El cardenal sí tiene quién le pague (pero quiere más)

Juan Luis Cipriani, cardenal y arzobispo de Lima, opinaba en el 2009 sobre la crisis estadounidense lo siguiente: “Cuando se quiere tantas veces el dinero, es para el poder; y, tantas veces cuando se quiere el poder, es para el dinero. Todo esto para imponer nuestro subjetivismo, soberbia y orgullo”. Tal parece que el adjetivo posesivo “nuestro” de la oración realmente lo incluye. No sólo por la soberbia con que critica toda discrepancia teológica o moral, sino además por la angurria que lo lleva a querer hacerse con el control económico —y por ende también académico— de la Pontificia Universidad Católica del Perú, así como a atacar a todo aquel que critique los beneficios que la Iglesia católica recibe del Estado peruano y que reclame la necesidad de un Estado verdaderamente laico. Como se sabe, son dos las razones que lo mueven: su dogmatismo anticristiano y su sueldo.

Así se explica que el cardenal acuse y mienta deliberadamente, fomentando el divisionismo y la deserción dentro de su iglesia, al punto de ser incluso desmentido por el Vaticano. Por ejemplo, en su politizado programa radial en RPP, que es más un espacio de publicidad personal que de reflexión pastoral, se dirigió al rector de la PUCP conminándolo a que “no diga que tiene unas excelentes relaciones con la Santa Sede cuando está desobedeciendo desde el año 1991”. Sin embargo, el apoyo del Vaticano a la enseñanza cristiana y plural de la PUCP ha sido constante. Desde que Joseph Ratzinger aceptara su doctorado honoris causa en 1986, acto en el que se expresó favorablemente sobre la teología de la liberación, hasta otros actos más recientes como cuando el Papa envió una carta a través de su nuncio apostólico, señalando que

el Sumo Pontífice resalta de manera especial la visión positiva, que señala en su carta, de una educación auténticamente cristiana, cuya finalidad no es otra que la del servicio eficiente y sacrificado a favor de la niñez y de la juventud, con la certeza de estar preparando “hombres nuevos” que constituyan en el futuro una sociedad mejor.

Y otra expresión de lo mismo fue cuando Gerhard Ludwig Müller, obispo de Ratisbona (Alemania) y teólogo cercano al Papa (encargado de la edición de sus obras completas), recibió el doctorado honoris causa de la PUCP por su conocimiento de las iglesias latinoamericanas y peruana. Como el obispo alemán conocía muy bien lo que estaba apoyando, no visitó en su estadía a Cipriani, que molesto por el desaire dijo en su programa:

Yo tengo un ejemplo y lo digo muy de pasada y con el mayor deseo de saludo. El día de ayer, un señor obispo alemán recibe una distinción de la Católica. Bueno, yo no tengo nada que decir en contra de esta distinción, pero sí me llama la atención que un obispo no sepa que al llegar a una arquidiócesis debe saludar a su par, que soy yo, que además soy Gran Canciller de la Universidad Católica. Pensarán “no le va a gustar, qué va a decir Cipriani”… no, Cipriani sigue obedeciendo los mandatos de la Santa Sede. Quien ha invitado y ha hecho esta gestión es para crearme un incomodo, pero no saben que le doy un abrazo desde aquí a Mons. Müller, no a los manipuladores. Pero… es cristiano, veo que es una cosa mal hecha porque está hecha a espaldas de la máxima autoridad religiosa que soy yo, y además con connotaciones que no son del caso pero que claramente se ve un ánimo de fastidiar, pero no me ha fastidiao (sic), me alegra que a un hombre de una teología sólida se le de un reconocimiento en una universidad en donde lamentablemente no se enseña una teología sólida. (29 de noviembre 2008)

Esta declaración es engañosa desde el principio, pues no dice que el cardenal le mandó un pedido al obispo Müller para que no recibiera la distinción; lo que éste encontró injustificado. Además, Cipriani alaba la “teología sólida” de Müller en desmedro de la que se enseña en la PUCP, y no dice que Müller alabó en su discurso, varias veces, el aporte teológico de Gustavo Gutiérrez, allí presente. Eso sin contar el claro espíritu anticristiano de resentimiento, de enjuiciamiento del otro, de exclusiones que no hacía Jesús. Llega a poner al obispo como un ignorante por no haber ido a saludarlo, cuando sabe muy bien qué señal le mandaba, sin que le guste, obviamente. Y se pone a sí mismo como la máxima autoridad de la Iglesia católica peruana, lo cual es también falso, ya que la máxima autoridad nacional es la Conferencia Episcopal en la persona de su representante que estaba presente en la ceremonia. Müller señaló que le había consultado al Papa sobre el doctorado y éste lo felicitó y le pidió que llevara su saludo y bendición a la comunidad universitaria. Con ello el ego superlativo de Cipriani fue claramente ridiculizado.

Otro asunto que muestra la catadura moral y religiosa del cardenal es el referido al Externado Santo Toribio, colegio dependiente del arzobispado de Lima, fundado en 1847, que resaltó públicamente por el coro Los Toribianitos. Para intervenir directamente en el manejo del colegio, el cardenal depuso al religioso que lo dirigía y puso en su lugar al contador León Muñoz (primo de Walter Muñoz Cho, abogado de Cipriani). El subdirector fue igualmente removido y el coro tuvo que mudarse a una parroquia del Rímac, mientras que los honorarios del nuevo director ascendían a más de 14 mil soles mensuales, a pesar de que el colegio se encontraba en crisis, según el propio cardenal. Tras varios años de jugosas ganancias para el arzobispado, el 8 de enero de 2010 se anunció la venta del colegio. En su programa radial el cardenal aseguró que por ningún motivo se iba a vender, que los que hacían esas especulaciones mentían y sólo querían fomentar la violencia: ”La venta del colegio es mentira, y esto de que se acabó la tradición del colegio es mentira y lo dice el arzobispo de Lima”, dijo. Pero unos días después se filtró un documento que mostraba al cardenal como el hombre mentiroso que es: su representante, Walter Muñoz Cho, había firmado en noviembre de 2009 la venta de la promotoría del colegio por 50 mil nuevos soles a José Carlos Monzón. Además, como se señaló en su momento, el cierre no tuvo en cuenta las normas sobre cese de actividades de colegios dictadas por el Ministerio de Educación, ya que el cardenal cree que su iglesia está por encima de las normas del Estado, aunque, claro, no tanto si de lo que se trata es de recibir un sueldo del mismo.

Es preciso recordar cuáles son las normas que, desde el primer gobierno de García, han ido avalando el sueldo de la alta jerarquía católica:

1987. “Las subvenciones que perciben por el Pliego del Ministerio de Justicia los Obispos, Canónigos y personal eclesiástico y civil al servicio de la Iglesia con asignación consignada en el presupuesto del Régimen Eclesiástico serán equivalentes a las remuneraciones principales de los funcionarios y directivos del Estado, establecidas por el DS. No. 107-87-PCM (Escala 01)”. DS. 249-87-EF, firmado por Alan García Pérez, Gustavo Saberbein y Carlos Blancas Bustamante (17-12-1987).

1989. “Modifícase las referencias establecidas en el Art. 1 del DS. No. 249-87-EF, en la forma siguiente: a) Cardenal Arzobispo Primado, equivalente al 100% de la Remuneración Principal de un Ministro de Estado”. DS. No. 275-89-EF, firmado por Alan García Pérez, Guillermo Larco Cox, César Vásquez Bazán y María Angélica Bockos de Grillo (23-11-1989).

Aquí entra Fujimori elevando el sueldo a la totalidad y no sólo lo principal de lo que gana un ministro:

1991. “Modifíquese las referencias establecidas en el Artículo 1º del DS. No. 275-89-EF, en la forma siguiente: a) Cardenal, Arzobispo Primado, equivalente al 100% del Monto Unico de Remuneraciones Total de un Ministro de Estado”. DS No. 146-91-EF, firmado por Alberto Fujimori Fujimori, Carlos Boloña Behr y Carlos Torres y Torres Lara (02-6-1991).

Esa es la normativa vigente con la cual se establece un vínculo económico de dependencia entre la Iglesia católica y el Estado que afecta la autonomía de la primera en relación con las estructuras de poder, restándole por lo mismo autoridad moral al volverla una herramienta de control político para el régimen de turno. De allí también la cercanía de Cipriani con el poder político.

Cipriani es un cardenal y arzobispo sumamente desprestigiado. Su relación de complicidad con Fujimori y Montesinos fue ciertamente escandalosa. De ellos obtuvo el respaldo que le permitió ser nombrado cardenal y sucesor de Vargas Alzamora en Lima. Por ese desprestigio, cuando creó su cuenta de twitter para que la gente se expresara en relación con su programa radial, no le fue nada bien y la cerró porque las personas que le escribían, según dijo, “se encierran en su twitter y desde ahí escupen sus cochinadas”. Pero parece que el que se encierra para expresarse soezmente es precisamente él, como lo demuestra este vídeo de una charla que dio ante los militares:

Ahora el cardenal quiere hacer creer que los derechos humanos son para él “irrenunciables“, pero en 1991 afirmaba que

mientras no afirmemos con claridad que los “derechos humanos” no son unos valores absolutos intocables, sino que están permanentemente sometidos a los límites que les señalen unos “deberes humanos” (sic), es imposible afrontar con eficiencia los males que padecemos, especialmente la inmoralidad en las funciones públicas y el terrorismo. Digámoslo de forma sintética: la mayoría de instituciones llamadas de “Defensa de los Derechos Humanos” son tapaderas de rabo de movimientos políticos, casi siempre de tipo marxista y maoísta. Fuente: “Paz: verdad y libertad”, El Comercio (11-3-1991).

Asimismo, más recientemente, señaló que la construcción de un espacio de memoria por los años de la violencia no es algo cristiano. Da la impresión que al cardenal le es enteramente ajeno ese Deus Absconditus del que hablaban los místicos, Tomás de Aquino, entre otros, y que está en la entrada de Auschwitz, el más importante lugar de memoria en la actualidad. El cardenal dice que “el Perú es muy grande, (…) no podemos simplificarlo al servicio de una ideología”. Y sin embargo eso es lo que él hace: reduce la pluralidad del país y del catolicismo a su propia ideología. Su orden de que se leyera en varias parroquias un mensaje suyo en contra de Mario Vargas Llosa es sólo la última inconducta del cardenal. Incluso monseñor Bambarén ha censurado el acto afirmando que el templo es un espacio para la lectura de la palabra de Dios y no la del cardenal en temas de política y conflictos personales.

¿No pueden hacer los católicos peruanos nada? En realidad sí pueden hacer un memorial pidiéndole a su pastor que no falte a su deber y, si persiste, acudir a la Conferencia Episcopal y al Papa; aunque, más allá de reclamos sobre su persona como el anterior, temas como el concordato entre Iglesia y Estado o el celibato son políticas institucionales que difícilmente cambiarán. Ahora, todo ciudadano tiene derecho a oponerse a dicho concordato, no basado en sus creencias, sino constitucionalmente, porque éste afecta a la igualdad y a la libertad de credos que la Constitución ampara. Que el Estado peruano tenga que pagarle un sueldo a las autoridades de la Iglesia católica implica la utilización del dinero público en algo a lo cual no se ha dado autorización. Ojalá llegue el momento en que dicho concordato se suprima, por el bien mismo de la fe católica.

Caricatura de El Otorongo del 22 de mayo de 2009

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