Dos Santos de Fujimori. Ni profeta ni adivino

Ni profeta ni adivino. Reinaldo dos Santos, el autoproclamado “profeta de América”, ha venido a Lima a causar sensación —y dinero en su bolsillo— con una serie de pronósticos, algunos de los cuales podría tranquilamente predecir cualquier persona sin “don” alguno, tales como que se vienen un congelamiento planetario y un sismo de fuerza en el Perú, cosas que los ecologistas y geofísicos han predicho con explicaciones un tanto más convincentes que los extraños poderes paranormales de dos Santos; aquellos que le permitieron saber que Brasil iba a ser campeón en el mundial de fútbol del año pasado… Esperen, ¿no fue ese país tempranamente eliminado? Bueno, errar es humano, dice él convenientemente. Curioso que un pulpo tuviese más capacidad predictiva.

Otro de sus pronósticos es que estas elecciones las ganará Keiko Fujimori, lo que no sorprende, por tratarse de una apuesta de dos a uno y habida cuenta que este “profeta” asesoró a Alberto Fujimori en su primer gobierno, según sus propias declaraciones a la cadena Caracol de Colombia en una entrevista de marzo de 2010 (17:30): “Yo estuve en el Perú y fui asesor de Fujimori en el primer Gobierno y nosotros acabamos con la guerrilla más terrible y sanguinaria del mundo que era Sendero Luminoso”, dijo esa vez. Al ser interrogado sobre esto, telefónicamente por el programa periodístico 90 segundos, se justificó diciendo que asesoró “a muchos gobiernos hace 20 a 30 años atrás en América Latina, por la capacidad de clarividencia que tengo”. Esto no resulta tampoco extraño por el lado de Fujimori, de quien era bien conocida su afición por consultar a brujas y chamanes durante su gobierno.

Hay algunos elementos que no marchan bien con el “don” de dos Santos, que tienen que ver con el modo como la profecía fue concebida en la tradición hebrea. En primer lugar, que el que se proclamaba a sí mismo como profeta estaba definitivamente engañando. Esto porque su reconocimiento se basaba sobre la autoridad moral que éste obtenía tanto de sus profecías como de su distancia con el poder político, económico e incluso religioso. Y ese no es el caso con el “profeta de América”, que declara él mismo haber sido muy allegado tanto de la política como lo es del dinero. Además, los profetas no preveían el futuro a lo Nostradamus, que es una imagen deformada que nos hemos hecho de su función, sino a partir de los elementos que su propia tradición les sugería y de una comprensión clara de los compromisos que el pueblo de Israel había asumido con su Dios; es decir, su función tenía un claro carácter religioso-moral en tanto que su privilegiada distancia les permitía ver cuándo las acciones de su pueblo y sus gobernantes se alejaban de ese compromiso. Lo central, por ello, no eran sus predicciones, que además en el texto bíblico no pueden ser leídas de manera literal (como se hace comúnmente con el Apocalipsis de Juan), sino que lo central era su crítica social.

Sin entrar al detalle de sus predicciones, que son bastante elementales, queda claro que Reinaldo dos Santos no debiera ser tenido por un profeta; no al menos en sentido estricto, que es el más interesante. Ahora bien, ¿podríamos decir que es un adivino? Sin duda ese calificativo se aviene mejor con lo que hace, pero allí también hay ciertos problemas. Para los griegos, por ejemplo, toda adivinación y clarividencia no tenía como fin cambiar lo que el adivino veía, sino, en todo caso, prepararse para el daño e incluso para las victorias. Fuera de los eventos naturales, que son a todas luces inevitables, dos Santos afirma continuamente que su clarividencia tiene como objetivo que las personas puedan cambiar sus destinos y evitar males; “incluso los peores”, dice. Pero, si se cambia lo que se ve, ¿entonces la visión no habría sido falsa? Y, además, eso de cambiar lo que se cree ver afecta directamente lo que le da al vidente su prestigio: el acierto en el “conocimiento” anticipado. Los videntes más serios mantienen todavía ahora que uno puede prepararse, pero no cambiar lo que ellos pronostican. Lo otro es pura charlatanería. De igual modo, popularmente se sostiene que el clarividente confiable es aquél con reconocimiento popular, mas no aquél que busca tener publicidad personal, como dos Santos cuando da su número para atender a nuevos clientes, o como el llamado “chamán del norte” que cada vez que aparece en la televisión le recuerda a la gente cómo encontrar su aviso en el periódico.

Algunas personas me preguntan, cada cierto tiempo, si un filósofo puede creer en este tipo de cosas. Hace un par de años, un amigo, platónico él, comentaba que Platón sí creía en fantasmas; yo le repliqué que desde luego, si toda su filosofía está llena de ellos, empezando por ése al que llama “Bien”. Más allá de la broma y de las creencias personales, si la inteligencia es predictiva como sugieren las neurociencias, no veo por qué la filosofía no debería mirar con atención una posible capacidad predictiva de ciertas personas en especial. Pero incluso sobre estos temas hay que echar las luces que las tradiciones nos brindan para distinguir lo atendible de la mera charlatanería.

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