“Robamos más, matamos menos”

Este es el lema que circula en las redes sociales en alusión a la infeliz declaración de Jorge Trelles, vocero de la candidata Fujimori, sobre el gobierno de Alberto Fujimori y las acusaciones (en algunos casos sentencias) que sobre él recaen en materia de derechos humanos. “Nosotros matamos menos”, dijo Trelles en el programa “Buenos días Perú”.

Lo primero que es objetable es cuando, poco antes, afirma Trelles que “la victoria de Fujimori fue posible porque se dejó de masacrar gente”. ¿Se refiere acaso a la victoria sobre el terrorismo? Hay que recordar que Fujimori estuvo claramente interesado en comandar y defender una política de Estado en la lucha con el terrorismo que, por decir lo menos, no tenía ninguna consideración por la legalidad y el respeto de los derechos humanos. Eso lo comprobó Umberto Jara por declaraciones que el líder del grupo Colina, de infame recordación, le dio en una serie de entrevistas grabadas y que constituyen el material de su libro Ojo por ojo. Y, por otro lado, la estocada letal contra el terrorismo de Sendero Luminoso fue la captura de su líder, Abimael Guzmán, que, tal como lo señaló un jefe de la unidad policial encargada de la misma (GEIN), no tuvo ningún apoyo ni el conocimiento por parte de Fujimori, que se encontraba pescando en Iquitos, y no siguieron tampoco las políticas diseñadas por su gobierno. Y además, como prolijamente lo ha expuesto Gustavo Gorriti (Caretas 2011 y Caretas 2013), pudo arrestarse a Guzmán en 1990 pero no se hizo por “órdenes presidenciales”, corroboradas con la destitución del general que había dispuesto la realización del operativo. De haberse atrapado a Guzmán en ese momento, muy probablemente se habrían evitado unas 2 mil muertes ocurridas entre esa fecha y la captura efectiva en 1992.

Pero la frase antológica de Trelles fue definitivamente la que hizo luego: “En todo caso nosotros matamos menos, menos que los dos gobiernos que nos antecedieron”. ¿Por qué es una frase infeliz? Lo es no porque haga mella en la campaña de Keiko Fujimori, mostrando que su pedido de disculpas por los delitos de su padre no se lo creen ni sus propios voceros, sino porque da por aceptables las matanzas perpetradas por el Estado. No se trata de un cálculo de víctimas en general, lo que ya sería bastante simplista, sino de una justificación de la actuación criminal por parte del Estado. A este respecto hay que agregar la ineficacia del argumento de que se trataba de “condiciones excepcionales”, que es lo que la candidata Fujimori ha sostenido incluso al pedir sus disculpas, porque en estado de excepción no se puede suprimir la constitucionalidad, como hizo Alberto Fujimori con el golpe de Estado de 1992, ni suspender los derechos fundamentales tal como lo disponía su política antiterrorista a partir de la cual operó el grupo Colina. La infeliz declaración de Trelles, en ese sentido, no es sino un acto consecuente con el pensamiento y los actos del fujimorismo; el de entonces, que es el mismo de ahora.

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