Cinco inquietudes de fondo tras la muerte de bin Laden

Una vez muerto Osama bin Laden, el denominado enemigo número uno de los Estados Unidos tras el atentado contra las Torres Gemelas, ocurrido en el 2001 y en el que bin Laden negó haber estado involucrado, los periodistas empiezan a requerir de los analistas internacionales para hacerse una idea del impacto de este hecho y de lo que se viene por parte del grupo terrorista Al-Qaeda. Algunas de las inquietudes más sugerentes, en términos de la eficacia a mediano y largo plazo en la lucha contra el terrorismo, tienen que ver precisamente con la insuficiencia de una acción militar para un problema que no es estrictamente militar —acaso hubiese alguno que sí lo fuera—, sino que implica un dogmatismo fanático que exigiría por parte de los académicos análisis más complejos y de los políticos operaciones más sutiles (como la que ha dado muerte a bin Laden) y actitudes menos hostiles (que las que tenía Bush, por ejemplo). En ese sentido me parece oportuno resaltar algunas de esas inquietudes:

1. La muerte de bin Laden ¿engendrará más violencia terrorista?

Normalmente se dice que “la violencia engendra más violencia”. Y normalmente eso es cierto, como ocurre entre Israel y Palestina, pero en este caso se trata de células terroristas, por lo que hay que atender su peculiar organización. Los analistas sostienen a este respecto que Al-Qaeda no tiene ya la articulación centralizada que tuvo hace años y que más bien sus varias “filiales” actúan de modo independiente. Ahora bien, comúnmente se piensa que los terroristas actúan movidos meramente por ideologías religiosas e irracionalmente, pero eso no es cierto, sino que obedecen a razonamientos bastante pragmáticos con el fin de generar el mayor daño en los ataques a sus enemigos. Por lo tanto, es acertado suponer que atenderán primero a sus posibilidades reales de articular una respuesta y, en esa medida, su desarticulación actuaría en contra. Y no obstante, no hay que olvidar que desde su razonamiento pragmático sería una torpeza no beneficiarse de la muerte de una figura simbólica. Por ello es esperable también que algún tipo de utilización le den. Pudiera ser para el reclutamiento de nuevos miembros, para incentivar ataques que ya estaban planeados o para organizar ataques a pequeña escala que no requieran mayor planeamiento y en los cuales no pongan en juego “nada más” que la vida de algunos miembros que pudieran considerar como poco o nada imprescindibles. En cualquier caso, bin Laden sería un pretexto simbólico como podrían tener otro cualquiera y quizá no de una manera tan convincente como cuando estaba con vida.

2. “Por cerca de dos décadas, bin Laden ha sido el líder y símbolo de Al-Qaeda”

Esta frase, enunciada por el presidente de los Estados Unidos en su discurso del domingo por la noche, tiene un claro error. ¿Lo nota? Tómese su tiempo… Coincidirá en que ese “ha sido” es demasiado ingenuo. Cuando una persona con cierto liderazgo muere, a su simbolismo no le ocurre lo mismo. Al contrario, su anterior presencia física se vuelve con más fuerza que antes una presencia simbólica. Y eso los terroristas lo saben muy bien. Además de lo señalado en el punto anterior, aquí entra en juego también el tiempo. Por un lado, la venganza requiere de cierta inmediatez para ser entusiasmante, aunque, por el otro, la canonización de bin Laden puede mantener su simbolismo, quizá no con la misma fuerza, pero sí en una memoria que se va cargando de mártires y odios para solidificar identidades contradistintivas y mantener así la lealtad. Para ser terroristas y no mercenarios (que podrían traicionarse por dinero) requieren de una simbólica que mantenga la unión. Incluso en otros ámbitos, más políticos que bélicos o religiosos, los martirologios son un factor cohesionante, como ocurrió y ocurre todavía con el aprismo en el Perú. No habría pues que perder de vista, en la medida que sea posible rastrearlo, el uso simbólico que le den ellos a la figura de bin Laden, pues tampoco en los Estados Unidos dejará de ser un símbolo del mal por presumiblemente muchos años.

3. ¿Son aliados los Estados Unidos y Paquistán?

Los analistas y ciudadanos estadounidenses parecen estar realmente intrigados y preocupados por el rol del gobierno paquistaní. La duda es si han sido sus aliados en la búsqueda y captura de bin Laden o si más bien, como sugiere un cable de Wikileaks, lo protegieron y evitaron su captura en todos estos años. Habría que sincerar primero el doble estándar con que se maneja usualmente la política estadounidense y también ciertamente muchos de sus ciudadanos. Éste consiste en una actuación siempre convenida y acorde con las circunstancias (su propio pragmatismo), a la vez que diplomáticamente pretenden tener amistades basadas en principios éticos y desinteresados. Es que lo primero, a pesar de ser lo que más mueve a sus relaciones internacionales, resulta desagrable para que sea admitido sin más, y por eso se le disfraza con lo segundo. Pero si tenemos en cuenta ambas caras de la moneda, deja de ser primordial determinar si Paquistán es o no un aliado suyo en la lucha contra el terrorismo, porque no es en ese nivel puritano donde se realizan las negociaciones que seguramente tuvieron antes de la intervención que finalmente les permitió matar a bin Laden.

4. ¿Cambiará la política exterior estadounidense tras la muerte de bin Laden?

Retirar las tropas de Iraq y Afganistán fue una promesa importante entre las que le permitieron a Obama ganar las elecciones. Sin embargo, a lo largo de su mandato ha sostenido que no podían retirarse de Afganistán mientras tuviesen que derrotar y desmantelar a Al-Qaeda. Razonablemente, la presión interna expresada en las encuestas aumentará en los próximos meses, toda vez que esa justificación tendría ahora menos sustento. Eso no significa sin embargo que haya un cambio radical en el modo como los Estados Unidos mueven sus fichas en el escenario internacional. La diferencia con el gobierno de Bush estriba en que, como hemos visto recientemente en el caso de Libia, Obama y Clinton buscan tener intervenciones más consensuadas con sus aliados europeos (y para ello les sirve más la OTAN que la ONU), en apoyo a poblaciones determinadas y sin llegar a ocupaciones que tantas bajas les representa. Fuera de eso, no es esperable un mayor cambio, así como poco cambió de Vietnam a Iraq. Lo mejor que podría pasarle al resto del mundo en este aspecto sería una reelección de Obama que le permita ir consolidando esa diferencia como una práctica eficaz para los intereses de su país y más armoniosa en sus relaciones con otros países. De ese modo la política exterior estadounidense se alejaría más de la línea de Bush que aún es fuerte (a causa de patrioterismo) entre los líderes republicanos.

5. ¿Son los Estados Unidos el “ombligo del mundo”?

Claramente, no. Ya lo decía el cantante Morrissey: “America Is Not The World“. Y Estados Unidos no es América, habría que agregar. Ello no niega que sus acciones tengan, por su poderío militar, político y económico, una gravitación mundial. Simplemente se trata de no malacostumbrar a nuestra percepción de modo tal que perdamos de vista los problemas y defectos que encontramos dentro de nuestros propios límites, lo que sería tan erróneo como creer que nosotros somos el “ombligo del mundo”. Dicho esto y sabiendo que el terrorismo no es un problema ajeno a nosotros, mirar lo que ocurre en otras partes es tan importante como mirarnos a nosotros mismos, claro, siempre y cuando esa mirada sea atenta y reflexiva.

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