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“Lima, la horrible” vs. Marca Perú-Alan 2016. El poeta Alejandro Susti aclara a la señora de García

El amor a su hijo Federico Dantón no es lo único que comparten el ex-presidente Alan García con su nueva mujer, la economista Roxanne Cheesman. También los une una visión superficial del país en la que —tras el segundo mandato de García, claro— todo es color de rosa. En esa misma línea, la vieja Ciudad de los Reyes, de la mano de sus reyes García y Castañeda, parece haberse convertido, sin que los “pesimistas” nos demos cuenta o lo aceptemos, en un paraíso terrenal donde —como en el vals, con la diferencia que ahora sería real— las carreteras corren solas y hay grifos más de cien mil. Al menos esto es lo que nos quiere hacer creer la señora Cheesman en su artículo de opinión publicado el 19 de enero pasado en el diario El Comercio.

Seguramente Cheesman, como sucede con García, cree que su percepción de la realidad es incontrovertible porque se basa en datos económicos que, por su propia naturaleza, son absolutamente objetivos; tanto como que los ángulos de todo triángulo suman 180 grados y que las rectas paralelas nunca se cruzan. Bien podía Descartes, en el siglo XVII, pretender una certeza como la que en su tiempo tenían las matemáticas, pero resulta que en la geometría actual (post-euclideana) un triángulo puede tener menos o más de 180 grados en la suma de sus ángulos y es discutible que existan líneas paralelas. Lo mismo ocurre con la actual lógica paraconsistente que, a diferencia de la lógica clásica, sí admite la contradicción. Pero García, tan dogmático en la década de 1980 como en la del 2010, defiende una visión positivista que le va bien a su modo prepotente de hacer política y a su carácter egocéntrico. Por otro lado, en cuestión de estadísticas, García ha demostrado ser tan objetivo que, al terminar el gobierno del ex-presidente Toledo, dijo que la reducción de la pobreza había sido menor al 6% que Toledo anunciaba, pero, al evaluar su propio mandato y exagerando en 8% sus cifras, usó un método que le daba al gobierno de Toledo una reducción del 10%. En realidad, no es necesaria la lógica paraconsistente para saber que así de inconsistente es la política y, particularmente, el APRA (las bases epistemológicas de esto las propuso el novelista Ciro Alegría cuando cuestionó el carácter acomodaticio de la “filosofía” espacio-temporal de Haya de la Torre).

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García no es tonto. A nadie le conviene más que a él que en el imaginario popular se sedimente la idea de que el Perú realmente avanzó durante su mandato. Y así como utilizó a su esposa, Pilar Nores, para representar el papel de matrimonio ejemplar en las elecciones del 2006, así también se sirve ahora de la ingenuidad de Cheesman para, sin ser él mismo, seguir con su campaña de saludable, alentador y desinteresado optimismo que, en el fondo, tiene por objetivo último nada menos que —según lo que él mismo ha afirmado— inscribirlo en la historia peruana como un presidente exitoso y, si lo creyese “necesario”, volver a postular para un tercer mandato. Pero incluso un turista se da cuenta de los problemas y las taras de los limeños que la señora Cheesman quiere ignorar porque siente que evidenciarlas le hace mal al turismo y a sus propias ganas de salir adelante. La superficialidad en que quiere colocarnos Cheesman (con ecos del decimonónico psicologismo naturalista de García, cuando se lamentaba de la depresión andina) consiste en identificar crítica y duda con desánimo, inacción o abandono; como si el “progreso” fuese posible sólo si nos dejamos poseer por un optimismo acrítico, con clichés de autoayuda como “querer es poder” o “mi país es el mejor del universo”. Lo cierto es que ese optimismo sólo sirve para tranquilizar a los espíritus mediocres que no se atreven a confrontarse con sus problemas más hondos. Pero la economista Roxanne Cheesman, que parece haber descubierto la piedra filosofal, cree que la miopía es una mejor opción. Por eso se atreve a cuestionar el brillante ensayo de Salazar Bondy que lleva por hermoso y preciso título “Lima, la horrible” (y no sólo el cliché popular derivado del mismo), creyendo que a partir de lo que ella buenamente entiende del título, sin saber siquiera cuándo fue escrito ni haberlo leído (al menos no con un mínimo de comprensión lectora), puede ya alegremente contestarle y cuestionar su falta de proyección a la Lima moderna y bella que hoy tenemos (¿tenemos?).

El poeta y catedrático Alejandro Susti ha enviado a El Comercio una aclaración en la que, concisa y claramente, muestra que el ensayo —y el título— de Salazar Bondy están más vigentes que nunca precisamente ante expresiones como las que hace la señora Cheesman.

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Cuando reconocía públicamente su relación extramarital y su nuevo hijo, García calificó a Roxanne Cheesman como una “mujer de altas cualidades”. Sería la ceguera del amor, porque el simplismo no es precisamente una “alta cualidad”. En todo caso, volviendo sobre el vals en mención, si quiere García agradecer a su nueva mujer por la sutil campaña, bien puede prometerle en las próximas elecciones construir “escuelas para analfabetos / que hayan terminado segunda instrucción”.

Esta es la carta del poeta Susti:

CARTA DEL POETA ALEJANDRO SUSTI AL DIARIO EL COMERCIO

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Lima, 23 de enero, 2013
Sr. Director de El Comercio
Pte.

Le escribo la presente carta para expresar mi preocupación en relación con el artículo publicado el día sábado 19 de enero en el diario que Usted dirige, “Lima es cada vez más bella” de Roxanne Cheesman. En el mismo, la autora hace referencia al libro del escritor peruano Sebastián Salazar Bondy (1925-1965), Lima, la horrible, y demuestra una completa ignorancia respecto a las ideas e intenciones del ensayista así como el contexto en que dicho texto fue escrito.

En primer lugar, la autora comete una serie de imprecisiones cronológicas que desacreditan sus argumentos. Sostiene, por ejemplo, que “…Salazar Bondy solo vio la fotografía de Lima de los setenta pero no imaginó su evolución”. Afirmaciones como ésta dan la impresión de que la autora no se ha informado acerca de la fecha en que fue publicado dicho texto (1964) y aquella en la cual su autor falleció (1965).

En segundo lugar, la autora afirma que la frase que da título al libro “Lima, la horrible” … “solo es una frase deprimida para una ciudad en camino a la prosperidad, mestiza y bella”, con lo cual parece sugerir que el texto de Salazar Bondy fue producto a un estado de ánimo “depresivo”, estado que además habría compartido con todos los demás intelectuales de la época (entre ellos Mario Vargas Llosa a quien se debe una de las frases que cita): “Una de las tantas frases que nuestra «inteligentzia» repite en los cafetines, como cuando se pregunta «en qué momento se jodió el Perú» o afirma que «donde se pone el dedo brota el pus». Para la autora, la vigencia de la obra de Salazar Bondy –y, de paso, la de los intelectuales de nuestro país– consiste en dar una visión “pesimista” de la realidad peruana que contrasta significativamente con la imagen pintoresca y triunfal de Lima que ella produce al final de su texto: “Lima tiene el mayor puerto sudamericano, es la única capital con una hermosa bahía e incluso sus grandes vías guardan una lógica milenaria…”.

Ciertamente, la autora ignora por completo en qué consiste el objetivo de los textos ensayísticos que pretenden entender mejor la realidad de nuestra ciudad, ciudad que ella reduce a una imagen turística y “bella”. En el caso de Lima, la horrible conviene aclarar que Salazar Bondy escribió ese texto para entender mejor el mito de la “Arcadia Colonial” y de qué manera la clase dominante de nuestra ciudad se negaba a aceptar, a mediados del siglo XX, los cambios que estaban transformando por completo su rostro. La vigencia y actualidad de Lima, la horrible es, por ello, innegable: se trata de uno de los primeros ensayos en Latinoamérica en abordar las contradicciones inherentes a la modernización de nuestros países; ello, sin embargo, pasa completamente desapercibido para la autora del artículo.

En otros pasajes del artículo, la señora Cheesman sostiene afirmaciones como ésta: “Lima es bella porque es la ciudad nacional de la raza global. A la mezcla de todas las provincias se suma la de las razas: indios, españoles, africanos, chinos, italianos, japoneses, árabes y semitas, un mestizaje con el que hemos ganado la riqueza culinaria”. Esta visión de la ciudad ignora por completo los conflictos (raciales, sociales, económicos, entre otros) que también forman parte de la realidad de nuestra ciudad, conflictos cuya mención se hace absolutamente necesaria si es que se pretende dar una imagen completa y fiel de ella; es más, las palabras que vierte la autora sugieren la idea de que el logro fundamental de esa ilusoria armonía que plantea consiste básicamente en que ahora “comemos mejor que antes”.

No quiero extenderme más no sin antes mencionar que la conclusión con la que se cierra resulta el texto es por demás hilarante: “No, Sr. Salazar, Lima es cada vez más bella y ello por la obra de su pueblo”. A estas alturas habría que preguntarse si la señora Cheesman hace precisamente con su artículo lo que el escritor Sebastián Salazar Bondy ya había demostrado casi cincuenta años antes que ella: que los mitos que ofrecen una visión ilusoria y atemporal de la ciudad están siempre condenados al olvido y que los frutos de la inteligencia son siempre más duraderos que las palabras de los oportunistas.

Profesor Alejandro Susti Gonzales
Pontificia Universidad Católica del Perú
DNI 06342352

El reduccionismo económico en la cuestión de las mineras

Así como el viejo capitalismo inglés tenía a sus escuadras navales para “proteger sus intereses”, lo que implicaba ejercer la debida presión a través del miedo para concretar sus negocios, así también el gran capital de hoy, nacional y extranjero, tiene al Estado peruano. La avanzada de este capitalismo en el plano político ha consistido en volverse más sutil para no tener que obligar, con una exhibición armada en el Callao, a un Estado que, por su parte, se ha vuelto tanto menos coercitivo en relación con las masas como también más fácil de corromper por una partidocracia y una burocracia cada vez menos comprometidas con principios políticos. La cuestión era básicamente esta: ¿para qué amenazar a un Estado que se puede privatizar? Esto fue luego reforzado en el plano ideológico, incorporando en el sentido de la población, fundamentalmente urbana, la idea de que era mejor que en todos los campos dominara la mentalidad técnica*, bajo la promesa de la eficiencia como salvación ante todos los males, trayendo como contrabando que el sentido de lo público debiera prácticamente desaparecer bajo la égida de lo privado y su mito de la autorregulación. Bien pronto se hizo evidente la posibilidad de la tiranía allí y hubo que recurrir a distintas formas de regulación externa.** En ese sentido, las regulaciones jurídicas han seguido un largo trecho, de manera a veces quizá muy lenta, pero con paso seguro, aunque dentro de las limitaciones de su ámbito de acción. Empero, esto no se fue logrando sin la resistencia del capitalista y su escuela economicista del derecho, sobre todo cuando el derecho abrió la posibilidad de revisar y anular cláusulas de contratación abusivas u ominosas.

Ahora bien, es en lo propiamente político que el Estado viene quedándose atrás, no por inercia, sino por la acción directa de los beneficiados; a saber, aquellos que crean redes de financiamiento (como la de los congresistas cuyas campañas fueron auspiciadas por mineras) y que, consecuentemente, lo invocan para que defienda sus intereses. Claro que esto no sucede de manera explícita, sino en nombre de alguna abstracción biensonante que los oculte: el libre mercado, la libre competencia, etc. En verdad, nunca el concepto de libertad suena tanto a moneda barata como cuando se le usa para oprimir: si no quieres contratar conmigo, aunque mis condiciones te sean desfavorables, te amenazo con irme y con que te vas a quedar pobre. Como eso no funciona, no porque quieras quedarte pobre sino porque estás consciente (y no hay modo de que dejes de estarlo) de esas condiciones perniciosas, te acuso de “egoísta” (que es la acusación predilecta de la Confiep). Pero como no cedes y en verdad yo, en mi egoísmo, no tengo la más mínima intención de irme, le ordeno al Estado que saque a sus policías y militares para someterte y convencerte de “dialogar”, lo que en verdad no es diálogo alguno sino que aceptes mis condiciones.

En ese contexto, que no es el caso de los pequeños empresarios, no es sorprendente que las autoridades locales y regionales concentren la resistencia en contra de un Gobierno central que no es capaz de anteponer los intereses públicos a los privados. Si el Presidente se queja de que esos líderes están movidos por intereses electorales, algo que además es difícil de probar porque incursiona en el ámbito personalísimo de las intenciones, alguien debiera decirle que el mejor modo de desinflar intereses de ese tipo es mostrando que el Estado no está al servicio de intereses privados; esto es, resistirse a que la política toda caiga dentro del reduccionismo economicista. Es importante resaltar que también en ese sentido los políticos son responsables -sin que lo asuman- de aumentar el desprestigio de la minería y de la política representativa, así como la violencia. ¿De qué puede sensatamente servir una comisión multisectorial enviada por el Gobierno si todos esos sectores reducen el asunto político a un análisis de costo-beneficio? Hay que tener una ceguera y una sordera absolutas para no reparar que, de todos los reclamos de las poblaciones de Cajamarca, Cusco, Ayacucho, Piura, Iquitos…, la mayoría no tiene nada que ver con si la minería crea suficiente empleo o no, o si mejora los servicios de los poblados o no. Hay también principios políticos, tradiciones ecológicas, principios morales, creencias sobre lo que implican la amistad, la confianza, la hospitalidad, etc. Y sin embargo incluso las acusaciones que se les lanza son meramente técnico-económicas: que son gente calculadora, que estarían siendo pagados… No se trata de santificar a nadie, pero mientras se siga pensando al desarrollo desde un punto de vista exclusivamente económico, y por más que se le califique como sostenible, no habrá relaciones sostenibles entre empresa, Estado y sociedad civil en el Perú.

Por otro lado, en cuanto a los empresarios mineros, si tomasen en serio sus propias palabras respecto a una minería responsable y un desarrollo sostenible, mal harían en pretender que la política se conduzca únicamente desde criterios económicos (así sean también microeconómicos o redistributivos). Esto no significa que deban ellos abandonar el predominio que le conceden a su racionalidad instrumental (alguien tiene que hacerlo), pero sí que no absoluticen y pretendan que todos la tengan y se atengan a ella. Es necesario que lo político no se reduzca a ello, pues sólo así pueden comprenderse posiciones de muy diversa índole que exceden ese reduccionismo ideológico.

Que nuestros grandes empresarios nunca hayan tomado una clara distancia con el fujimontesinismo y apostaran por volver a “contratar” con esa gente en las últimas elecciones, no se debe sólo a una cuestión de intereses y miedo por el otro candidato, sino que, en el fondo, ambos comparten la misma lógica: todo es negociable; todos tienen un precio. Por ello, si alguien se resiste, hay que comprar su conciencia. Si se sigue resistiendo, se le amenaza (de eso puede dar fe Marco Arana, como lo probó una unidad de investigación de La República). Si eso tampoco funciona y no se logra ensuciar su imagen pública (algo bastante recurrente), hay que hacerlo desaparecer (o al menos encerrarlo). La única diferencia es que en el gobierno de Fujimori era el mismo Estado quien tenía la sartén por el mango, gracias al control corrupto de Montesinos al que estos empresarios se habían sometido, mientras que ahora son estos últimos los que mantienen controlado al Estado con la anuencia de los gobiernos de turno y de no pocos periodistas.

Así como las comunidades tienen sus frentes de lucha, el Gobierno se dispone bien como el frente de lucha de los empresarios mineros. Por eso también hay comunidades que no tienen una comisaría, mientras que al costado, en el campamento minero, tienen una comisaría propia. ¡Por supuesto que la minera es tan generosa que está dispuesta a prestar a sus policías! Este es quizá el más aberrante ejemplo de cuánto ha logrado esa mentalidad económica someter en la realidad lo público a lo privado en manos de unos pocos: haciendo de ese Estado reducido su baja policía. Si hay que eliminar una laguna, ¿qué puede importar que se le considere divina? Ese es un pensamiento primitivo, como lo calificaban Alan García y su decimonónico antropólogo, Juan Ossio. Hay que decirlo nuevamente: mientras se siga pensando al desarrollo desde un punto de vista exclusivamente económico, y por más que se le califique como sostenible, no habrá relaciones sostenibles entre empresa, Estado y sociedad civil en el Perú.

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* Ya el mito de Prometeo en el Protágoras de Platón hablaba de cómo la técnica prometeica, con toda su astucia, no alcanzaba para obtener el saber político.

** No es casual que Fujimori prometiese tecnología. En su mismo gobierno, en el que promovió privatizaciones indiscriminadas, tuvo que echarse atrás un poco y conceder al menos entes reguladores para los servicios públicos privatizados.

Minería falaz (2): “Nano” Guerra García

El segundo comercial de la Sociedad Nacional de Minería para tratar de evitar el impuesto a sus sobreganancias salió rápido, tratando de cubrir el enorme despropósito del primero, en el que sale Juan Carlos Oblitas dando cátedra de economía (si hasta “Los Chistosos” de RPP lo han demolido). Pero claro, la elección del otro personaje no es tampoco casual. Gustavo “Nano” Guerra García, que hasta la designación de Manuel Rodríguez era pre-candidato a la Presidencia por el extinto partido Fuerza Social (sí, así de penosa es la derecha que se hace pasar por izquierda en el Perú), representa muy bien, con su muletilla del emprendimiento, la sumisión más conformista al modelo económico del capitalismo avanzado. Su gran lección de vida es la de un salmón invertido: “si te sangran no importa, tú nada siguiendo la corriente”; “tú puedes cambiar tu desigualdad, pero ni se te ocurra querer cambiar la desigualdad que sostiene mi riqueza”; “si estás como estás no es por las políticas económicas, qué va a ser, sino únicamente por tu incapacidad personal”…, etc., etc., y un largo etc. de “sonseras del que vuela a lo gallina”, como cantaba Atahualpa Yupanqui.

¿Y qué es lo que vemos en este nuevo comercial? Más falacias. En primer lugar, según ellos, el desarrollo social es una consecuencia automática de la instalación de la minera. La mentira se debe, naturalmente, a que ése es su negocio y lo van a vender siempre como si fuese la panacea de la humanidad (al menos de los “civilizados” o “inteligentes”). Con ella quieren hacer pasar algo meramente razonable y sujeto a muchas condiciones confluyentes como algo inmediato, pues así da la impresión de ser una verdad incuestionable. Por eso mismo, ellos, que son tan afectos a las cifras, no dan cifras detalladas al respecto sino una muy vaga que aporta una cuota suficiente de tecnicismo (que para ellos es sinónimo de objetividad). Si contásemos cuántas mineras y en qué grado han cumplido con los compromisos sociales que asumieron y mucho más aún con la cadena que promocionan en este comercial, tengo la seguridad de que no les convendría divulgar esa información. Continuamente tengo noticia de pueblos descontentos con las mineras porque no asumen dichos compromisos y generan más demanda de servicios por la gente que migra para trabajar en ellas, además de tomar recursos (principalmente agua) que no les corresponde. Por otro lado, ¿qué ocurre si una comunidad le dice no a la minería? Ahí aflora toda su xenofobia y su fundamentalismo: el Perú debe ser un “país minero” o nada, se debe querer el “crecimiento” o se es un salvaje idiota, y otro etc., aunque más rastrero éste.

En lugar de poner a muñecos ventrilocuos a hablar por ellos, bien podrían hacer todo lo necesario para cumplir con esa imagen idílica que publicitan y de paso apoyar la iniciativa del derecho de consulta; pero no, la publicidad misma demuestra que no les interesa eso. Es más, por eso quieren que se asuma que la relación entre minera y progreso económico es algo automático, “al toque”, pues así ellos no tienen que hacer ningún compromiso y “al toque” se llevan sus sobreganancias. ¿El desarrollo?… ¡llega solo!, ¿no? Pues no.

Segunda falacia: según “Nano” Guerra, como la minera necesita comida para sus trabajadores y por ello instala un comedor, entonces le compra la comida a la gente del pueblo. Lo único que se genera ahí es una cadena imaginaria, porque en realidad trabajan con concesionarias como Sodexo que llevan sus insumos de afuera. ¿Qué pasó? ¿Al comienzo nada más y ya se le rompió la cadena?

Caricatura de Carlín publicada en La República (22-07-2011).

Nótese además que dice: “cuando una minera viene…”. Sin quererlo, “Nano” nos habla únicamente de las mineras extranjeras. La cadena que dibuja es finalmente una burda simplificación de mecanismos más complejos y que no funcionan bien, como nos lo pinta, si los direcciona la “mano invisible del mercado”, que es el modo abstracto de referirse a la soberana voluntad de esas mineras que, buenamente, en un arrebato de generosidad sin parangón, decidieron que a lo mucho se les podía pedir un óbolo adicional. Lo automático y lo inmediato son parte fundamental de esa promesa de certeza buena, bonita y barata, que es justamente con lo que ilusiona toda falacia naturalista, y más aún en una era tan tecnificada.

Lo bueno, lo saludable del asunto es que la gente no les crea. Si los empresarios mineros en verdad creyeran lo que dicen Oblitas y Guerra, tendrían una lógica de kindergarten; pero no, en verdad no se creen nada de eso. Sólo quieren lavar de la manera más superficial su bien ganada reputación. Por ahí dicen que el tercer comercial tendrá como protagonista a Melcochita. A nadie le sorprendería y sería algo un poco más coherente, pues acabaría diciendo: “¡No me crean!”.

Caricatura de Molina publicada en El Comercio (28-06-2011).