La nariz y la regurgitación. Una adenda sobre el asco electoral

Hace unos días publiqué una nota sobre el lugar del miedo y del asco en la actual coyuntura electoral peruana. Quisiera ahora hacer una adenda sobre el asco, porque he escuchado nuevamente una vieja justificación para cierto voto: “votaré por X pero tapándome la nariz”; o, en sus versiones menos nice: “Votaré por X y luego vomitaré” y “Votaré por X, que tiene cara de poto”.

Supongamos que soy yo quien da esos enunciados. Si fuese así (y suponiendo también que algún sentido lógico le adjudico normalmente a lo que afirmo), tendría que considerar lo siguiente:

1. En los tres enunciados hay justificaciones con las que quiero contrapesar mi voto por X. Ergo, aunque “algo” me dice que ese voto es una mala opción, por algún motivo me parece mejor que la otra. (No entro aquí al detalle de esos otros motivos, entre los que puede ubicarse también el miedo.)

2. Esas justificaciones son expresadas en términos emocionales o sensibles en tanto dejo constancia del asco; con lo cual, excluyo voluntariamente las posibles justificaciones racionales (al menos mientras afirmo eso). En cuestiones de argumentación eso se llama emotivismo y es asumido como erróneo.

3. Debo reconocer que ese emotivismo le confiere a mi justificación un carácter enteramente subjetivo: lo que me da asco a mí, lo que me desagrada, no tiene por qué desagradarle también a los otros. Por lo tanto, no puedo querer convencer a nadie bajo los términos de esos enunciados (si acaso lo pretendiera).

4. El asunto podría permanecer en el terreno del subjetivismo, pero se complica porque no soy un ente vegetativo que se guía única ni preponderantemente por sus sentimientos de agrado o desagrado, sino que soy racional por naturaleza, y, por lo tanto, aunque eso tampoco me agrade, hago siempre uso de mi razón para guiarme en mi vida. Luego, incluso en el ámbito de lo subjetivo, sería un error (de ceguera) basarme en un mero emotivismo para querer convencerme de que no estoy actuando tan mal.

5. A partir de lo anterior, tendría que evaluar también ese subjetivismo, pues el ejercicio de la opinión y de las decisiones políticas no es meramente subjetivo, sino intersubjetivo. (Si no, no estarías leyendo esto.)

6. El asunto se complica más todavía porque lo que me desagrada o da asco no se condice necesariamente con lo que es bueno. De hecho, mis declaraciones revelan que estoy queriendo pasar por alto “algo” a pesar de que eso me diga que mi opción no es buena. Con ello estoy distinguiendo entre el simple sentimiento de agrado y las motivaciones morales que demandan un sustento de otro orden, más racional, admitiendo que en determinadas circunstancias, sobre todo si son importantes, privilegio normalmente a la razón.

7. Los enunciados iniciales implicaban que una elección es un asunto importante que no puede ser tomado a la ligera. En caso que así no fuese, tiraría una moneda al aire y no habría afirmado desde un principio que votaré por X con cierto atenuante (a menos que hable por repetición y sin pensar, como un loro). Algo similar ocurre con la frase “voto por X porque Y no me cae (o agrada)”.

8. Ahora bien, dicho atenuante, aunque sea expresado sólo como una reacción sensible, tiene (lo señalaba en la otra nota) una connotación moral que en este caso es que lo estoy utilizando para “adecentar” mi vergonzante voto por X.

9. Peor aún, no sólo eludo mi capacidad de respuesta moral por aquello que me avergüenza, sino que desvío mi atención hacia un presunto correctivo sensible que me haga olvidar la elusión y “superar” la vergüenza.

10. En suma, no porque diga que mi candidato “tiene cara de poto” o porque diga que voy a taparme la nariz o vomitar después de votar por él —por más espontáneas que pudiesen ser mis regurgitaciones— estoy con ello validando o adecentando mi opción. Más bien estaría confundiendo ámbitos de la experiencia humana y menospreciando yo mismo mi capacidad racional. Ergo, sí debería entrar al detalle de los motivos que me llevan a votar por X y dar fe racionalmente de ellos, sin buscar autoengaños emotivistas ni refugios autocomplacientes. Vale decir, si es el caso: asume tu inmoralidad.

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