El miedo y el asco

Se dice que en las próximas elecciones presidenciales —como en las últimas municipales de Lima— la esperanza debe vencer al miedo. En realidad, no es esa la oposición emocional de la actual coyuntura.

No lo es en primer lugar porque no es una oposición equivalente. El miedo es una emoción muy básica y sensible, mientras que la esperanza es un sentimiento más complejo y racional (se tiene esperanza en algo previamente establecido). Por lo mismo, normalmente el miedo moviliza más que la esperanza. Desde luego que se puede apelar siempre a lo más racional, pero las emociones que son tan elementales e inmediatas suelen ser más fuertes que las otras.

Y no lo es en segundo lugar por los candidatos. El candidato Humala no se ha caracterizado por ofrecer la claridad que es necesaria para que se desenvuelva la esperanza. Es cierto que parte de la confusión y el miedo que le rodean han sido generados y son intencionadamente mantenidos por la mayoría de periodistas, pero él mismo no está enviando las señales claras que se requeriría para confiar alegremente en él. Y la candidata Fujimori, por su parte, sí inspira una emoción elemental, tanto por ella misma como por sus acompañantes (todos antiguos colaboradores de la dictadura de su padre), que haría innecesario apelar a la esperanza; esa emoción es el asco.

Esta es la contraposición que está actualmente en juego: el miedo por un lado, el asco por el otro. Ambos están presentes en la percepción de ambos candidatos, ciertamente; pero, tal como se han planteado los términos de la campaña, el candidato Humala capitaliza los miedos mientras que la candidata Fujimori capitaliza los ascos. Puede decirse también que la política no debiera dejarse conducir por este tipo de emociones, que son muy rudimentarias, pero una aproximación a la misma que sea realista no puede eludirlas porque ni la moral ni la política con base más racional están libres de ser radicalmente afectadas por ellas.

Lo que en los últimos años se viene estudiando como biopolítica suele atender estos aspectos, pero su aproximación es de todos modos limitada en la medida que se circunscribe a la política misma. La política, en general, busca consolidar lo que dentro de un sistema de creencias se juzga como correcto, lo que puede ser institucionalizado, lo que puede controlarse de un modo u otro, y con ello involuntariamente oculta los impulsos que le dan origen y fuerza pero que están fuera de su dominio. La antipolítica es esa fuerza que actúa en contrario, que desinstitucionaliza, que hace perder el control, que conduce a la insociabilidad, y en esa medida escapa siempre a las teorías políticas que sólo podrían valorarla negativamente y querer desaparecerla. Una filosofía de corte escéptico es, según creo, la herramienta idónea para aproximarse a lo antipolítico porque asume la necesidad de este pólemos fundamental. En la biopolítica se trata siempre de domesticar lo antipolítico, haciéndolo entrar en una determinada teoría que, además, por poner demasiado énfasis en las necesidades vitales (lo que para los griegos era el oikos), descuida la institucionalidad política (la polis). Para una filosofía escéptica, en cambio, es necesario mantener la dualidad y, por tanto, limitar las pretensiones de toda teoría política teniendo en cuenta aquello que tiende hacia la insociabilidad tanto como lo que tiende hacia la sociabilidad.

¿Qué sucede, entonces, con el miedo y el asco? Este último es una sensación de desagrado por algo que choca contra la individualidad y que se quiere por ende separar, alejar de uno. El problema, en términos de inmediatez, es que, en este caso, el asco viene acompañado de una serie de connotaciones morales que no son ya tan inmediatas: uno siente asco por toda la delincuencia y corrupción que rodea a la candidata Fujimori y que la incluye a ella misma por el uso de dinero público en asuntos personales. El asco es aquí un sentimiento moral, un impulso que atrae hacia la inmediatez a algo que de por sí no es inmediato, ya que la moral requiere de mediatez reflexiva.

El miedo, por su parte, no es tampoco meramente inmediato, sino que supone siempre creencias, preconceptos y hasta prejuicios que resultan de la mediación de la razón. En el caso del candidato Humala, los miedos provienen en su mayoría no de una eventual afectación al orden constitucional —seamos honestos—, sino de una afectación a los propios bolsillos. De allí también la fuerza del mismo: el oikos antes que la polis, o, como ha sido planteado en la campaña, la libertad económica percibida como más importante que la libertad política. No entro aquí a este tema en particular, pero sí es importante señalar que la solución griega consistía en la búsqueda de un equilibrio.

El punto con el miedo es la facilidad con la que éste puede desprenderse de todo contenido y mantenerse por sí mismo, distorsionando incluso la realidad con ayuda de la imaginación. La paranoia es una clara muestra de ello. El miedo se vuelve fácilmente una emoción abstracta, que no requiere necesariamente de un objeto, real o imaginado, sino que puede nutrirse de sí mismo. En ese sentido, como diría Hegel, lo más abstracto se vuelve muy concreto, y mueve con mucha fuerza a quien es afectado por él, sin requerir de razones. Por ello es perfectamente posible que sienta miedo de perder su dinero, si le da su voto al candidato Humala, alguien que en realidad no tiene ni trabajo, ni ahorros, ni herencia, ni propiedades. Es el miedo al miedo mismo. No hay nada que cause más miedo que el mismo sentimiento de miedo, porque el que lo padece tiene la sensación de estar radicalmente desprotegido y buscará agenciarse de cualquier cobijo; en muchos casos, sin importarle el precio o lo que sacrifique. Y es que cuesta trabajo (intelectual) darse cuenta que no hay que escapar del miedo sino abrazarlo, aprender a convivir con él pues en cualquier momento podríamos perderlo todo por la causa más insospechada.

¿Qué podrá más: el miedo o el asco? Eso depende de cada quien. Hay quienes pueden tragarse su asco y no controlar sus miedos. A mí me da asco la mafia organizada y con poder político, así como me daría vergüenza premiarla con mi voto. No hay modo de que pueda obviar eso y votar, como dicen algunos, tapándome la nariz. Hacerlo sería aceptar en mi vida una inconsecuencia que no puedo permitirme ni así estuviese en peligro mi propia vida. Por eso mismo no pienso darle el más mínimo resquicio de posibilidad a esa mafia: tampoco viciaré mi voto. No sé usted, pero yo siento más asco que miedo en la coyuntura actual. Y mi esperanza está, en todo caso, en no ser el único.

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Una respuesta a “El miedo y el asco

  1. Como nota personal debo agregar que este texto tuvo lugar luego de escuchar en radio una voz masculina que reconocía como familiar pero que no llegaba a asociar con un nombre. Lo que decía no lo hacía tampoco identificable, y, sin embargo, su voz producía en mí una fuerte sensación de asco. Me tomó un par de minutos asociarlo con la defensa de Fujimori cuando este planeaba fugar a Japón. Luego la misma radioemisora confirmó su identidad: se trataba de José Chlimper, ahora vocero de Keiko Fujimori. Comprendí entonces la causa de ese asco que tan inmediatamente generó en mí su voz.

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