El nuevo “jale” de Fujimori: la joyita de Rudy Giuliani

Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York durante el atentado contra las Torres Gemelas, está entre nosotros para asesorar sobre temas de seguridad a Keiko Fujimori. La prensa ha resaltado la fama de este político por el control del crimen en una de las urbes más cosmopolitas del mundo, y hacen bien, pero, en honor de la verdad, hay varias precisiones que deben ser hechas para tener una caracterización más completa acerca de quién es el hombre detrás de Giuliani Partners y por qué tendría cierta afinidad con la candidata Fujimori.

Hay que señalar que, en efecto, la tasa de criminalidad se redujo en Nueva York durante la gestión de Giuliani en un 50%, pero no es cierto lo que el político quiso hacer creer de su gestión; a saber, que dicha tasa estuvo en su punto más alto cuando él empezó su mandato. Tanto los crímenes violentos como contra propiedades tuvieron sus puntos más altos en 1990 y 1988. Giuliani asumió la alcaldía en 1994, cuando ambos índices estaban ya decayendo. Y, por otro lado, el mismo FBI en su página Web ha señalado que no se debe confiar demasiado en rankings como en los que se basa Giuliani, porque cifras tan gruesas no ofrecen detalle sobre las diversas variables que adopta el crimen en una determinada ciudad. “Por ende, estos conducen a análisis simplistas y/o incompletos que a menudo crean percepciones equivocadas”. Este es un primer punto para ser escépticos con los resultados de los que se jacta el ex-alcalde neoyorquino.

Giuliani también ha asegurado que uno de los pilares de su política contra el crimen fue el aumento del personal policial. El asunto está en que, durante su campaña por las elecciones primarias republicanas del 2007, aseguró que había contratado a 12 mil nuevos policías entre 1994 y el año 2000, habiendo en realidad aumentado sólo en 3,660 nuevos oficiales. El engaño era bastante sutil, pues, en el conteo de 1994 no incluía a la policía de tránsito ni a la doméstica, mientras que convenientemente en el conteo del 2000 sí los incluía. Además, hablaba de 28 mil policías en 1994 cuando las cifras exactas eran de 29,450. Y, si bien contrató un número aún respetable, hay que recordar que fue el gobierno de Bill Clinton el que proporcionó a la ciudad de Nueva York fondos entre 1997 y el año 2000 para pagar los primeros salarios de cerca de 3,500 de los 3,660 policías contratados.

Todo esto pone en tela de juicio no sus resultados, pero sí su capacidad como supuesto especialista en seguridad. Ahora bien, algunos aspectos más graves de su gestión son los referidos a las minorías. Mientras que la pobreza fue cínicamente desatendida por la alcaldía de Giuliani, como si no fuese también causa de crimenes, las minorías (particularmente afroamericanos) reportaron prácticas sistemáticas de abuso policial. Cuando un reportero del Washington Post le preguntó a Giuliani qué había hecho por las minorías, éste respondió: “Están vivos. ¿Qué tal comenzar con eso?” Seguramente Louima, un afroamericano ultrajado sexualmente por la policía durante su retención en una comisaría, no estaría de acuerdo con comenzar con eso. Pero claro, para Giuliani eso se debió a una aberración individual y no a fallas del sistema y de la formación policial.

Giuliani ha sido cuestionado también por tener políticas paternalistas con sus ciudadanos y con penas demasiado severas. Asimismo por su teoría “Broken Windows“, según la cual faltas tales como el graffiti, la mendacidad y la evasión de pago en el metro, aumentan o se reducen en proporción con crímenes tales como el homicidio, las violaciones y los robos armados. Esto parte de una concepción prejuiciosa respecto a las clases populares y su presunta naturalidad para cometer unos y otros crímenes, así como también expresa una lamentable posición respecto al graffiti y la mendacidad.

Precisamente, una de sus medidas más polémicas fue cuando en enero del 2000 se le ocurrió, en pleno invierno, ordenar el arresto de 149 personas sin hogar, bajo la acusación de no haberse presentado en un pasado lejano a los tribunales que debían resolver sus sanciones por delitos atroces como orinar en público, dormir en el metro y pedir comida en las calles. No tuvo tampoco en cuenta que varios de los arrestados tenían problemas por enfermedades mentales o adicción a las drogas. “Estos son crímenes de la calidad de vida”, declaraba en la alcaldía un Giuliani al borde del paroxismo fascista. Cuando el New York Times dio cuenta de estas detenciones, Giuliani agregó que “no hay modo de inmunidad en la ley que diga que si tú no tienes hogar, entonces puedes cometer crímenes“. Esta frase la habrían podido decir también algunas congresistas fujimoristas, ¿verdad?

Otro de los aspectos que le ha dado a Giuliani renombre internacional ha sido su mando en la ciudad tras los atentados del 9/11 contra las Torres Gemelas. Pero no hay que olvidar que eso va acompañado de su aprobación a la prisión de Guantánamo, a ciertos métodos de tortura como el ahogamiento simulado y a la pena de muerte para los presuntos conspiradores de ese atentado (algunos, hay que recordarlo igualmente, arrestados sin nigún tipo de prueba ni respeto al debido proceso y a la dignidad personal). Otra afinidad con el fujimorismo.

Hay otras razones por las cuales puede, por lo menos, dudarse que Giuliani sepa de manejo policial. Los reclamos de estos ante su gestión incluyen el que no haya aumentado sus sueldos, que su estabilidad laboral se haya flexibilizado, que no haya solucionado sus problemas de reclutamiento y en consecuencia que haya bajado los estándares de calificación, etc. En México D.F. tomó un año para que Giuliani Partners presentara a la ciudad un informe con 146 propuestas que no resultaban eficaces para reducir la delincuencia. A lo mucho, se expulsó a los vendedores ambulantes del centro histórico y se penalizó la mendicidad. Si este es el asesor de Fujimori, los mendigos de Lima (y de Trujillo, donde lo ha presentado) pueden empezar a preocuparse. Porque le encantan al ex-alcalde neoyorquino las medidas decorativas y orientadas hacia el bienestar de los ricos.

Las credenciales democráticas de Giuliani tampoco son impecables. Siendo alcalde de Nueva York despojó a Michael Moore de su licencia para grabar en su ciudad, con lo que vetaba a su programa “The Awful Truth“. Luego de tan sólo un día, tras los reclamos públicos y la intención de Moore de contratar a uno de los más importantes abogados especialistas en la Primera Enmienda, Giuliani se vio forzado a retroceder y devolverle la licencia. Anecdóticamente, por esas ironías que trae la vida y por su propio ánimo de figuración, el alcalde decidió entregar él mismo y en público las nominaciones de los premios Emmy de 1999 a los artistas neoyorquinos que estaban nominados. Entre ellos estaba Moore y la nominación era por el mismo programa que había intentado censurar. No lo quedó otra que entregarle a Moore su nominación, no sin el sarcasmo de éste (“Hillary sends her love“) y sin que la actriz de Los Soprano, Lorraine Bracco, recibiera su nominación y gritara “Michael Moore, keep it up!“. El incómodo Giuliani le replicó, dado que ella representa a una “loquera” (shrink) en la serie, que debería tratar a Moore. Y ella respondió que haría todo lo que Moore requiriese para que continúe con su lucha.

Y si a estas alturas alguien piensa que, a pesar de todo, Giuliani es un político serio, sobrio y un asesor de lujo, quizá un extracto del documental Giuliani Time de Kevin Keating le haga considerar dos veces su apreciación:

Desde luego que Giuliani tiene todo el derecho a travestirse cuanto quiera, pero creo que el vídeo dice más que eso en la línea del sexismo ramplón y pedante de Donald Trump. De igual manera, el siguiente vídeo no sólo nos muestra a un Rudy Giuliani de cuestionable buen gusto (ha asegurado verse “pretty“), sino que él mismo echa luces, más allá de la humorada, sobre su transfugismo como político entre republicanos y demócratas:

Y un último vídeo (también de Giuliani Time) que muestra su escasa vocación de diálogo y su facilidad para responder agresiva y burlonamente a sus ciudadanos:

Claro, Giuliani no tenía por qué saber que la persona que le hablaba sufría de Parkinson, pero burlarse por su manera de respirar o de hablar y decirle que necesita ayuda psiquiátrica en lugar de responder a lo que seriamente le era planteado, no habla precisamente bien de él y de su trato con sus propios ciudadanos. ¿Es que acaso le importarán realmente los ciudadanos peruanos?

Este es Rudy Giuliani, alcalde muy cuestionado y humorista bastante ridículo. Uno se pregunta si su obsesión para mandar a sus críticos al psiquiatra no es, en el fondo, un pedido de atención psiquiátrica urgente. Si hay algo “de lujo” en sus asesorías a Keiko Fujimori, esto debe ser su recibo de honorarios.

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