuación, dejo el vídeo de la entrevista al popular Saravá:

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